El liberalismo litúrgico del Papa
El pasado día 9 de julio, antes de marcharse de vacaciones, el Padre Richard John Neuhaus nos ofreció una aguda reflexión sobre el reciente documento papal que liberaliza la “misa en latín”. Quien haya estado expuesto a la prensa española hará bien en desintoxicarse leyendo lo que sigue.
“Uno de los movimientos más hábiles en el motu proprio de Benedicto XVI titulado Summorum Pontificum es referirse a la forma del rito romano de 1962 como la misa del beato Juan XXIII. No es la misa tridentina o la misa de Pío V, sino la misa de Juan XXIII. Es la forma de la misa que se celebraba diariamente en el Concilio Vaticano Segundo.Benedicto resalta que, durante los muchos siglos del rito romano, los papas han realizado de vez en cuando pequeños cambios. Pío V lo hizo en 1570, Juan XXIII lo hizo en 1962, y Pablo VI lo hizo en 1970, escribiendo lo que se llama el Novus Ordo. Benedicto resalta que Juan Pablo II también realizó enmiendas pequeñas pero importantes respecto de referencias a los judíos en la liturgia del Viernes Santo (ver más abajo).
Asociando a Juan XXIII con la misa latina que ahora ha sido universalmente aprobada, Benedicto roba una carta de la baraja de liberales y progresistas, para quienes Juan XXIII siempre es «el buen Papa Juan», en contraste con sus sucesores. Pero es mucho más que un hábil movimiento retórico. Summorum Pontificum es un concienzudo documento liberal en sustancia y espíritu, que recuerda que liberal significa, como se entendía antes comúnmente, generosidad de espíritu.
En su carta a los obispos, Benedicto les ordena que abracen generosamente la plenitud de la tradición católica y respondan a los deseos de los fieles católicos. Esto se propone en contraste con la rigidez, rayana a veces en tiranía, de un gremio litúrgico que pensó erróneamente que el concilio Vaticano II les autorizaba a imponer sus ideas de reforma litúrgica a toda la Iglesia.
Benedicto escribe acerca de la misa de 1962 y de 1970: «No es apropiado hablar de estas dos versiones del Misal Romano como si fueran ‘dos ritos’. Más bien es un uso doble del mismo y único rito». Esto se corresponde con la duradera campaña de Benedicto contra la idea de que hay una «Iglesia pre-Vaticano II» y una «Iglesia post-Vaticano II». Hay una sola Iglesia católica, insiste Benedicto, y su liturgia es el rito romano (…)
Se hicieron muchas cosas en nombre de la reforma litúrgica, con la excusa de que tales cambios estaban ordenados por el concilio. Excluir la misa en latín fue uno de ellos. Benedicto escribe: «Con respecto al uso del misal de 1962 como forma extraordinaria de la liturgia de la misa, me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que este misal nunca fue jurídicamente derogado y, en consecuencia, en principio siempre estuvo permitido». En otras palabras, si no fuera por la presunción de algunos reformadores litúrgicos, no habría habido necesidad de esta carta apostólica.
Durante décadas después del concilio, la experimentación estuvo de moda y la tradición no, y los fieles católicos sufrieron un periodo de lo que educadamente se llama desestabilización litúrgica -y no sólo desestabilización litúrgica- que alienó a muchos. El Papa trata de remediar con sumo cuidado esta desestabilización sin causar desestabilización adicional. Como resalta en su carta, hay una estrecha conexión entre lex credendi y lex orandi, entre el modo de fe y el modo de culto.
Sobre el problema a remediar, escribe: «Esto ocurrió sobre todo porque en muchos lugares las celebraciones no eran fieles a las prescripciones del nuevo misal, sino que éste se entendía como algo que autorizaba e incluso requería de creatividad, lo que con frecuencia condujo a deformaciones de la liturgia que eran difíciles de soportar. Hablo desde la experiencia, pues yo también viví ese periodo con todas sus esperanzas y su confusión. Y he visto cómo deformaciones arbitrarias de la liturgia causaron profundo dolor a individuos totalmente enraizados en la fe de la Iglesia».
La carta subraya que no sólo los tipos viejos y nostálgicos desean el rito latino de Juan XXIII. Hay, dice, un notable deseo por parte de los jóvenes de experimentar la riqueza de los modos de culto de la Iglesia, una riqueza de la que fueron privados pero que ahora encuentran con sentido de fresco descubrimiento. Los obispos, dice, deben responder positivamente a este descubrimiento con espíritu de generosidad pastoral.
El propósito del Papa al publicar esta carta pastoral no sorprenderá a quienes estén familiarizados con los frecuentes escritos del cardenal Ratzinger sobre la liturgia. Dice una vez más: «No hay contradicción entre las dos ediciones del misal romano. En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura. Lo que generaciones anteriores tuvieron por sagrado permanece sagrado y grande también para nosotros, y no puede ser de repente enteramente prohibido o incluso considerado dañino. Nos corresponde a todos preservar las riquezas que se han desarrollado en la fe y la oración de la Iglesia, y darles un lugar adecuado».
