"The truth is, politics and morality are inseparable. And as morality's foundation is religion, religion and politics are necessarily related. We need religion as a guide."
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Corriendo en Nueva York descubrí el “credo americano”.

Publicado por Miguel E.M. Barranquer el 11 de Noviembre de 2006 en American Review.
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De cómo en la maratón de la Gran Manzana se reflejan los mejores valores de Estados Unidos.

Cada primer domingo de noviembre, miles de personas de todo el mundo acuden a Nueva York para intentar recorrer más de 42 km por sus calles. Los neoyorkinos convierten sin querer este acontecimiento en una apología de los mejores valores de su país: igualdad de oportunidades, patriotismo, admiración ante el esfuerzo, libertad religiosa, asociacionismo civil, responsabilidad individual, gobierno limitado y libre empresa.A las 7 de la mañana los corredores estamos perfectamente amontonados junto al puente Verrazano. Salta a la vista que los yanquis creen en la igualdad de oportunidades: una joven delgada realiza estiramientos imposibles junto a una señora en chándal que proclama sus 80 primaveras, un alemán barrigudo devora un “bagel” mientras un californiano musculoso estimula los cuádriceps con ayuda de su iPod. Todos tomarán la salida, porque todas las personas son iguales y tienen derecho a una oportunidad. Pero su resultado en la carrera dependerá de su preparación, esfuerzo, carácter y talento. Y es que igualdad de oportunidad no equivale a igualdad de resultado ni de condición.

Van a dar la salida. Suena el himno nacional. Los corredores americanos lo cantan con la mano sobre el corazón; todos lo escuchan con respeto. Durante la carrera recordaré este momento cuando vea las barras y estrellas en las casas de Brooklyn o en los edificios de la Primera Avenida. Hay menos banderas que tras el 11-S, pero el patriotismo en EEUU está omnipresente en cualquier acto público.

Recuerdo las semanas de preparación y entreno. Me dan confianza en el reto que voy a enfrentar, sin ellas no habría llegado aquí. Pero mi pensamiento está en el futuro, en llegar a la meta. El respeto por el pasado no empaña el optimismo por el futuro.

Inmediatamente atrona el pistoletazo y por los altavoces Frank Sinatra canta su “New York, New York” animando a los deportistas: empieza la fiesta. Pasado el Verrazano entramos en Brooklyn. A los lados de la calle se agolpan multitudes que gritan y animan incansables. Se dirigen sin timidez a aquellos corredores que han escrito su nombre en la camiseta: “Go John!”, “Way to go boys!”, “You look great Manuel!”. Ante el esfuerzo y el atrevimiento ajeno no hay lugar para la envidia y el rencor sino para la admiración y el respeto.

Pero los gritos cesan de pronto y un extraño silencio se adueña de la carrera. Miro a mi alrededor: grupos de judíos ortodoxos con gafas, tirabuzones y trajes negros miran a los corredores con indiferencia. Junto al semáforo, una mujer con el cabello recogido bajo un gorro, vestida con falda larga de color oscuro y rodeada de cuatro niñas observa callada el espectáculo. Nadie aplaude. Estamos en el barrio judío y los vecinos que quieren animar se han desplazado a otras calles, porque las creencias religiosas se respetan. En Estados Unidos, el “país con alma de iglesia”, la religión no debe su libertad al Estado sino al revés.

Hemos pasado ya la media maratón y las piernas comienzan a pesar. Una mujer negra me ofrece media naranja que agarro al vuelo. Una chica alta y guapa muestra un botellín de agua para quien quiera tomarlo.Un chaval hispano me presenta una servilleta de papel para secarme el sudor. ¿Es posible? ¿Algo se ofrece gratis en el país del capitalismo? Para colmo, frente a su iglesia un grupo de vecinos humildes de Queens chirrían una melodía con trompetas para confortar a los corredores. Mientras sorbo la naranja agradezco el proverbial asociacionismo estadounidense, la vibrante sociedad civil que se organiza para defender todas las causas posibles, que llega hasta cualquier rincón y obliga al Estado a replegarse, y que es fundamento y consecuencia de la libertad.

Ya en Manhattan, la Primera Avenida es el tramo más complicado de la prueba. Son 4 millas en línea recta que conducen al Bronx. Aproximadamente a la mitad se halla el temible km30, conocido como “el Muro”: muchos corredores, agotados, abandonan allí. Es el momento en el que la organización, que hasta entonces ha mostrado una actitud de “gobierno limitado” encargándose de garantizar el juego limpio, la seguridad y el servicio médico, permite a los espónsors regalar unas esponjas empapadas en agua y un gel energético…que son de gran ayuda para seguir adelante. La iniciativa privada prevalece en los ámbitos en que ésta es más eficaz.

Estoy ya trotando por Central Park. Enfilo el tramo final esquivando corredores cuando de pronto el público estalla en gritos de ánimo. ¿Es por mi? Por supuesto que no. Unos metros por delante, un atleta en silla de ruedas avanza muy lentamente, impulsándose con una sola mano. No puede más. Los espectadores le gritan, gesticulan, aplauden a rabiar. Un corredor, compañero del tullido camina junto a la silla, pero no la empuja. El lisiado quiere llegar por sus medios, todos lo saben, sería un insulto ayudarle. Es la imagen de la tenacidad, el coraje y la responsabilidad individual que entusiasma a los estadounidenses. Aunque no consiga llegar al final.

Por fin cruzo la meta. He vivido una de las pocas “experiencias globales” que se pueden disfrutar en el planeta. Se me acerca un tipo de la organización: “¿Quiere usted una foto de la llegada? Son 50 dólares”.

Publicado por Miguel EM Barraquer el 10-11-2006 en www.a-r.es

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