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Ayer vi a José Tomás

Publicado por Jacinto Bardisa el 22 de Junio de 2007 en Cultura y Libros.
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En la España escéptica van quedando solas dos academias donde arrimarse a la belleza de la verdad: la Iglesia católica y la fiesta nacional.

Ya sabes, Antonio, que para Balmes no hay filosofía donde no hay más que palabras, pensamientos atrevidos e imágenes brillantes; que sólo hay filosofía donde hay verdad. En la España escéptica van quedando solas dos academias donde arrimarse a la belleza de la verdad: la Iglesia católica y la fiesta nacional. La fiesta es verdad pura, certeza desnuda, diáfana filosofía. No hay engaño en la fiesta. Todo se aclara, todo se ordena, todo se dispone según su fin natural. Allí el hombre es hombre; el animal, animal; la espada, espada; la sangre, sangre; la muerte, muerte. Y el catedrático, José Tomás.Fue la Monumental de Barcelona como el templo de Jerusalén en tiempos de Nehemías, el que levantaban los obreros con el martillo en una mano y la espada en la otra para repeler las acometidas de los lugareños. Así levantaste tú de nuevo la Monumental, Tomás, a la española, con la espada en una mano y la muleta en la otra, rechazando el nihilismo que abraza el alma de España, aquél que un día te agrisó el corazón hasta alejarte del toro. Pero yo sé, Tomás, que eso te volvió triste y todo te pareció paja, porque la sola razón deseca las entrañas. Y ahora has vuelto, y desbrozas otra vez el hontanar de la verdad con fe alegre, bulliciando entre alamares y caireles.

Dime, Tomás: ¿Por qué se te pone la cara cenicienta cuando pisas el albero? ¿No oyes los aplausos, no sientes la plaza entoldada para ti de veinte mil almas? Ahora sólo veo tu montera, sobre el burladero, y me parece que también la ve el toro nomás salir, y se alegra de ser tuyo. Y ¡mira!, también la arena goza y se sienta junto a tu pedestal. Y tú quieto, quieto, quieto incluso al rodar por la gravilla. ¡Olé! ¡Olé! Olés secos, fuertes, cortantes, felices. Después me dijo Curro, el encargado de las banderillas desde hace treinta y siete años, que casi lloró. La espada clarea en la luz sucia de la tarde, cuando se desmadeja Tomás enhiesto sobre el toro. Se alza la plaza en clamor hacia los cielos. Una oreja para el maestro, que no oye, que está en otro mundo, quizás acompañando el alma de la bestia hacia lo alto, mientras la arrastran las mulillas enjaezadas con la Virgen.

El quinto. ¡Ojalá lo hubieras visto, Antonio! Sin probarlo, lo envolvió Tomás con amor en las rosas de su capa. Llegó el torito al último tercio débil y cansado, pero para mi que miró al maestro y se le subió el ánimo. En el centro, con la izquierda, estirones infinitos. El toro espiraleaba alrededor de Tomás, en el centro, al hilo de la muñeca y rozando la cintura. Sin música, que no le gusta al maestro escuchar otra que la berrea y el soplido negro. En un pasar bajo se cayó el toro. Yo creo que fue de dormido que lo traía Tomás con su muñeca, lenta, lentísima. Y al final, manoletinas quietas, de estatua, de pilar, de figura del toreo. Manolete, desde el cielo, le decía cómo hacerlo: clavar, tocar, rezar. Allí supe, Tomás, que hay ángel de la guarda, porque no cabe otro escudo entre la carne del toro y tu carne.

Y lo llevaron por la puerta grande con otro que se llama Cayetano.

Publicado por Jacinto Bardisa el 22-06-2007 en www.fundacionburke.org

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