"Existe un amor a la patria que tiene su fuente principal en ese sentimiento irreflexivo, desinteresado e indefinible que ata el corazón del hombre al lugar de su nacimiento."
Alexis de Tocqueville

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Libro de la semana: Artificial Hapiness

Publicado por Jorge Soley Climent el 30 de Octubre de 2006 en American Review.
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La extensión de la depresión y de los consiguientes fármacos antidepresivos revelan el falso bienestar del Estado del bienestar.

Vivimos en el estado del bienestar… pero nadie lo diría; al menos si atendemos al porcentaje de población con trastornos psíquicos en nuestros países occidentales. Lo cierto es que palabras como “infeliz” o “triste” han desaparecido del vocabulario general, reemplazadas por la omnipresente “deprimido”, o en su versión más castiza, “depre” a secas. Lo que antes se consideraba parte de la condición humana en determinadas circunstancias, ahora se ha convertido gracias a este cambio semántico en una enfermedad. El estado del bienestar tiene pues una capacidad de generar malestar, depresión, nada despreciable.Si a este estado de cosas le añadimos que tendemos a considerar la buena salud como un derecho, el corolario evidente de la conversión de la infelicidad en una enfermedad es que la gente cree poder reclamar una solución a su problema de infelicidad-depresión. Dado que los derechos son incondicionales, la búsqueda de la felicidad debe acabar en éxito y el Estado debe garantizarlo, por un medio o por otro; y el medio universal es atiborrar al paciente de fármacos para, al menos, conseguir un estado de aparente supresión de la infelicidad. Es este el fenómeno que analiza Ronald W. Dworkin en su libro Artificial Happiness: The Dark Side of the New Happy Class.

La tesis del libro, no obstante, va más allá de esta constatación y acusa a los médicos de complicidad, al menos instrumental, en la expansión del fenómeno. Según el doctor Dworkin los médicos han contribuido a extender el estado de felicidad artificial principalmente de varios modos. En primer lugar, renunciando a lo propio de la medicina en su relación personalizada con el paciente y aceptando la visión tecnificada de la medicina que acepta que la infelicidad es una enfermedad provocada por un desequilibrio químico en el cerebro que se puede remediar gracias a fármacos como el famosísimo Prozac, que prescriben de manera cuasi universal y en vastas cantidades. En segundo lugar, aceptando sin rechistar un nuevo paso, la prevención de la depresión y, en consecuencia, el intervencionismo en los estilos de vida de toda la población como parte esencial de la práctica médica. En este caso, además, se produce un nuevo fenómeno: la gente que cumple a rajatabla los consejos médicos se ven a sí mismos no solamente como gente prudente, sino como personas virtuosas, alcanzando así otro tipo de felicidad artificial: la beatífica sensación de estar haciendo lo correcto incluso si ello requiere sacrificio y privaciones.

Así pues, la acusación que Dworkin lanza a la profesión médica estriba en haber promovido y haberse beneficiado de la concepción de que la felicidad puede y debe separarse del modo en que uno vive exceptuando la ingestión de fármacos y la ejecución de los ejercicios prescritos. De este modo se han erigido en teóricos conocedores del sentido de la vida, reducido, eso sí, a vivir largamente y felices, aunque sea a base de pastillitas.

El libro insiste en las motivaciones maquiavélicas de los médicos que, gracias al uso masivo de los antidepresivos recuperarían su prestigio y poder. Uno no puede, no obstante, dejar de pensar que quizás las motivaciones son más banales. Basta imaginar el tiempo necesario para diagnosticar bien a un paciente y las colas que se generan en las consultas de la medicina pública para comprender que la única alternativa real es recetar fármacos antidepresivos al primer síntoma y así poder llegar a casa a una hora decente. En cualquier caso, estamos ante un libro interesante que pone en evidencia algunos de los males más profundos y extendidos del pretendidamente idílico estado del bienestar y que muestra con claridad lo que es la falsa felicidad, la felicidad artificial (quien quiera saber qué es la verdadera felicidad deberá buscar en otros lugares).

Artificial Happiness: The Dark Side of the New Happy Class. Ronald W. Dworkin. Carroll & Graf, 336 páginas.

Publicado por Jorge Soley Climent el 30-10-2006 en

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