"Nadie mirará hacia una posteridad que nunca mira hacia sus antecesores."
Edmund Burke

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La progresía americana y su victimismo

Publicado por Marcos S. Álvarez el 30 de Junio de 2007 en American Review.
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La izquierda americana gusta de verse a sí misma como maltratada y víctima del omnímodo poder de los conservadores, pero si uno se pone a echar cuentas descubre fácilmente que el poder ideológico estaba hasta hace bien poco muy mal repartido en los Estados Unidos, donde la prensa, la televisión o las universidades eran auténticos nidos del pensamiento “liberal”.

No cesa el izquierdismo de propalar a este lado del Atlántico su cansina diatriba contra el capitalismo salvaje, el pensamiento único o el imperialismo norteamericanos. Pero ni al capitalismo le conviene el adjetivo de “salvaje”, ni el pensamiento único reside en donde ellos creen, y difícilmente el concepto histórico-político de “imperio” le cuadre en absoluto a los Estados Unidos de América. Veamos por qué.Primeramente, y para hablar con estricta propiedad, el capitalismo ni es bueno ni malo ni salvaje. Los buenos, los malos o los salvajes son los hombres, únicos receptores posibles de un juicio moral. Y si se trata de afirmar que el capitalismo es un sistema que nace, crece y se sustenta en la explotación, la desigualdad o la injusticia, entonces hay que afirmar tajantemente que no estamos hablando de capitalismo, sino de otra cosa, por ejemplo la que ahora se da en España, donde un gobierno interventor hace trampas para ahormar el mercado a los intereses de los amigos a quienes descaradamente favorece. Eso sí es capitalismo salvaje, capitalismo sin ley donde la arbitrariedad de un poder sin freno premia a quien quiere, cuando quiere y contra quien quiere, porque es claro que el estado de derecho ha dejado de existir en la España de José Luis Rodríguez Zapatero, un notorio y algo fatuo antiyanqui, no es casualidad.

Y es que el capitalismo y el desarrollo material y político que le van anejos sólo se dan en sociedades donde prevalece el Rule of law y donde la propiedad privada y el cumplimiento de la ley y los contratos están asegurados, aparte, claro está, de que exista esa cosa tan denostada y salvaje a la que llamamos mercado libre, aunque añadir “libre” a “mercado” se convierta aquí en un innecesario pleonasmo. Es curioso comprobar cómo las sociedades más libres son también las más prósperas, y cómo quienes se suben, realistas, al carro de la libertad económica son los que empiezan a salir de la pobreza, el atraso y la opresión, países ex comunistas también. El modelo y el espejo en que gusta mirarse, por ejemplo, Vietnam, la India o Corea del Sur, países en ascenso imparable, es precisamente… Norteamérica. Nada raro ¿verdad?

El capitalismo, pues, es consustancial a la democracia y al desarrollo de los pueblos. Otra cosa es que la miopía izquierdista quiera reconocer un hecho que tan a la vista está, pero que además ha recibido reiteradas veces el espaldarazo académico de los estudiosos sin prejuicios, como es el caso del premio Nóbel Douglass S. North, que asocia derecho y economía para explicar el desarrollo del capitalismo y la democracia en el mundo moderno, o los estudios sobre los inicios del capitalismo en Inglaterra que emprendieron Hayek, Ashton, De Jouvenel y otros y donde se demuestra cómo el nivel de vida de la clase obrera mejoró en todos los aspectos con la Revolución industrial, o también hoy mismo, con los concienzudos estudios del español Xavier Sala que ponen de manifiesto el incremento sostenido de la renta de todos los países del mundo, sin excluir África.

La pregunta es: ¿por qué la izquierda se niega a ver la realidad? Digamos que la mentalidad progresista (al menos en Europa, pues en Estados Unidos las cosas suelen ser muy diferentes, luego lo veremos), lleva decenios al margen de la realidad y empecinada en nutrirse a base de propaganda y autocomplacencia y sobreviviendo a base de renovar los eslóganes cada cierto tiempo para que suenen distintos, aunque en realidad se trate del mismo e invariable turnover ideológico. En tiempos de Don Karl ya decían que el capitalismo llegaría a la implosión por sus propios méritos, según enseñaba con pretensión apodíctica el materialismo histórico, pero cuando se comprobó que ocurría lo contrario, Lenin se inventó aquello del “imperialismo como fase superior del capitalismo” para justificar el sobreplazo que parecía haberse concedido a sí mismo el odiado modelo político-económico. Como el engendro no explicaba nada, se argumentó después que la Unión Soviética alcanzaría al capitalismo americano en producción (y reparto) de bienes: la marxista “sociedad de la abundancia” estaba a la vuelta de la esquina. Tampoco esto ocurrió. Fue entonces cuando la torva intelligentsia europea lanzó la ocurrencia de que la equivalente “sociedad de consumo” occidental ¡embrutecía a las masas!, y se dedicó, en una reedición de la fábula de la zorra y las uvas, a embestirla. También salió a relucir una teoría del “intercambio desigual” con el tercer mundo, pero como si nada. Por último, tras la caída del Telón de acero, el progresismo se inventó lo del “pensamiento único”, en el que ahora estamos. ¿Existe tal cosa?

