Los 300 y los 12
No hace mucho que hemos visto 300, una versión cinematográfica de la gesta de las Termópilas según la cuenta el descolorido tebeo de Frank Miller. El cómic recuerda cómo, durante tres días, los trescientos espartanos de Leónidas detuvieron la desbordante invasión persa de Grecia en un angosto desfiladero. A muchos les ha sorprendido que algunos progresistas elogiaran el episodio.
La batalla de las Termópilas se ha interpretado de tres maneras. Desde una perspectiva realista, Heródoto y Diodoro Sículo vieron en los trescientos espartiatas a los creadores de la libertad y la unidad de todos los griegos, juntos por primera vez en la defensa de sus leyes. Sin embargo, los historiadores recuerdan también que la unidad de las ciudades griegas se quebró una generación después de las Termópilas, en las Guerras del Peloponeso entre Atenas y Esparta. Nadie tuvo entonces reparos en firmar alianzas con el antiguo enemigo persa para imponerse a sus hermanos griegos. Lo mismo sucedería en los pactos de Francisco I y Richelieu con turcos y protestantes frente a la Europa católica, o en la autodestrucción europea en las guerras mundiales. La interpretación realista de las Termópilas sugiere que el bien común sólo se alcanza cuando los principios prevalecen sobre el interés de estado.Otros han descubierto en el enfrentamiento entre Grecia y Persia el arquetipo de una recurrente oposición histórica: la nación contra el imperio, la libertad contra la tiranía, Occidente contra Oriente. Las Guerras Médicas se repetirían en Lepanto, la Guerra Fría, o la pugna actual entre EEUU y el Irán de Ahmadineyad. Esta interpretación, más propia de filósofos de la historia que de historiadores, está a medio camino entre realismo e ideologismo, y seduce a muchos conservadores y liberales. Pero ver en las Guerras Médicas un enfrentamiento entre las actuales categorías políticas de Occidente y Oriente es ver sólo una parte de la verdad. Porque ¿qué es Occidente? El triunfo del cristianismo -una religión oriental- sobre el paganismo occidental, la síntesis de helenismo y cristianismo, la unión de razón y fe, la fecundación oriental del logos griego. Identificar Occidente con las Termópilas es reducirlo a su elemento helénico, algo así como repetir el intento paganizante de Juliano el Apóstata: un anacronismo.
La tercera interpretación de la batalla de las Termópilas es ideologista, típica del Occidente adulterado por la Ilustración. Es la preferida del progresismo escéptico con la Alianza de Civilizaciones, y la que Miller populariza en su cómic. Los griegos, hasta entonces “los únicos hombres libres” conocidos, habrían inaugurado en las Termópilas “una nueva era: una era de razón, de justicia y de ley” que “rescataría al mundo de las antiguas tradiciones estúpidas y emprendería un futuro más brillante de lo que cualquiera podría imaginar”. Un futuro guiado por la “razón” omnipotente, donde la “libertad” convive con la esclavitud, la eliminación de los imperfectos, el culto a la muerte, la veneración de la naturaleza y el colectivismo estatal. En esta tercera interpretación, las Termópilas se convierten en mito inspirador de la revolución y sus epígonos: la democracia totalitaria y la cultura de la muerte.
¿Qué significaron, pues, las Termópilas? No más de lo que nos dicen Heródoto y Diodoro de Sicilia. No fue el acontecimiento crucial de la historia de Occidente. Occidente nació del Calvario, no de las Termópilas; recibió su ser de la dócil oblación de Cristo, no del belicoso sacrificio de Leónidas; triunfó cuando las legiones romanas se rindieron sin lucha a doce pescadores palestinos, no cuando trescientos soldados profesionales sucumbieron a las hordas persas. Recordar esto es aceptar la verdadera naturaleza de Occidente, la única capaz de hacerse Oriente cuando exclama con el Francisco Javier de Pemán: “¡Mientras exista un confín / de tierra sin adorar / al que nos vino a salvar, / la tierra no tiene fin!”.
Publicado por Guillermo Elizalde Monroset el 05-06-2007 en www.fundacionburke.org

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