"The truth is, politics and morality are inseparable. And as morality's foundation is religion, religion and politics are necessarily related. We need religion as a guide."
Ronald Reagan

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Liberalismo: ni sentido ni sensibilidad / La batalla de las ideas

Publicado por Carlos Rodríguez Braun y Juan Manuel de Prada el 10 de Septiembre de 2007 en Política y Sociedad.
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El mes de agosto no suele ser propicio para debates trascendentales. Y sin embargo, la conversación mantenida desde las páginas de ABC entre Rodríguez Braun y de Prada aborda una de las cuestiones más fundamentales a la que nos enfrentamos. Es por ello que reproducimos este debate, más propio de septiembre que de su agosto originario.

LIBERALISMO: NI SENTIDO NI SENSIBILIDADPOR CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN

Al revés del título de Jane Austen, cabe reconocer que el sentido y la sensibilidad son socialistas, no liberales. Ambas doctrinas sufrieron, aunque no en idéntico grado, la «fatal arrogancia» de creer que la luz de la razón, que pareció iluminar toda la naturaleza y dejar atrás milenios de reaccionario oscurantismo, carecía también de fronteras a la hora de entender y transformar al hombre y la sociedad. He dicho ambas doctrinas, porque el curioso itinerario del liberalismo decimonónico registra la rendición ante el apogeo de la razón, y la letal fantasía de pensar que cabía inyectarle a la política el optimismo reformador racionalista y confiar en que la libertad no padeciera.

Así, John Stuart Mill a la vez escribe On liberty y coquetea con el socialismo, defiende al individuo pero no la propiedad privada, a la mujer pero no a la familia, a los pueblos pero no sus costumbres, su moral, su religión. Y nuestro Flórez Estrada no concibe que su propuesta de convertir al Estado en el propietario de la tierra pueda ser incompatible con la libertad. Lógicamente, el sentido arrasó con la noción básica del liberalismo, que es la limitación del poder. ¿Por qué va a limitarse un poder ilustrado, moderno, racional, representativo? Era menester frenar el poder anterior, absoluto, feudal, bárbaro, pero no el nuevo, reflejo del pueblo que, como decía Bentham, no puede actuar contra sí mismo. La extensión de la democracia proporcionará al poder una crucial legitimación, como temió precisamente, Mill. Desde entonces hasta hoy, en fiel reflejo de la decadencia del liberalismo, se discutió mucho sobre quién vota, y cuándo y cómo se vota. Pero la pregunta fundamental para la libertad desapareció. Nadie más se preguntó qué se vota, porque la respuesta es obvia: ante un sistema democrático parlamentario, todo se vota y todo se debe votar, en una dinámica perpetua de búsqueda y encuentro de ámbitos donde la libertad ha de ser recortada en aras de plausibles objetivos colectivos. No hay nada que opere como freno al poder más allá de él mismo. La propia noción de freno es absurda si los males son, como sentencia una reveladora retórica reciente, «evitables». Si conocemos el mundo y la humanidad, si vemos sus problemas, si sabemos resolverlos ¿cómo es posible que alguien proteste, alegando instituciones de cuestionable justificación, desde la tradición y la religión hasta la propiedad y el mercado?

