Libro de la semana: The Big Ripoff: How Big Business and Big Government Steal Your Money
¿Cómo son las relaciones entre la grande empresa y el gobierno intervencionista? ¿Enemistad o colaboración?
Está muy extendido el lugar común que considera a las grandes figuras de mundo económico como conservadores en su versión más partidaria del libre mercado. A menudo incluso se les cuelga el sambenito de “neoliberales” agresivos, enemigos de toda regulación y con poca confianza hacia el estado del bienestar. El libro de Timothy P. Carney, The Big Ripoff: How Big Business and Big Government Steal Your Money echa por tierra este cliché y nos demuestra que, al menos en Estados Unidos, muchos de los dueños de las grandes corporaciones defienden a capa y espada la presencia hiperreguladora del Estado en la economía.En efecto, lo que Carney señala a partir de su propia experiencia en Washington es que el Estado, lejos de limitar y contraponerse a las grandes corporaciones, las más de las veces las favorece. “Big Government” y “Big Business” no son tanto enemigos como socios; competidores si se quiere en algunas ocasiones, pero nunca realmente enemigos. Así se entiende la experiencia, recurrente, de cómo los lobbies ligados a las grandes corporaciones cambian de postura con rapidez de vértigo y abandonan la defensa del mercado libre cuando calculan que una nueva regulación puede hacer crecer su cuenta de resultados.
Pero por mucho que pueda sorprender al lector medio actual, no estamos ante un fenómeno nuevo. Hace más de 200 años Adam Smith ya observó que “el interés de los comerciantes en ciertos aspectos difiere siempre, e incluso se opone, al del público. El interés de los comerciantes consiste siempre en ensanchar el mercado y estrechar la competición”. Y, continuaba Smith, la regulación del gobierno suele restringir la competencia, lo que favorece inexorablemente a alguno de los agentes en liza.
Avanzando hasta el siglo XX, el libro pasa lista a todos los sectores que han solicitado tener una regulación gubernamental que, bajo apariencia de beneficio social, han debilitado o suprimido la competencia y, de este modo, han mejorado sus beneficios a expensas del usuario o consumidor final. Desde la carne envasada al sector del transporte por carretera, pasando por los aviones, la industria metalúrgica o el ferrocarril, los ejemplos son abundantes en este sentido. Uno de los ejemplos más curiosos es el de la tristemente famosa Enron: en contra de lo que ha sostenido la prensa liberal, Enron no pagaba lobbies a favor de reducir la regulación gubernamental sino que impulsaba activamente el protocolo de Kyoto y otras medidas medioambientales para de este modo extender sus mercados en el sector del control de las emisiones de carbono.
Por último, Carney revisa los casos en los que ciertas empresas reciben directamente subsidios del Estado. Créditos sin intereses para compañías como Boeing, subsidios para las grandes industrias agrícolas (no para las pequeñas granjas familiares) o incluso, en un planteamiento que raya lo increíble, los subsidios para el etanol producido a partir del maíz, que no podría competir con el petróleo a no ser por esta ayuda estatal. O, por no alejarnos del ámbito agrícola, el programa de subvenciones al azúcar que mantiene el azúcar producido por una sola empresa de Florida propiedad de una sola familia con un precio por debajo del azúcar producido en el exterior.
No sería difícil hacer un libro de idéntica temática en España o en Europa. ¿A que usted, lector, no ha podido evitar pensar en la famosa PAC (política agrícola común) o en el Grupo Prisa al leer estas líneas?
Publicado por Jorge Soley Climent el 20-09-2006 en

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