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¿Votarán los conservadores republicano en noviembre?

Publicado por Jorge Soley Climent el 17 de Octubre de 2006 en American Review.
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La guerra de Iraq y el “Big government” están erosionando los apoyos conservadores al partido Republicano. Ante las inminentes elecciones de noviembre el factor conservador puede tener un efecto insospechado.

Las elecciones del próximo mes de noviembre en Estados Unidos se presentan mucho más complejas de lo que podría esperarse a priori. Una lectura simplista, por desgracia la más extendida en España, supone que los conservadores apoyaran en bloque a los candidatos republicanos y que una derrota de estos será una debacle del conservadurismo norteamericano. Pero las cosas no son tan sencillas. Principalmente por la creciente frustración de importantes franjas de votantes conservadores ante dos de las apuestas más importantes de la actual administración Bush: la guerra de Iraq y el mantenimiento e incluso crecimiento del tamaño del Estado, lo que se ha dado en llamar el “Big government”.Los conservadores que están manifestándose de modo muy crítico contra el partido Republicano no son marginales sin influencia. En un reciente simposio organizado por el Washington Monthly, Bruce Bartlett afirmó que “como conservador interesado en la salud a largo plazo de mi país y del partido Republicano, tengo una sugerencia para el GOP en 2006: perded”. Richard Viguerie, un veterano activista conservador, estima que un 40% de los conservadores tienen dudas acerca de cuál sería el resultado óptimo en las elecciones de noviembre y son cada vez más los conservadores que trabajan en Washington que reconocen que a los republicanos no les iría nada mal un aviso en forma de retroceso electoral. Incluso Ramesh Ponnuru, senior editor de National Review ha declarado que perder la mayoría en el Congreso podría no ser no tan malo, “sería peor si los republicanos ganasen escaños”. Y continua: “El ala del partido en el Congreso perdió su ímpetu reformista hace varios años y ha intentado ganar elecciones a base de gasto público”.

Para aquellos conservadores contrarios a la guerra de Iraq el voto de castigo resulta evidente, a pesar de que lo cierto es que pocos cambios reales pueden esperarse de un Congreso en manos demócratas: es poco probable que se atreviera a negar fondos para la campaña iraquí como sí lo hizo en su día con Vietnam. Las cosas han cambiado en Estados Unidos desde entonces y ese escenario es poco creíble, aunque el mensaje que se enviaría a los republicanos sería inequívoco.

De hecho la situación que algunos conservadores están empezando a contemplar como no tan mala es una victoria por estrecho margen de los demócratas en el Congreso junto al mantenimiento en manos republicanas, aunque sea por estrecho margen, del Senado, encargado de confirmar a los jueces. Una mayoría de diez o menos escaños en el Congreso haría muy difícil para los demócratas el impulsar cualquier ley pero permitiría que sus líderes en el Congreso pasaran a ocupar un puesto en la primera línea política. Junto a Nancy Pelosi, Charles Rangel (entusiasta defensor de las subidas de impuestos), John Conyers, John Dingell, Henry Waxman y Alcee Hastings, todos ellos liberales nada moderados, ganarían un protagonismo que muy probablemente ahuyentarían a los votantes indecisos de un partido Demócrata peligrosamente escorado a la izquierda. Como efecto secundario de cara a las futuras presidenciales no estaría nada mal, sugieren algunos.

El desencanto conservador hacia los republicanos en el Congreso es, por otro lado, comprensible: desde hace diez años no ha habido ningún intento real de recortar el gasto público, y lo peor del caso es que no se trata de incapacidad por parte de los republicanos como en otros tiempos, sino de algo querido. Como escribe Christopher Buckley, hijo de William F. Buckley, en el pasado sabíamos que, cuando expandíamos el gasto público, estábamos haciéndolo mal, pero en la actualidad hemos perdido este sentimiento. Los conservadores favorables a la limitación del estado reconocen cada vez más que han fracasado en sus intentos de limitar el gasto público mediante una mayoría republicana en ambas cámaras. ¿Quién sabe si un toque de atención no podría reconducir a los republicanos a su ideario original? Al menos es lo que sugiere Ponnuru, quien sostiene que liberados de compromisos podrían hacer de nuevo propuestas atrevidas en este campo.

Pero ya se han alzado voces de alarma ante esta tendencia a la desmovilización de los conservadores que podría convertir una pequeña derrota, asumible e incluso con aspectos positivos, en una derrota de considerables dimensiones y consecuencias muy negativas. El riesgo más grande sería perder también la mayoría en el Senado, lo que aumentaría considerablemente el poder de los demócratas y su capacidad para captar recursos. Además de poder impulsar una serie de medidas en lo referente a otro de los grandes temas de debate, la inmigración, en un sentido contrario a lo deseado por los conservadores. Un escenario, pues, nada sencillo y que se resume en las palabras que W. James Antle escribía en The American Conservative: “es fácil imaginar a un partido Demócrata victorioso haciendo las cosas peor; pero premiar a la actual mayoría republicana tampoco mejorará las cosas”.

Publicado por Jorge Soley Climent el 17-10-2006 en

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