De Sevilla a Nueva York
Los avances de la futura Ley de Vivienda andaluza superan el nivel medio de insensatez.
Aunque los economistas estamos acostumbrados a escuchar de los políticos todo tipo de ideas pintorescas, la verdad es que los avances que conocemos de la futura Ley del Derecho a la Vivienda de Andalucía superan claramente el nivel medio de insensatez. Como creo que conocen la mayoría de los lectores, el objetivo de la norma es facilitar el acceso a la vivienda a todo aquel que quiera tenerla y carezca de medios adecuados para hacerlo. Por ello se le permitirá comprarla o alquilarla pagando sólo una parte del precio -en una proporción que será en función de sus ingresos- y la diferencia hasta el coste real correrá a cargo del Gobierno de la comunidad autónoma; es decir, de los contribuyentes que no se benefician directamente del programa.Tan curiosa iniciativa ha sido ya duramente criticada desde dos puntos de vista. Para unos, la idea no es mala, pero resulta de imposible financiación para la Administración regional; sobre todo si se pone como límite de ingresos familiares la cifra de 3.100 euros, ya que se estaría incluyendo en el grupo de beneficiados a la mayor parte de los habitantes de Andalucía; y, desde luego, a casi todos los inmigrantes. Pero las críticas más sólidas se dirigen a lo que constituye la idea básica del proyecto: cargar a una parte de la población con los costes de la vivienda del resto, utilizando al Estado como intermediario.
No quiero echar más lecha al fuego insistiendo en las incongruencias de este proyecto, que ya han sido puestas de manifiesto en diversos medios de comunicación. Permítanme que hoy me limite a contarles una vieja historia que ha venido a mi memoria al enterarme de la propuesta del Gobierno andaluz. Algunos de ustedes recordarán, seguramente, que allá por el año 1975 la ciudad de Nueva York estuvo a punto de ser declarada en quiebra y se salvó en el último minuto gracias a un préstamo de 1.500 millones de dólares sacado del fondo de pensiones del sindicato de profesores. Sí, esto ocurrió en Nueva York. La metrópolis del capitalismo, la sede de Wall Street y el principal mercado financiero del mundo no pudo pagar los salarios a sus trabajadores ni atender a sus obligaciones con sus proveedores. Todos los gobiernos, incluso aquéllos que pensamos que deberían ser muy ricos, pueden hacer tonterías y arruinarse. Basta para ello gastar demasiado… o ser lo suficientemente ingenuos como para creer que siempre encontrarán contribuyentes dispuestos a pagar lo que se les exija.
Lo cierto es que en la administración de Nueva York de aquellos años dominaba la idea de que el municipio tenía la obligación de elevar de forma sustancial el nivel de sus servicios sociales. Porque ¿quién duda que en esa ciudad hay mucha gente que tiene ingresos muy bajos, cuya calidad de vida mejoraría un poco si los recursos de la asistencia pública se incrementaran? Esto tiene costes, desde luego, que deben pagar los contribuyentes. Pero es frecuente pensar, con exceso de ingenuidad, que si las personas más acomodadas tienen que pagar más impuestos, deben aceptar con gusto sus nuevas obligaciones como parte de su compromiso con la comunidad.
Lo que en Nueva York ocurrió fue que los nuevos programas hicieron imposible el delicado equilibrio en el que se mantenían las finanzas de la ciudad, ya que modificaron tanto la demanda de servicios públicos como la obtención de fondos para su financiación. Sucedió, en realidad, lo que toda persona con sentido común sabía que pasaría. Si en una jurisdicción se ofrecen más ayudas a las personas de renta baja, éstas tienden a establecerse en ella. Y esto supone un crecimiento del gasto. Pero hubo también efectos en la recaudación. En aquellos años Nueva York se había convertido en una ciudad muy insegura, con altas tasas de delincuencia. Y la combinación de la falta de seguridad y elevada presión fiscal hizo que muchas personas de clase media se trasladaran a vivir fuera del núcleo urbano y empezaran a pagar sus impuestos en otros municipios. Los ingresos de Nueva York, por tanto, se redujeron. Y el fantasma de la bancarrota se hizo presente; y no desapareció en varios años, hasta que se aplicó un programa serio de saneamiento financiero.
Saque el lector sus propias conclusiones de esta historia. Pero seamos optimistas. Tal vez no merezca la pena preocuparse demasiado. Los políticos son, a menudo, gente de ideas peculiares. Pero, al mismo tiempo, son personas que no valoran de forma especial el cumplimiento de la palabra dada. No me sorprendería, por tanto, lo más mínimo que este sainete acabara en lo que merece: en nada.
Publicado por Francisco Cabrillo el 14-09-2007 en www.negocios.com/gaceta

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