La idea de libertad, lejos de ser una barrera ante el poder, se transformó en un combustible para el mismo: se cree que el pueblo realmente libre necesita la coacción política que lo libere de tantas represiones. Y los enemigos de la libertad se la apropiaron, de modo tal que todo lo socialista, desde el feminismo hasta la teología, es «liberación». El Gobierno aspira a someter aún más a los ciudadanos con la excusa de la vivienda, y su líder habla de «emancipación». Ya en los viejos procesos desamortizadores se defendió la expropiación con el paradójico argumento de que fomentaba la propiedad. Numerosos liberales decimonónicos capitularon ante una imputación que no pudieron desmontar, llamada entonces «la incuria liberal». Muy pocos resistieron. En efecto, todo invitaba a intervenir, a «hacer algo» ante los acuciantes desafíos que afrontaba una sociedad que era incapaz de solventarlos en libertad. Es más, su libertad los creaba, y por tanto debía ceder ante la «cuestión social». No importaba que la pobreza, por primera vez en la historia, cayera a ritmos muy significativos, como nunca importaron los éxitos de la libertad y sus instituciones en ámbitos diversos, desde la economía hasta la ecología, desde la salud hasta el tráfico, desde la educación hasta el urbanismo. El axioma de partida es que la libertad es sospechosa y debe probar su inocencia. Los problemas, reales o inventados, reducidos o hipertrofiados, invitan sólo a la urgencia intervencionista, aunque se trate de la petulancia de «luchar» nada menos que contra el clima, y con datos presuntamente irrebatibles que demuestran que el planeta se calienta, aunque no haya base científica para afirmarlo de modo inconcluso, aunque hace apenas cuarenta años los famosos expertos nos aseguraban que se enfriaba. Nada de esto importa. Lo fundamental es que el liberalismo resulta inaceptable por su pasividad, su modestia, su cautela. Simplemente, no tiene sentido. Pero los problemas del liberalismo no pasan sólo por la cabeza, sino también por el corazón, que está a la izquierda, como todo el mundo sabe. También en el siglo XIX, junto con la fantasía de que la inteligencia puede y debe hacer benéfica tabla rasa con cualquier institución social, se generalizó otro embuste: la idea de que el socialismo es generoso y el liberalismo egoísta. Lo dicho, pues, ni sentido ni sensibilidad. Este segundo aspecto es quizá más llamativo que el anterior. Porque los defectos empíricos de la intervención política son apreciables, con lo cual su lógica es debatible desde ángulos liberales; digamos, hay gente que percibe que toda esta humareda progresista es costosa en términos de impuestos y humillante en términos de un control creciente sobre la vida de los ciudadanos -la esclavitud en los detalles que auguró Tocqueville; hay personas, muchas de ellas socialistas, que han observado desde hace tiempo que el mercado es más eficiente que el Estado; pocos hoy defienden el comunismo como vía óptima para lograr la prosperidad de los pueblos. Sin embargo, la prima ética del socialismo persiste. Günter Grass se avergüenza de haber sido nazi. No muchos se avergüenzan del comunismo, el socialismo real, el sistema más criminal que jamás haya sido perpetrado contra los pueblos de este planeta. Pinochet es malo, pero Castro no, o no tanto. Los ejemplos pueden multiplicarse, pero siempre marcan una hipocresía que, asombrosamente, sobrevive. Se supone que si uno es socialista -es decir, intervencionista-, uno es una buena persona, partidaria de los desfavorecidos y la paz universal. No hay nada que valide semejante patraña, pero sigue adelante, impertérrita. Si hay que buscar malvados, se los encuentra fácilmente entre los empresarios, los curas (un hatajo de pervertidos antediluvianos, ya se sabe), los no partidarios del socialismo «de todos los partidos», y en general cualquiera que ose desafiar la ola soberbia de quienes pretenden monopolizar nada menos que el progreso. Hay dos aspectos notables del predominio del discurso lógico y cálido de los socialistas. En primer lugar, no es mayoritariamente denunciado. Cuando Rodríguez Zapatero, en escalofriante muestra de totalitarismo, afirma: «Los valores de la ciudadanía son los que deciden libre y responsablemente quienes representan a los ciudadanos», las condenas, como la de Juan Manuel de Prada en ABC, son la excepción y no la regla.

En segundo lugar, ese discurso ha sido integrado por sus supuestos adversarios. Los republicanos de EE UU acuñaron la increíble consigna del «conservadurismo compasivo». A un socialista jamás se le ocurriría adjetivar así su doctrina: él sabe que es compasiva, generosa, justa y solidaria. Igual que sabe que el capitalismo es «salvaje» pero el socialismo no, o que la gente está «abandonada» en el mercado pero no en el Estado, o que el prefijo «ultra» se ajusta al liberalismo pero nunca al socialismo. Los no socialistas, en cambio, tienen que justificarse. Por ejemplo, en nuestro país suelen apresurarse a secundar incursiones contra la libertad, no vaya a ser que los acusen de no ser progresistas; con la subida de la presión fiscal en las últimas décadas, a lo más que han llegado es a proponer bajadas de impuestos que no pongan en peligro la recaudación y el gasto «social» -no vaya a ser que los acusen de no ser compasivos. Huérfano de sentido y de sensibilidad, el liberalismo vivaquea extramuros de las opciones políticas, que sólo lo integran en pequeñas dosis, análogas e instrumentales. «El mercado es bueno para producir, pero después tiene que venir la política para distribuir», y demás lemas intervencionistas al uso. Ilógico e insensible, es incapaz de plantear una defensa popular sin concesiones de la libertad, con lo que muchos posibles amigos de esta causa perdida hunden la cerviz ante las confortables alternativas del centrismo, que, en todas las atalayas desde la cuales se pretende seducir al electorado, propician combinaciones variables de los dos elementos que hace siglo y medio el vascofrancés Bastiat, liberal resistente, proclamó que no se pueden combinar: la libertad y la coacción.

