"Existe un amor a la patria que tiene su fuente principal en ese sentimiento irreflexivo, desinteresado e indefinible que ata el corazón del hombre al lugar de su nacimiento."
Alexis de Tocqueville

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Libro de la semana: Empires of the Atlantic World. Britain and Spain in America 1492-1830

Publicado por Miguel E.M. Barranquer el 11 de Octubre de 2006 en Cultura y Libros.
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Un profesor de Princeton compara la acción colonizadora de España e Inglaterra en América, y llega a la conclusión de que los españoles no lo hicieron tan mal.

Los anglosajones están acostumbrados a explicar la pobreza actual de Hispanoamérica y el éxito estadounidense como el resultado de una herencia española eminentemente maligna en el sur y una colonización inglesa relativamente benigna en el norte. Este juicio se debe a una mezcla de pereza intelectual, narcisismo anglosajón y los prejuicios creados por la “Leyenda Negra”.Sir John Elliot es inglés pero no es perezoso ni narcisista, y sabe que una leyenda es sólo eso. Catedrático de Oxford, profesor en Princeton, su libro es un estudio comparado, equilibrado y documentado, sobre la colonización española y británica en América.

España comenzó la conquista 100 años antes que Inglaterra. Tuvo las ventajas y desventajas del pionero. Se enfrentó a problemas tan complejos como una geografía imposible y la integración de enormes poblaciones indígenas.

La Corona española fue intervencionista desde el principio. “Desafiando las las leyes del tiempo y del espacio”, realizó un esfuerzo consciente y coherente por integrar los nuevos territorios (”reinos, no colonias”) en los dominios de la Monarquía Hispánica. Los indígenas fueron evangelizados e incorporados a la civilización y al “modo de vida español”. El compromiso de la Corona por asegurar la justicia para los nativos fue claro y continuado, “no es fácil hallar algo similar en la historia de otros imperios coloniales”. Se estimularon los matrimonios inter-étnicos, sugió el mestizaje. Los esclavos africanos disfrutaron de oportunidades de mejora social que en los del norte ni soñaban.

Claro que el hallazgo de metales preciosos aumentó el interés de la Corona y favoreció la rápida expansión de la burocracia real. Y fueron esa misma riqueza y la la dócil mano de obra indígena disponible las que con el devenir del tiempo mellaron el espíritu emprendedor de los inicios y perpetuaron una concepción de riqueza de otra época, basada en el dominio y el botín.

Inglaterra comenzó su colonización “tras un siglo de reforma protestante, con un parlamento afianzado y nuevas ideas en Europa sobre la ordenación correcta del Estado y su economía”. La geografía de las trece colonias era benigna y sus indígenas escasos. La ausencia de plata y de mano de obra nativa tuvo dos efectos: por un lado permitió a la Corona inglesa, concentrada en el esfuerzo por subyugar a Irlanda, adoptar un “perfil bajo”; por otro, “obligó a los pobladores a centrase más en el desarrollo que en la explotación…reforzando el valor de la autosuficiencia, el trabajo duro y la iniciativa”.

El esfuerzo por convertir a los nativos a la fe cristiana fue pronto abandonado. La Iglesia Anglicana no arraigó. Igual que hicieron con los irlandeses, los indios fueron excluídos y empujados a los límites del territorio, lo que proporcionó a los colonos mas libertad de maniobra para “conformar la realidad según su imaginación”. La “debilidad imperial” les acostumbró a gobernarse solos y “fue a largo plazo fuente de fortaleza para esas sociedades”.

Quizás Elliott, hijo de su tiempo, exagera la importancia del afán de lucro en la empresa americana. Quizás olvida sin querer el papel de la masonería en las guerras de independencia. Pero no deja de mencionar el poderoso espíritu emprendedor hispano, el efecto pernicioso de la “sopa boba” en los ánimos y los caracteres, y la confianza que tuvo España en su capacidad para transmitir a otros pueblos los beneficios de su religión y su civilización. Ante los retos actuales…¿quien tuvo, retuvo?

“Empires of the Atlantic World. Britain and Spain in America 1492-1830″.

J.H. Elliott. Yale University Press, 2006. 546 págs.

Publicado por Miguel EM Barraquer el 11-10-2006 en

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