Pero ¿existe la filantropía conservadora?
De cómo algunas fundaciones fueron determinantes para cambiar el panorama político y cultural de los Estados Unidos.
La reciente noticia de la muerte de Michael Joyce pasará desapercibida para casi la totalidad de los españoles. Si añadimos que Joyce dirigió a lo largo de su vida la Olin Foundation y después la Bradley Foundation quizás alguien empiece a atar cabos. En cualquier caso, pocos sabrán que Joyce y las fundaciones que dirigió fueron una de las palancas que hicieron del movimiento conservador norteamericano la fuerza intelectual dominante en la vida pública de Estados Unidos. Joyce apoyó, con el respaldo que le daba gestionar unos fondos que, al menos contemplados desde aquí, se nos antojan enormes, diversas iniciativas entre las que destacan las encaminadas a promover la libertad de elección en la educación. Sin su papel probablemente no existirían los modernos cheques escolares ni el movimiento de las “charter-schools”.Michael Joyce fue, como Olin, como Bradley, un rara avis en un entorno filantrópico dominado por las grandes fundaciones como Ford o Rockefeller. Para entender su papel hay que entender primero la dinámica filantrópica norteamericana. En un país que se suele caracterizar por el individualismo, cualquier triunfador en el mundo de los negocios se siente impelido a promover una fundación con fines filantrópicos. En ello influye la conciencia, muy extendida socialmente, de que incluso los afortunados en los negocios han recibido mucho de la sociedad en que viven y, en consecuencia, deben devolver parte de sus ganancias a la misma. También ayudan las ventajas fiscales asociadas a las iniciativas filantrópicas y la mentalidad, muy antiestatista, de que no podemos esperar que el Estado arregle las cosas haciendo dejación de nuestras responsabilidades.
Pero los fines con los que se crearon fundaciones como Ford o Rockefeller fueron desdibujándose y acabaron, en palabras de Olin, constituyendo una amenaza para la economía de mercado (aquella que les suministraba sus fondos) al financiar cada vez proyectos más claramente liberales y socialistizantes. Ante estas tendencias suicidas reaccionaron algunos hombres de negocios, como Olin o Bradley, que encontraron a personas como Joyce dispuestas a jugárselo el todo por el todo para defender unos principios que entendían vitales para su país. Las nuevas fundaciones conservadoras dejaron los complejos a un lado y se volcaron a financiar proyectos no destinados a promover “experimentos sociales” (Joyce decía que los filántropos liberales no tenían bastante con salvar a los hombres y a las mujeres sino que querían salvar a la humanidad) sino a fortalecer las comunidades, enraizadas en la familia y el vecindario, y a conseguir que los individuos fueran tratados como seres responsables. También cambiaron el modo de entender la filantropía, dándole una intencionalidad política y cultural mucho más evidente y limitando la vida de las fundaciones. Para evitar que en el futuro los fondos se utilizaran en contra de los fines iniciales, tal y como había sucedido en el caso de la Ford Foundation, Olin decidió que su fundación no sobreviviría a la generación al cargo de la misma en el momento de su muerte (la Olin Foundation fue liquidada en 2005). Esto significó una concentración en la afluencia de fondos nunca vista y un impacto descomunal en el florecimiento y consolidación de las más diversas iniciativas conservadoras. Sin estas fundaciones y sus desacomplejados criterios de ayuda los cambios que ha experimentado en los últimos años la sociedad norteamericana serían difícilmente comprensibles. Un breve repaso a algunas de las obras que recibieron apoyo económico nos dará una idea del impacto de estas fundaciones: cátedras en las más prestigiosas universidades, la Federalist Society, la asociación de abogados conservadores que le ha arrebatado la hegemonía representativa a la liberal American Bar Association, el Collegiate Network, consorcio de decenas de revistas universitarias conservadores extendidas por todo el país, o la consolidación de revistas conservadoras como National Review, conformadoras de la opinión pública del país.
Una última recomendación: quien quiera conocer a fondo la historia de la Olin Foundation no debería perderse el excelente libro “A gift of Freedom, How the John M. Olin Foundation changed America”, de John J. Miller, editado recientemente por Encounter Books, completo en cuanto a la información pero que además se lee como una apasionante novela.
Publicado por Jorge Soley Climent el 14-03-2006 en American Review

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