La erosión de la ley
El español aprende a curarse de espantos en esta democracia progresivamente degradada.
En psicología sólo son eficaces los valores relativos. Un estímulo nos afecta dolorosamente si es muy superior a los que habitualmente inciden en nuestro haz sensible. Pero nos dejará impertérritos si llevamos mucho tiempo expuestos a él. El lenguaje popular resume esta ley, o algunos de sus corolarios, mediante la expresión “estar curado de espantos”. El que está curado de espantos, acepta o descuenta hechos que tiempo atrás habría considerado intolerables y encaja lo que haya que encajar sin que le tiemble siquiera la horizontal de la ceja izquierda.En cierto modo, todo aquel que está curado de espantos ha desarrollado defensas naturales contra un entorno hostil. Si el europeo no se curara de espantos en la selva amazónica, sufriría lo que no está escrito cada vez que ve desplazarse a la altura de sus pies una araña pollito. Su insensibilidad progresiva, que es también una forma de brutalidad, integra un fenómeno adaptativamente necesario.
Sucede lo propio durante las guerras, menos impactantes cuando más tiempo se ha sobrevivido a todas sus devastaciones; en las enfermedades que son largas, o también, en los sufrimientos muy sostenidos. La delicadeza, en fin, es un lujo, que mucha gente no puede, literalmente, permitirse.
La vida pública no es una excepción. Cuando se descubrió que Juan Guerra utilizaba el despacho de su hermano para evacuar pequeños favores de tres al cuatro, se levantó una tremolina memorable, de resultas de la cual el otro Guerra, el que es importante, quedó irreversiblemente debilitado. El hecho, contemplado a trasmano, provoca pasmo. En este instante, nadie duda de que los partidos se autofinancian a través de la recalificación de terrenos.
La recalificación sólo será interesante económicamente si existe escasez, una escasez que en muchos casos es artificial y que redunda en el encarecimiento de la vivienda. Todo esto no es una broma, habida cuenta de que la deuda hipotecaria se lleva hasta la mitad de los ingresos de muchas familias. Es más: no sólo no es una broma, sino que es una barbaridad. Pero la gente descuenta la barbaridad, como descuenta también el explorador amazónico que salga una araña del tamaño de un puño cuando agita en el aire la bota que está a punto de calzarse.
Que se descuente la barbaridad implica, por lo menos, una cosa: que no se espera ya que vaya a funcionar el sistema de reglas y concomitantes virtudes que deberían evitarla. Y lo último, a su vez, implica otra cosa: que esas reglas han dejado de intervenir en las expectativas de los agentes normales.
Los juristas saben perfectamente qué envuelve esto. Pongamos que las reglas son de índole legal. Con lo que nos encontraríamos es con que ya no se espera nada de la ley. Ni la presuponen los afectados por su caída en desuso, ni la utilizan los que podrían promover sus negocios apelando a ella. La ley está, sí, en los papeles. Aunque sólo en los papeles, y por lo mismo, está muerta.
Los países, numerosísimos, en que la ley ha muerto, cultivan un tipo muy concreto de insensibilidad, y desarrollan, simultáneamente, talentos también específicos. El soborno, el abuso en las concesiones administrativas, etc…, se convierte en hechos comunes y hasta familiares. Y el apego a la familia, o el respeto a pactos secretos y puramente personales, compensan el hueco dejado por la ley. Hemos ingresado, en fin, en una sociedad mafiosa. La sociedad mafiosa es un desastre cuando crece, como un tumor, dentro de un organismo en que antes imperó la ley. Pero ha sido una cosa normal a lo largo de la historia. En los poemas homéricos, la violencia y la actitud sicológica que conduce a emplearla sin reservas, constituían una virtud, no un defecto. Decir que la sociedad homérica era mafiosa, representaría, en el fondo, un anacronismo.
La seguridad legal, o si se prefiere, la civilización, integra un logro que sólo pocas sociedades han conseguido disfrutar, que no es congruente con nuestras reacciones básicas, y que puede irse por el sumidero en menos que canta un gallo.
Pues bien, los españoles estamos aprendiendo a curarnos de espantos en esta democracia progresivamente degradada. Consideren el episodio increíble de la demanda del Gobierno al Tribunal Supremo. Sabemos que se formuló en términos incomprensibles.
El propio auto de Tribunal es difícil de entender. A nadie le cabe la menor duda de que ANV es HB, y por tanto, ETA. Pero a nadie se le caen los palos del sombrajo porque la banda terrorista ETA haya reingresado en las instituciones sin que, aparentemente, se haya hecho lo preciso para poder obstruirle la entrada. La gran sorpresa habría sido, más bien, que ocurriese lo contrario.
La desustanciación de la ley no liquida por fuerza a las sociedades. Las hace ineficientes, peligrosas e incómodas, que es otra cosa. A lo mejor, los españoles hemos decidido resignarnos.
Publicado por Alvaro Delgado Gal el 21-05-2007 en www.negocios.com/gaceta

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