Parte del propósito de la carta, como dice Benedicto, es facilitar el camino hacia la reconciliación con los lefebvristas de la Sociedad San Pío X. Reconoce que su cisma incluye cuestiones teológicas más profundas, como el reconocimiento de la autoridad del Concilio Vaticano II, pero es un paso hacia la curación de la herida del cisma.
Una consecuencia de Summorum Pontificum será casi seguramente un uso más extendido del misal de 1962. Y quizás del misal de 1970 en latín y no en lengua vernácula, lo cual siempre se ha permitido. No espero que haya un gran o inmediato incremento del número de parroquias que celebren la misa en la forma de 1962. Muchos obispos y sacerdotes dicen que no hay gran demanda, aunque esto ahora podría cambiar. Además, muchos sacerdotes y obispos no tienen los conocimientos lingüísticos adecuados, aunque alguno podría empezar a escarbar buscando los manuales de latín del colegio y del seminario.
A mi juicio, lo más importante que Benedicto ha hecho con esta carta apostólica es reforzar la continuidad de la tradición católica en asuntos que pertenecen a la lex orandi, igual que la hermenéutica de Juan Pablo II acerca del concilio Vaticano II reforzó la continuidad en asuntos que pertenecían a la lex credendi. Como resultado, el cansino lenguaje sobre una Iglesia pre-Vaticano II y una Iglesia post-Vaticano II está cada vez más anticuado, aunque todavía hay algunos de la vieja generación que creen que el concilio fue una llamada a la revolución y que continuarán usando este lenguaje. Pero estos veintiocho años de dirección pontificia han evidenciado para todos excepto para los deliberadamente obtusos que hay, en la lex credendi y en la lex orandi, una sola Iglesia católica (…)
Con la posible excepción de los nostálgicos incorregibles de los viejos tiempos de la revolución que nunca fue, creo que la iniciativa del Papa se reconocerá por lo que es: una propuesta generosa y esperanzada de un futuro en el que los católicos sean libres de celebrar la rica variedad de una tradición que es la suya. Benedicto expresa la esperanza de que incluso aquellos que rechazan el uso del misal de Juan XXIII se animarán a celebrar el Novus Ordo de 1970 con la reverencia y la solemnidad que corresponde al misterio inefable de la misa. Sólo podemos rezar para que esta esperanza se cumpla.
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Y ahora la parte repugnante mencionada arriba. La Liga Antidifamación (LAD) publicó inmediatamente una virulenta declaración, diciendo que orar por la conversión de los judíos en la misa latina es «un paso atrás teológico en la vida religiosa de los católicos, y un golpe a las relaciones católico-judías tras 40 años de progreso entre la Iglesia y el pueblo judío».
Abraham Foxman, director nacional de la LAD, dijo: «Estamos extremadamente decepcionados y profundamente ofendidos de que, casi 40 años después de que el Vaticano eliminara con razón el insultante lenguaje antijudío de la misa del Viernes Santo, permita ahora a los católicos pronunciar palabras tan dolorosas e insultantes al rezar por la conversión de los judíos (…) Parece como si el Vaticano hubiera elegido satisfacer a una facción derechista de la Iglesia que rechaza el cambio y la reconciliación». (…)
El misal romano modificado por el Papa Pablo VI en 1969, que entró en vigor en 1970, contiene esta formulación: «Oremos por el pueblo judío, el primero en oír la palabra de Dios, para que siga creciendo en el amor de Su nombre y en la fe de Su alianza». La siguiente oración dice: «Dios eterno, tiempo atrás diste tu promesa a Abraham y su posteridad. Escucha a tu Iglesia que reza para que el pueblo que primero hiciste Tuyo llegue a la plenitud de la redención».
Por supuesto, algunos judíos pueden sentirse ofendidos por la sugerencia de que la plenitud de la redención se encuentre en Jesucristo, pero su problema es con el cristianismo como tal. Ciertamente, no están interesados en el diálogo respetuoso entre los judíos que se adhieren al judaísmo y los cristianos que se adhieren al cristianismo.
Como digo, la reacción de la LDA es una mezcla de belicosidad e ignorancia. El misal de 1962 no dice lo que el Sr. Foxman dice que dice. Y, si hubiera leído la carta apostólica de Benedicto antes de atacarla, sabría que dice explícitamente que el misal de 1970 será de uso exclusivo en el Triduo de Semana Santa, que por supuesto incluye el Viernes Santo. Es obligada una disculpa, pero me temo que no debe esperarse de una organización que tiene tendencia a emitir declaraciones imprudentes y ansiosas de publicidad. Es una pena”.
Publicado por Richard John Neuhaus el 11-07-2007 en www.a-r.es

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