Libro de la semana: Empire and superempire: Britain, America and the world
Bernard Porter es profesor emérito de historia en la universidad de Newcastle y autor de The Lion’s share. A short history of British imperialism (1975). Su aportación –polémica- a la historia consiste en afirmar el desinterés de los británicos por su Imperio durante los siglos XIX y XX. Su aportación –superficial- a la política es el libro que reseñamos.
Lo primero es librarse de las apariencias. De las apariencias del autor, confeso “antiimperialista kosher” que siente “fuerte aversión personal por la idea y el sentimiento de patriotismo”. Y de las apariencias del libro, que no es un análisis histórico, sino una “contribución al debate político con intención francamente polémica” (Intro). Esto explica la abundancia de apostillas irónicas, siempre entre incómodos paréntesis. Pero no justifica la falta de rigor. Ningún historiador solvente escribiría, por ejemplo, que Aznar “fue puesto de patitas en la calle por su apoyo a la guerra” de Iraq (c.IV), olvidando que no era candidato y que medió el 11-M. Fuera caretas: nos va a hablar de imperialismo un historiador antiimperialista metido a político mentiroso.Lo segundo es recoger la tesis de Porter: “El imperialismo nunca ha sido una de las cosas que ha diferenciado a Gran Bretaña de EEUU” (c.II). Desde la conquista del Oeste hasta la actual presencia en Asia Menor, el expansionismo habría sido esencial en la historia norteamericana. Al igual que antaño el Imperio Británico, EEUU aseguró las rutas marítimas para su comercio mediante la “diplomacia del cañoneo”; siguió la visión imperial británica de “no colonias, sino bases”; amparó bajo la Doctrina Monroe la conquista de Panamá, Cuba, Filipinas, Puerto Rico, Hawai y otras islas del Pacífico; utilizó el argumento de los cobdenitas británicos -libre comercio y bienestar general- para justificar su expansión; y negó su imperialismo, como hizo Gran Bretaña hasta fines del s.XIX. Incluso el drama colonial de los británicos en Egipto (1882) presenta semejanzas con la situación estadounidense en Afganistán (2001) o Iraq (2003). La afinidad entre el imperialismo británico y la actual hegemonía estadounidense alcanza incluso al “sobreestiramiento imperial”, que debilitó al primero y puede hipotecar la segunda. Así pues, EEUU practicaría un imperialismo subrogado al del viejo Imperio Británico: más “formal” hasta las guerras mundiales, más “liberal” o “informal” en adelante.
Lo tercero es señalar la antítesis de Porter: “Un día Gran Bretaña tuvo un imperio; ahora EEUU tiene un superimperio” (Conc.). Este nuevo ente trasciende el patrón británico por varias razones: mientras Gran Bretaña contaba con una clase dirigente preparada para educar progresivamente a las colonias, EEUU rechaza el mandato directo y estimula autogobiernos democráticos sin preparación previa; donde los británicos recomendaban el libre comercio, EEUU lo impone; cuando el Imperio Británico tenía enemigos poderosos y dominaba el apaciguamiento, EEUU combina su imbatible poder militar con la cultura machista del vaquero que resuelve los problemas sacando la pistola. Pero la diferencia más importante entre ambos imperialismos sería la certidumbre ideológica milenarista: EEUU se creería llamado a propagar por todo el mundo el fin de la historia, la inevitable expansión de la libertad, la democracia y el capitalismo, aunque fuera a golpe de misil. Por consiguiente, desde la caída del Muro y el 11-S “la comparación histórica más cercana” (c.III) a EEUU no sería ya el Imperio Británico, sino el “imperialismo utópico” de molde napoleónico o soviético.
Lo último es buscar la síntesis entre las bondades del imperialismo británico y la desmesura del estadounidense. Para Porter, tal síntesis futura se llama “imperialismo internacionalista”, una figura semejante a los mandatos de la Sociedad de Naciones entre las dos guerras mundiales. La esencia de esta propuesta es la formulada por el laborista británico MacDonald en 1901: “ninguna civilización es mejor que otra, simplemente es diferente”, porque “los derechos humanos son relativos” (Conc.). Aunque a Porter se le ocurre otra posibilidad: que Marx y Lenin tuvieran razón, y que el imperialismo de EEUU significara la antesala del colapso capitalista. En suma: relativismo y/o marxismo. O sea, que la salvación del s.XXI está en empezar como en el s.XX. Dios nos coja confesados, y a Porter le perdone haber malogrado un título tan sugerente.
PORTER, Bernard: Empire and superempire: Britain, America and the world. Yale University Press. Londres, 2006. 211 págs.
Publicado por Guillermo Elizalde Monroset el 20-10-2006 en www.fundacionburke.org

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