La magia de la legalidad
Los errores prácticos suelen derivar de profundos y difundidos errores teóricos.
La decisión del Gobierno de excarcelar a De Juana Chaos es ilegítima, contraria a Derecho y, probablemente, también ilegal, pues no puede ser legal ceder a la presión de un preso. No cabe invocar razones humanitarias para ceder al chantaje, ni conceder beneficios penitenciarios sin arrepentimiento. Al hacerlo el Gobierno incumple una de sus obligaciones fundamentales, y, por lo tanto, no puede decirse que obre conforme a la ley, aunque decida en un ámbito en el que tiene competencia legal. Tener una competencia no significa poder ejercerla arbitraria o injustamente. La discusión sobre la legalidad tampoco resuelve el problema de la corrección o decencia de la decisión. Si la decisión de excarcelarlo fuera legal, también lo sería la contraria y ambas no pueden tener la misma valoración, a menos, cosa imposible, que se estime indiferente. No parece, de todos modos, mucho exigir al Gobierno que cumpla la legalidad.Podrá parecer impertinente entrar en disquisiciones teóricas cuando cunde la alarma social, pero pienso que los errores prácticos suelen derivar, cuando no lo hacen directamente de la maldad, de profundos y difundidos errores teóricos. Hay como una magia de la legalidad, nacida de la reducción del Derecho a mera expresión de la voluntad del Gobierno y de la mayoría parlamentaria que lo apoya. Pero el Derecho es otra cosa o, al menos, mucho más que sólo eso. Legalidad, legitimidad y justicia no son la misma cosa. No puede la primera absorber y agotar a las otras dos. Es clásica la distinción entre legitimidad de origen y de ejercicio. En este sentido, un gobierno legítimo en origen, es decir, que ha llegado al poder con arreglo a Derecho, puede perder la legitimidad a través de un ejercicio abusivo e injusto de su poder. Los demócratas frenéticos pretenden que la democracia disuelve el valor de todas estas disquisiciones, y que no hay más Derecho que la voluntad del pueblo expresada a través de las mayorías parlamentarias. La mayoría es el demiurgo político, el nuevo Leviatán: Derecho, ley, justicia y legitimidad todo a la vez. No hay sino apenas un leve paso de aquí a la tiranía de la mayoría y al totalitarismo. La democracia radical conduce al relativismo y se apoya en él, y éste, al rechazo de la idea de la legitimidad de ejercicio. Si nada hay justo o injusto en sí mismo, si todo depende de las cambiantes opiniones mayoritarias, entonces, todas las decisiones legales del Gobierno son además legítimas y justas. Aceptar este planteamiento es aceptar la servidumbre política, por más que se sustente en la voluntad de muchos. Toda disensión política es, para ellos, criminal. Claro que se trata de pura hipocresía. Sólo lo es cuando ellos o los suyos gobiernan. Así, las protestas de la Asociación de Víctimas del Terrorismo se despachan afirmando que no les corresponde dirigir la política antiterrorista. Está claro. Ni a los sindicatos dirigir la política económica, ni a los juglares y bufones imponer la política de Defensa, ni a la oposición en la calle imponer la política exterior. ¿Cómo puede ser injusta la guerra de Irak si la apoya el Gobierno legal? El lema parece ser “vota y calla”. Cuando gobierna la derecha, la razón está en la calle; cuando lo hace la izquierda, está en las urnas y en el palacio de la Moncloa. Una política económica puede ser legal y, a la vez, nefasta e injusta.
La reducción del Derecho a la ley, y de ésta a la voluntad estatal, produce estragos en la justicia. El Derecho tiene en cuenta la legalidad (la normatividad) y se apoya en ella. Los jueces deben estar sometidos al imperio de la ley, pero en su actuación influyen también otros elementos. Cualquier decisión legal en origen no es sin más por ello Derecho. Éste tiene que ver tanto o más que con la legalidad, con la concordia, el decoro, la prudencia y la justicia, tal como aparecen decantadas en la vida cambiante de los pueblos. La magia de la legalidad, la idolatría del soberano mayoritario conduce a una errática “teología política” de raíz voluntarista. A una especie de fideísmo democrático. Así como los teólogos voluntaristas identifican el bien con la inescrutable voluntad de Dios, los fideístas políticos pseudodemocráticos, que creen en la voluntad general con la fe del carbonero, a veces también con la del converso, identifican lo justo con la decisión del poderoso, ahora ya humano, demasiado humano, ante la que sólo cabe la sumisión. No es extraño que aspiren a extirpar la religión y a expulsar a Dios quienes pretenden ocupar su lugar en el mundo.
La democracia se convierte en una especie de varita mágica moral, que convierte en justo todo lo que toca. Al final, quienes tanto invocan la racionalidad terminan por arrodillarse ante el voluntarismo estatal, sucumbiendo a la magia de la legalidad: la ley, mande lo que mande, es santa, y define y encierra en su seno todo lo valioso que pueda haber en la vida social: la verdad, la bondad, la justicia, el derecho, la legitimidad y la justicia. Fuera de ella no hay sino ilegítimo interés. Puro pensamiento mítico que conduce, paso a paso, a la extinción de la justicia y a la muerte de la libertad.
Publicado por Ignacio Sánchez Cámara el 10-03-2007 en www.negocios.com/gaceta

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