LA BATALLA DE LAS IDEAS

POR JUAN MANUEL DE PRADA

En una Tercera publicada el pasado miércoles, Carlos Rodríguez Braun analizaba con su característica sorna las razones por las que la izquierda intervencionista y liberticida ha logrado, mediante sugestiones y trucos de birlibirloque que nos recuerdan los empleados por aquellos sastres de la fábula del rey desnudo, aparecer ante la sociedad y ante la Historia como la gran benefactora de la democracia y del género humano, cuando en realidad ha sido su más enconada enemiga. A este misterio estupefaciente, que nosotros hemos denominado en alguna ocasión anterior el «chollo ideológico de la izquierda», ha contribuido en no escasa medida la propia derecha, más acomplejada en la defensa de sus principios de lo que podría estarlo John Wayne en la celebración del Orgullo Gay. Este complejo de la derecha, tan patético y grimosillo, adquiere expresiones muy diversas, aunque su consecuencia sea siempre la misma: la aceptación de que la izquierda siempre tiene razón. Este aserto tan desquiciado debería ser combatido a muerte por la derecha, si en verdad aspirara a ganar la batalla de las ideas. Pero, por lo que se ve, la derecha se conforma con ganar de vez en cuando las batallas electorales, aprovechando errores garrafales de su adversario, sin entender que mientras no denuncie la desnudez del rey todas las demás victorias serán esporádicas, adventicias e insatisfactorias.

Para vencer esta batalla de las ideas la derecha debería empezar por explicar su genealogía, mucho menos ignominiosa que la de la izquierda. Los regímenes fascista y nazi (fundados, por cierto, por líderes rebotados de la izquierda) en modo alguno pueden considerarse degeneraciones de la tradición conservadora y liberal, de la que abominaban. En cambio, los regímenes comunistas han sido durante décadas el espejo en el que admirativamente se contemplaba la izquierda. Hoy, cualquier analfabeto de la ESO es capaz de nombrar de corrido media docena de campos de concentración o exterminio nazis, convencido además de que el nazismo fue una aberración ideológica derechista. En cambio, sería absolutamente incapaz de nombrar ni uno sólo de los campos de concentración y exterminio soviéticos, en los que por cierto murió muchísima más gente; si, por alguna rara casualidad, hubiese oído hablar del gulag o de las masacres estalinistas, en modo alguno se le ocurriría entablar ningún parentesco entre el régimen que prohijó tales atrocidades y la ideología izquierdista. Y es que la izquierda ha conseguido borrar cualquier rastro de su genealogía, arrojando además sobre la derecha la sombra de una genealogía que no le corresponde.

Pero, una vez explicada su genealogía y la de su adversario, luchando contra las inercias de la propaganda, la derecha debería esforzarse por evitar caer en las trampas que la izquierda le tiende. Quizá la más grosera de estas trampas (pero también la trampa en la que la derecha más obcecadamente cae) sea la llamada alternativa «centrista», ese huesecillo que la izquierda arroja a conservadores y liberales cuando quiere provocar el desconcierto entre sus filas. Dejando aparte que, como sostenía Rodríguez Braun, proclamarse de «centro» equivale a definirse equidistante de la libertad y la coacción, ¿quién establece lo que es el «centro»? La izquierda, siempre la izquierda; y lo establece, por supuesto, según su conveniencia. El espectáculo de la derecha española, persiguiendo cual perrillo sarnoso el hueso del «centrismo» que le arroja la izquierda es uno de los más bochornosos y entristecedores que hoy se pueden presenciar. Como en la paradoja de Ulises y la tortuga, la derecha nunca acaba de alcanzar ese «centro» ilusorio, puesto que la izquierda siempre lo cambia de sitio cuando ya su adversario se abalanza sobre él para atraparlo (y es entonces cuando la izquierda tira del hilo, como en las mejores comedias del cine mudo, privando a la derecha de su huesecillo y dejando que muerda el polvo).

Mientras la derecha no plantee sin complejos la batalla de las ideas, denunciando la desnudez del rey y desmontado el chollo ideológico de la izquierda, tendrá que resignarse a desempeñar el papel del perrillo sarnoso en pos de un escurridizo hueso.

Publicado por Carlos Rodríguez Braun y Juan Manuel de Prada el 10-09-2007 en www.abc.es

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