Visto el rosario cronológico de despropósitos que hemos enumerado, casi se puede afirmar ya que no hay tal pensamiento único, última elucubración salida de las molleras progresistas y que se asemeja muchísimo al milenarismo de ciertas sectas protestantes que no cejan de postergar la fecha del fin del mundo cuando se sobrepasa el día fatídico y no pasa nada. Hay aquí, pues, una especie de sociopatía invencible que les ciega para comprender, y no digamos para rectificar, al contraste de los hechos políticos e históricos. De esta insania procede al mismo tiempo la fea costumbre de achacar al oponente político los males que ellos mismos producen. El caso del pensamiento único resulta aquí paradigmático.

Nos centraremos en el caso americano, pero digamos antes unas palabras sobre el español, porque resulta ser el epítome del pensamiento único concentrado en una sola mano, la de la izquierda socialista y zapateril. De las seis televisiones públicas, ni una sola regurgita otra cosa que progresismo enlatado. Aún así, casi la mitad del electorado resiste la intoxicación botulínica, lo cual tiene al progrerío español muy enrabietado, porque los totalitarios no conciben la democracia si no controlan absolutamente el poder y la propaganda.

La izquierda americana gusta de verse a sí misma como maltratada y víctima del omnímodo poder de los conservadores (Hillary Clinton llegó a afirmar, en una gruesa biografía que circula por ahí, que la infidelidad de su marido ¡era una conspiración de la derecha!), pero si uno se pone a echar cuentas descubre fácilmente que el poder ideológico estaba hasta hace bien poco muy mal repartido en los Estados Unidos, donde la prensa, la televisión o las universidades eran auténticos nidos del pensamiento “liberal.” Un ejemplo famoso sacará de cualquier posible dubitación a un lector imparcial, el caso Ford.

Todo el mundo ha oído hablar de las fundaciones americanas, instituciones filantrópicas, como Ford o Carnegie, sin inclinación política alguna. Pues bien, estas y otras fundaciones, desde los años sesenta han dejado de ser neutrales y están colonizadas por administradores progresistas animados por la voluntad de transformar la sociedad. Tan es así, y este es el famoso ejemplo, que Henry Ford II, el heredero de la dinastía, dimitió del consejo que gestionaba la fundación que lleva su nombre, ¡para protestar por las orientaciones anticapitalistas que embebían completamente ya, en 1977, la fundación! Creemos que no hacen falta más ejemplos para apuntalar la idea de que el pensamiento único (único de la izquierda americana) ha tomado al asalto el sistema de megafonía ideológica del país. Ahora bien…

Ahora bien, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en España, donde la guerra cultural es inmisericorde y donde la izquierda se ha apropiado de casi todos los medios imaginables de embrutecimiento cultural, y donde la derecha aún no se ha decidido a dar la batalla, como si no le fuera la vida en ello, en los Estados Unidos está ocurriendo justamente lo contrario desde hace treinta años. La realidad del pensamiento único (el de la izquierda, evidentemente: no hay otro) ha provocado una poderosa reacción llevada con inteligencia y tesón, hasta el punto de que a día de hoy la revolución conservadora empezada en la era Reagan es un hecho, una fastuosa realidad política que nos recuerda que la gran democracia americana sigue viva y causa pasmo y admiración a quienes vivimos en Europa o Iberoamérica bajo la insufrible opresión del pensamiento unidimensional y sin asomo de reacción defensiva alguna. Una breve incursión en el modelo americano tal vez nos sirva como estímulo ejemplarizante para que nos decidamos a actuar.

Todo comenzó cuando Anthony Fisher creó en 1978 una fundación para combatir las ideas socialistas, la Manhattan Institute. Inspirado en Hayek, pensaba que los políticos y los pueblos se mueven antes por la utopía que por la realidad, razón por la que convenía combatir las ideologías nefastas por medio de ideologías alternativas. Se empezó entonces a reclutar intelectuales, los think tanks, cuya misión consistiría en adecuar las ideas para uso de los políticos, los cuales las harían llegar más directamente al público. Fue un éxito, al que siguieron la Heritage Institute o la American Enterprise Institute y otras. Luego ha surgido una riada de autores, revistas y editoriales dispuestas al combate ideológico (en Estados Unidos “ideológico” no tiene la connotación peyorativa, de origen marxista, que tiene en Europa.) Un solo ejemplo más, para no recargar la extensión de este artículo, fue el inesperado éxito, aunque trabajosa e inteligentemente alcanzado, de Charles Murray, un desconocido politólogo de 39 años que, con claridad y apoyado en cuadros y estadísticas, demostró que la ayuda estatal a los pobres, lejos de sacarles de su pobreza, que es lo que se pretendía, les encerraba en una dependencia permanente. Su libro, Losing Ground, apoyado por la Manhattan, vendió 500.000 ejemplares, pero lo mejor, algo inconcebible en Europa, es que sus ideas fueron adoptadas por los demócratas, como fue el caso de Clinton en 1996: las ayudas a las madres solteras fueron suprimidas y los subsidios a los pobres subordinados a la búsqueda de un empleo.

Publicado por Marcos S. Alvarez el 30-06-2007 en www.diariodeamerica.com

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