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El “Great Awakening” y el despertador de Benedicto XVI

Publicado por Guillermo Elizalde Monroset el 5 de Mayo de 2006 en American Review.
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Europa parece haber olvidado las reglas que facilitan el renacer religioso en las democracias. Pero la próxima visita del Papa a España puede impulsar un despertar muy similar a los “awakenings” religiosos que periódicamente revitalizan la sociedad democrática estadounidense.

Es común vincular la fundación de las naciones europeas a un acontecimiento religioso: la conversión de sus respectivos reyes bárbaros. Clodoveo en Francia (ca. 500), Recaredo en España (587), Mieszko en Polonia (966) o Vladimiro en Rusia (988) son los primeros nombres de las respectivas historias nacionales. Sin embargo, parece que con el advenimiento de la democracia moderna fue la revolución, y no la religión, la partera de las naciones. La revolución estadounidense alumbró a EEUU; la revolución francesa engendró la nueva Francia. No obstante, hay una diferencia esencial: “la revolución estadounidense, en sus orígenes, fue un acontecimiento religioso, mientras que la revolución francesa fue un acontecimiento antirreligioso” (Paul Johnson: A history of the American people, 1997). Por consiguiente, y pesar de las apariencias, también en la democracia moderna la religión (o su rechazo) sigue fundando naciones.¿Por qué tuvo la revolución norteamericana un sustrato religioso? Porque los historiadores coinciden en que no hubiera estallado sin el “Great Awakening”, un fenómeno de despertar cristiano que electrizó las colonias desde mediados del s.XVIII. Este movimiento popular fue engendrado lejos de los canales religiosos oficiales. Los predicadores itinerantes buscaron el contacto con los fieles por encima de fronteras parroquiales, y fomentaron la piedad anclada en los principios evangélicos. Además, la solidez racional que acompañó a este emotivo despertar religioso fue matriz de universidades como Princeton y Dartmouth. Y ya sabemos que el “Great Awakening” tuvo consecuencias en la plaza pública, al impulsar el proceso de independencia. Más tarde, el segundo “Great Awakening” traería el fin de la esclavitud, y quizás la abolición del aborto se esté fraguando en el renacimiento religioso que EEUU experimenta desde la segunda mitad del s.XX.

En definitiva, si en el régimen monárquico la conversión de los reyes tuvo un extraordinario valor ejemplar para la cristianización de las masas paganas, en la democracia norteamericana fue la conversión del pueblo el factor que vivificó la república secular. Lo mismo ocurrió en la Roma cristiana, aunque es posible que la inercia monárquica y el anticristianismo republicano de cuño francés lo hayan oscurecido. Pero el “Great Awakening” nos recuerda que el renacimiento espiritual en la sociedades democráticas debe contar con “4 P”: la “Predicación” activa, que desempolve las sandalias del clero y el corazón de los fieles; el robustecimiento de una “Piedad” personal concreta, asentada en devociones profundas y sencillas; la construcción de un “Pensamiento” sólido y desacomplejado, que genere ideas actuales y renovadoras; y finalmente, la valiente “Presencia” en el espacio público, con ilusión y sin esquizofrenias, en la voluntad de contribuir al bien común.

Estas son las “4 P” que facilitan el vigor espiritual estadounidense, y que Juan Pablo II desarrolló en su apoyo a los nuevos movimientos religiosos, su incansable predicación planetaria, su sencilla devoción mariana y eucarística, su inequívoca y valiente propuesta intelectual de “cultura de la vida”, su electrizante presencia en todos los foros públicos. El próximo julio su sucesor, Benedicto XVI, viene a Valencia con el mismo despertador. Viene para sacudir la modorra anestésica de la indiferencia. Viene a despabilarnos de la pesadilla laicista, que presenta el cristianismo como un obstáculo al progreso y no como su impulsor principal. Viene para despertar a España.

Publicado por Guillermo Elizalde Monroset el 05-05-2006 en American Review

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