Defensa de la propiedad (y de otras cosas que nos están robando)
Lo que nos faltaba es que ahora viniera alguien a discutir nuestro derecho a tener casas. Las amenazas del gobierno catalán sobre la propiedad son algo más que una baladronada.
Estamos viendo cosas prodigiosas, cosas que, hace sólo cinco años, nadie hubiera imaginado que pudieran suceder. La nación se deshace desde arriba, la familia se resquebraja con respaldo oficial, el terrorismo se va convirtiendo en algo respetable y, ahora, el derecho a la propiedad empieza a hacerse sospechoso. Esa osadía catalana de expropiar a las personas con viviendas desocupadas es un auténtico acontecimiento. No por su efecto sobre el mercado inmobiliario, sino porque niega un derecho fundamental. Y ojo al asunto, porque la idea puede arraigar más de lo que pensamos.La idea de que la propiedad es inviolable es uno de los principios clásicos de la derecha. Es, también, uno de esos puntos donde el acervo ideológico de la derecha enlaza con los fundamentos básicos del derecho natural. Y si alguien dudó alguna vez del carácter verdaderamente natural de estas cosas, ahí está la obra de los etólogos (Lorenz y demás) para confirmarnos hasta qué punto la posesión de objetos es, en el género humano, un instinto. Esto no quiere decir que la propiedad, en cualquier circunstancia, sea siempre un bien: todos podemos imaginar mil situaciones en las que la propiedad merece una consideración moralmente negativa, ya sea porque se ha adquirido en condiciones inmorales, ya porque despliega efectos nocivos sobre las demás personas. Pero, en todo caso, esto depende siempre de las circunstancias y nunca de la propiedad misma, del hecho puro de la propiedad, de la que Spengler llegó a decir -en Años decisivos- que era la nuez del \”sentido nórdico de la vida\” (entiéndase la expresión con el tinte, siempre más metafísico que biológico, que daba Spengler a esa terminología). ¿Y acaso las instituciones clásicas de la cultura europea, empezando por los derechos personales, no guardan una relación directa con el reconocimiento de la propiedad?
Inversamente, la impugnación de la propiedad -de toda propiedad- es un tema clásico de las izquierdas. \”Izquierda es sobre todo la falta de respeto a la propiedad\”, decía asimismo Spengler. Y éste es también, paralelamente, uno de esos puntos donde la artillería ideológica de la izquierda tiende a manifestarse como nihilismo, es decir, como destrucción deliberada de cualquier institución social y cultural estable. Bajo la convicción demagógica de que encarna a los desposeídos, la izquierda siempre ha tenido tendencia a pensar que toda propiedad es un robo, y por eso su economía apuntaba tradicionalmente a la nacionalización, la colectivización, la socialización, formas todas ellas de incautación de la propiedad privada.
Estas consideraciones, en todo caso, deberían ser agua pasada. Hace ya varios decenios que la propiedad se ha convertido en algo indiscutible incluso para la izquierda. Entre otras buenas razones, porque los experimentos de economía sin propiedad, generalmente acometidos tras exterminar a los propietarios, no sólo han cosechado fracasos unánimes, sino que, además, siempre han terminado resolviéndose en formas nuevas -y, con frecuencia, corruptas- de propiedad. También porque se ha demostrado de manera irrefutable que las sociedades más justas son aquellas en las que todos pueden tener acceso a la propiedad. En esto Sorel acertó de lleno: la liberación de los siervos no residía en suprimir la propiedad, sino en poder convertirse en propietarios. Por eso la propiedad es un principio que merece la pena defender.
Entre tanto, ¿qué ha hecho la izquierda con la propiedad? Quedarse con cuanto ha podido. La historia del socialismo europeo en el último cuarto de siglo es la crónica de un desfalco permanente, lo mismo en España que en Italia o Francia. Pero, eso sí, ha guardado hipócritamente la convicción de que la propiedad (ajena) es mala cosa. Por eso gravan con impuestos el trabajo de la gente y por eso simpatizan con los okupas (esa \”forma de vida alternativa\”). Es sencillamente repugnante que una casta política privilegiada, con sueldos de 6.000 euros a cargo del erario ciudadano, venga ahora a discutir el derecho a la propiedad de esos mismos ciudadanos -los que sufragan la supervivencia de la casta política en cuestión. ¿Viviendas? Por supuesto que su precio es abusivo. Sobre todo, porque el precio del suelo está intervenido por unos ayuntamientos que extraen de él la parte del león de sus propias finanzas. Pero en ningún caso es aceptable que la solución pase por expropiar a la gente. En este asunto, lo verdaderamente importante no es el problema de la vivienda -que puede solucionarse por otros muchos medios-, sino la amenaza expresa sobre la propiedad, que afecta al corazón de nuestra forma de entender la vida.
En La Emboscadura de Jünger -una mina inagotable de reflexiones para el resistente- se plantea el siguiente ejercicio: ¿qué pasaría si la célebre frase \”la propiedad es un robo\” la pronunciara no el expoliador, sino el expoliado? Hasta ahora la propiedad ha sido impugnada por los expoliadores. Así se han enriquecido. No sólo se han enriquecido con nuestros impuestos, con las mil y una alcabalas que hemos de tributar en todo lugar y momento, sino también con nuestra libertad política, secuestrada por los partidos; con nuestra libertad de expresión, secuestrada por los grandes poderes mediáticos; con nuestra autonomía moral, secuestrada por los aparatos de propaganda del Sistema. Bien: ¿y si ahora cambiáramos las tornas? ¿Y si ahora nosotros, los expoliados, usted o yo, impugnáramos todas esas propiedades que se nos ha arrebatado? ¿Y si reivindicáramos, por ejemplo, nuestro derecho de propietarios a no pagar impuestos añadidos por el suelo que pisamos, por el agua que bebemos, por la luz que consumimos? ¿Y si exigiéramos que se nos devolviera el derecho sobre la educación de nuestros hijos, sobre la libertad real de nuestro voto, sobre nuestra salud, también sobre nuestra seguridad personal?
La propiedad, en efecto, es un principio por el que merece la pena luchar. Sobre todo, contra los expoliadores.
Publicado por José Javier Esparza el 25-12-2006 en www.elsemanaldigital.com

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