"Nadie mirará hacia una posteridad que nunca mira hacia sus antecesores."
Edmund Burke

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Chirac de Arabia

Publicado por Ángel Expósito Correa el 12 de Febrero de 2007 en American Review.
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Chirac declarará: “Tengo un principio sencillo en política exterior. Miro lo que hacen los americanos y hago lo contrario. Es entonces cuando estoy seguro que tengo razón”.

En 1980 el alcalde de la capital de un país europeo va a Roma, de visita al Papa recientemente elegido, Juan Pablo II, para tratar de explicarle dónde sería mejor que fuera - y no fuera - en el transcurso de su próxima visita a aquel país. No obteniendo satisfacción por parte del Papa, que - que como se descubrirá durante los años siguientes - es todo menos aquel polaco ingenuo y manipulable que una cierta prensa en aquellos años describe, el alcalde declara que ha llegado la hora de “vomitar la civilización romana que nos ha despojado de nuestra identidad y de nuestra alma celta”. “[…] El cristianismo - prosigue el hombre político, que ya había sido primer ministro de su país (pero que entonces ya no lo era) - no tiene ni la antigüedad, ni la tolerancia ni la verdadera profundidad mística de las grandes religiones asiáticas. Nuestras raíces no se encuentran ciertamente aquí en Roma, y es una impostura pretender que nosotros hayamos nacido de Roma y de Atenas”.El personaje en cuestión se llama Jacques Chirac, y el hecho de que un hombre con ideas semejantes haya dominado la política europea por más de un cuarto de siglo dice mucho acerca de la actual trágica condición de Europa. En cuanto a los Estados Unidos, una vez elegido presidente de la República francesa, Chirac declarará: “Tengo un principio sencillo en política exterior. Miro lo que hacen los americanos y hago lo contrario. Es entonces cuando estoy seguro que tengo razón”. Un colaborador suyo asegura que “el anti-americanismo entendido como rechazo de Occidente (…) forma parte del núcleo duro de sus convicciones”.

Son algunas perlas de Chirac d’ Arabie, un libro harto esperado en Francia y recién publicado por la editorial Grasset, donde dos periodistas del diario Libération (con un pasado trotskista y un presente socialista), Christophe Boltanski y Eric Aeschimann, narran la larga historia de las relaciones entre el presidente y los países islámicos. A pesar de los prejuicios políticos de los autores, el libro es de gran interés. Asoma el retrato de un hombre significado por su rechazo de Occidente. Bajo el influjo de una cierta cultura “tradicionalista” - que por otra parte los autores del libro conocen poco, privándonos de tal modo de referencias más precisas, que hubiera sido en cambio de extremo interés conocer -, a los catorce años el bachiller Chirac estudia el sánscrito y proclama que la verdadera Tradición sobrevive solamente en Oriente y en particular en las doctrinas de India.

Siendo militar en Argelia - donde, según cuanto él mismo refiere, da importancia a tener su primera experiencia sexual de manera asimismo “no occidental”, en un burdel de la casbah de Argel -, se convence de que la Tradición no está viva sólo en India, sino también y sobre todo en el islam. El filo-islamismo de Chirac procede por tanto de una confusa aproximación a un cierto tradicionalismo no católico, y es distinto del tradicional filoislamismo de la diplomacia francesa influida por el estudioso católico del islam Louis Massignon. Este último era de hecho filochií, mientras que Chirac ha siempre desconfiado de los chiíes prefiriendo a los sunníes, de aquí la plurianual amistad (y los negocios) con el libanés Rafic Hariri y los anatemas tras el asesinato de Hariri en 2005 contra el régimen alauita (esto es, adherido a un cisma chií) sirio, un régimen inventado en su momento por una diplomacia francesa ampliamente inspirada por Massignon.

Pero para Boltanski y Aeschimann se trata de un “exotismo” de aficionado, que no ahonda en las tradiciones que dice amar y que - transformado en política - se traduce en una predilección por “el islam de los jefes” (preferentemente déspotas) respecto del “islam de los pueblos”. De aquí los aspectos más incómodos para Chirac del libro, entre los cuales sobresale la cordial relación con Sadam Hussein, surgida cuando Sadam era el jefe de los servicios secretos iraquíes y alimentado por el común amor por el lujo (que en otras épocas también unió a Chirac con tantos déspotas africanos). Aviones especiales iraquíes llevaban a Chirac a París las exquisitas carpas del Tigris, recién pescadas, mientras Sadam llegaba de incógnito a Provenza para asistir a falsas corridas organizadas por el amigo presidente. Puesto que los autores pertenecen a una izquierda francesa antiamericana, para ellos Chirac ha dicho cosas acertadas sobre la última guerra en Iraq, pero por la razón equivocada: la defensa del régimen de Sadam, que a su tiempo había calificado nada menos como “el De Gaulle de Oriente Medio” y con el cual, según el ex embajador de Iraq en la ONU Amir Alanbari, el presidente francés, al menos hasta la invasión de Kuwait, mantenía “una relación cordial que iba más allá de la que normalmente existe ente dirigentes políticos de distintos países”.

Pero no se trata únicamente de simpatía humana - ya de por sí inexplicable para con un criminal habitualmente descrito como arrogante y maleducado como Sadam - ya que no falta un elemento ideológico. Ante la ideología baasista del partido de Sadam, Chirac se entusiasma y comenta que conjuga “el nacionalismo en el mejor sentido del término y el socialismo como forma de movilizar las energías y de organizar la sociedad del mañana, ambos sentimientos muy próximos al corazón de los franceses”. Nacionalismo más socialismo dan como resultado nacional-socialismo, pero Chirac no se da cuenta. ¿O quizás sí? Entre sus colaboradores, sostienen los autores de Chirac d’Arabie, “cuando Sadam usa el gas contra la población kurda de su país, algunos no dudan en afirmar que a fin de cuentas es algo que se puede comparar a la lucha de los Bleus [que en este caso no son los jugadores de la selección francesa de fútbol, sino los feroces soldados de la represión jacobina durante el Terror] contra los vendeanos”. Resulta inútil matizar que las simpatías de Chirac no van dirigidas a los vendeanos.

El balance final de un libro que, pese a estar demasiado volcado en los negocios sospechosos, en las maletas de euros y dólares que llegan de los déspotas árabes a París, como por otra parte es típico de autores de cierta escuela periodística de la izquierda francesa, ofrece sin embargo importantes elementos ideológicos. En efecto, el más importante de estos elementos ideológicos es el arcaísmo de Chirac con respecto al islam. Mantener el orden público en los países islámicos apoyando preferentemente déspotas laicistas y criminales, oponiéndose a toda evolución “democrática” sólo porque se considera “algo americano”, es algo que ya no funciona. Uno tras otro, los déspotas muerden el polvo, y los pueblos no perdonan a quienes los habían apoyado. El fracaso de Chirac debería enseñar mucho a Zapatero y a su gobierno, pero también a cierta derecha, que se engañan creyendo que las dictaduras militares en los países islámicos puedan constituir todavía por mucho tiempo una alternativa al terrorismo y al fundamentalismo.

Publicado por Ángel Expósito Correa el 12-02-2007 en www.a-r.es

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