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Entonces caerá el secularismo

Publicado por Guillermo Elizalde Monroset el 6 de Noviembre de 2006 en Cultura y Libros.
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Algunos gobiernos europeos, amparándose en un falso concepto de tolerancia, promueven el relativismo y la indiferencia religiosa. Así lo hace el español, subvencionando la difusión del islam, o la Comisión Europea, amenazando las exenciones tributarias de la Iglesia Católica. Otros prohíben incluso cualquier manifestación religiosa en el latifundio estatal, como la presencia de sotanas en las escuelas públicas francesas.

Cuando la sociedad asimila estas violaciones de la libertad religiosa, la FIFA cierra las capillas de los estadios durante el Mundial de Fútbol, y British Airways sanciona a las azafatas que muestran una cruz en su collar. Y es que un mundo más moderno, educado y rico debe ser un mundo menos religioso. O así “reza” el secularismo.Pero el laicismo, que supuestamente había de provocar la extinción de la religión, parece haber logrado en realidad un resurgimiento religioso mundial. El empuje de los nuevos movimientos católicos, el auge del pentecostalismo y la expansión del islam se producen en el período de mayor desarrollo científico y económico de la historia. Cada vez parece más claro, por tanto, que el dogma secularista se cuartea.

Uno de los que así lo cree es David Brooks, periodista del New York Times y “secularista recuperado”. En su célebre artículo Kiking the secularist habit (2003), Brooks sostenía que el laicismo no era el futuro, sino “la incorrecta visión del futuro que había en el pasado”, y exhortaba a los secularistas a librarse de este prejuicio. La idea tal vez convenga a EEUU, pero en Europa -probablemente el único lugar del mundo donde el laicismo avanza- es más urgente convencer a los cristianos que a los secularistas. A tal fin, podríamos inspirarnos en Brooks y sugerir a los cristianos dos actitudes para expulsar su timidez frente al secularismo.

La primera es convencerse de que no estamos solos, de que la fe no es una manía personal. Según vimos arriba, el secularismo persigue expulsar la religión de la vida pública. ¿Por qué? Por lograr lo mismo que Aristóteles denunció en la tiranía, y Hannah Arendt en el totalitarismo: que los cristianos se sientan solos, y que la soledad y el mutuo desconocimiento disuelvan su comunidad. ¿Cómo evitarlo? Reuniéndose. Hay mil maneras. Hay procesiones, peregrinaciones, movimientos, universidades, medios de comunicación, conferencias, encuentros con el Papa y sitios de internet. Si no se junta con asiduidad, es muy posible que el cristiano pierda la confianza, fortaleza y valentía necesarias para serlo.

La segunda actitud para sobreponerse al laicismo es asumir que la fe tiene consecuencias. Las tuvo en la familia de Gianna Beretta, cuando ésta rechazó abortar a su cuarto hijo para salvarse del cáncer que la mató. Las tuvo en la acción política del diputado Donoso, cuando Cristo volvió a gobernar sus pensamientos, inspirar sus discursos y guiar sus acciones. Las tuvo en la historia de Europa, cuando la fe incendió los astilleros polacos y derritió el comunismo. Ahora bien, hemos visto cómo el secularismo trata de amputar toda consecuencia cristiana en la vida pública. Su espada preferida es el catolaxismo, un catolicismo descafeinado, sin tensión para transformar la propia vida y la de los demás. ¿Cómo esquivarlo? Asumiendo en nuestra vida las consecuencias de la fe, hasta que se diga de nosotros lo de la Carta a Diogneto de los tiempos evangélicos: “Los cristianos habitan en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero con su tenor de vida superan las prescripciones de la ley. Aman a todos, pero todos los persiguen. Están en el mundo como en una prisión, pero son ellos los que sostienen el mundo”.

El día que esto ocurra caerá el secularismo, que es la forma totalitaria del s.XXI.

Publicado por Guillermo Elizalde Monroset el 06-11-2006 en

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