"To be conservative is to prefer the familiar to the unknown, to prefer the tried to the untried, fact to the mistery, the actual to the possible, the limited to the unbounden, the near to the distant, the sufficient to the superabundant, the convenient to the perfect, present laughter to utopian bliss."
Michael Oakeshott

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Funeral y bautismo

Publicado por Jacinto Bardisa el 5 de Abril de 2007 en Cultura y Libros.
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La primera manifestación de resistencia popular frente al nihilismo de Zapatero no surgió en España, ni la diseñaron maduros activistas políticos. Más bien nació en Roma, encendida por un puñado de jóvenes que asistían a un funeral.

El taxi pasa rápidamente frente a otra patrulla de policía. Ya destellan, lejos, los girofaros azules de la siguiente. La circunvalación está despejada. Tampoco hay tráfico en Roma. El vehículo se detiene muy cerca de la columnata, junto a un grupo de carabineros. La luz anaranjada de los faroles humedece la noche. Cierro el cuello del abrigo, cargo la mochila y desciendo hacia las columnas. La policía todavía permite el acceso al Borgo del Espíritu Santo. Muchos jóvenes han acampado silenciosamente junto a las piedras de Bernini, con la esperanza de poder acceder a la plaza cuando se levante el vallado. Rezan en polaco. Nos abrimos paso entre un grupo de monjas muy jóvenes, de hábito azul. A la derecha, bajo los portales del Borgo, se acurrucan varias parejas de ancianos. Manos sucias y arrugadas aprietan el rosario contra la manta. Parecen campesinos, tal vez obreros polacos. En una esquina retirada alguien se arrodilla frente a un sacerdote lampiño. Tañe medianoche el reloj de San Pedro, y una viejuca besa su estampa de Juan Pablo II. Ya es ocho de abril de 2005.Llegamos al Lungotévere, junto a la embocadura de la Vía de la Conciliación. Un frío mojado sube del Tíber. Miles de peregrinos descansan sobre el asfalto, espalda contra espalda. No queda ya tierra libre. La madre abre los ojos y ajusta el embozo del niño, que duerme en sus brazos. Silencio y oración. Muy cerca, un joven sacerdote alemán recita en alta voz el rosario. Las voces responden de todos los lugares, en inglés, en español, en polaco. Pronto se reza en latín. De vez en cuando los polacos cantan con tristeza y agitan sus gonfalones. Un joven que intenta dormir se irrita con otro que ha ocupado su lugar, pero no tardan en abrazarse. Tras la valla, un ciego romano canta ópera para aliviar a los que velan. A lo lejos, sobre la muchedumbre, más allá de los camiones de televisión, el Castillo de San Ángel ilumina la noche.

El ventoso amanecer inquieta a los jóvenes del Borgo. Quieren entrar en la plaza de San Pedro y ver a su Papa, que les ha convocado por última vez desde el lecho de muerte: “Os he buscado. Ahora vosotros habéis venido a verme, y os doy las gracias”. Allí están, por miles, por cientos de miles. Alguien dice que hay en Roma más de cinco millones de peregrinos. Durante la noche, los muchachos han escrito en sus pulseras de hilo: “Juan Pablo, te quiero”. Ahora me cuesta respirar, apretujado en la insomne muchedumbre. Los polacos se impacientan, serenos, y piden con rítmica dulzura que se levante el cercado. “¡Aprite!”, gritan los italianos. Se mueven las vallas y nos plantamos en el centro de la plaza, tras el obelisco, cuyo pie se ha ido cubriendo de velas y flores.

Unos negros se arriman a nosotros. Al otro lado, un grupo de adolescentes polacas se viste el uniforme del colegio sobre la ropa. Nadie habla. En el pasillo de seguridad el vigilante pasa el rosario, las manos a la espalda, mientras Ratzinger recuerda la fidelidad de Juan Pablo II al “¡Sigueme!” de Cristo. Cada vez que nombran a su querido Papa, la multitud estalla en aplausos. Los sediarios levantan el sencillo ataúd y lo muestran a las huestes antes de entrar en la basílica. Las banderas flamean. Son millares, de todos los países, pero San Pedro es hoy una plaza polaca. Detrás nuestro, una italiana le pregunta a su marido qué bandera sostenemos. “La de España”, contesta. Muy cerca, una monja se quita la cruz pectoral y la eleva hacia el ataúd, como ofreciéndola. Ahora sí hay gritos, y alguno se levanta sobre el inextinguible aplauso: “¡Viva el Papa! ¡Santo! ¡Santo!”. Muchos lloran, miran al cielo y permanecen firmes.

La gente se ha dispersado. Un centenar de adolescentes españoles se reúne espontáneamente para almorzar frente a su embajada, en la plaza de España. Los reyes saludan desde el balcón. Sale un coche oficial. Antes de subir, Zapatero se acerca al grupo sonriendo. “¡Hipócrita! ¡Comecuras!”, le reprenden los jóvenes con evangélico descaro. Es el primer abucheo de la legislatura. A mi lado, un muchacho ha pegado en su mochila una foto de Juan Pablo II. Hay una frase escrita al pie: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”.

Publicado por Jacinto Bardisa el 05-04-2007 en www.fundacionburke.org

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