La secularización no se produce por sí sola
“A medida que una sociedad se moderniza se seculariza”. Esta frase encierra un cierto aire de irrebatibilidad. Su o sus equivalentes los podemos encontrar en numerosos libros de texto desde la Escuela Primaria a la Universidad. Y es que la conexión entre modernización y secularización se da por hecha. Christian Smith, profesor de Sociología en la Universidad de North Carolina, desafía este aserto.
“A medida que una sociedad se moderniza se seculariza”. Esta frase encierra un cierto aire de irrebatibilidad. Su o sus equivalentes los podemos encontrar en numerosos libros de texto desde la Escuela Primaria a la Universidad. Y es que la conexión entre modernización y secularización se da por hecha. Christian Smith, profesor de Sociología en la Universidad de North Carolina, desafía este aserto que todo el mundo da por supuesto en una importante nueva recopilación de ensayos a cargo de un grupo de historiadores y sociólogos bajo su coordinación: The Secular Revolution: Power, Interests and Conflict in the Secularization of American Public Life (University of California Press, 484 páginas1).Pero este desafío no es original de Smith, ya que sociólogos que desde hace tiempo venían propugnando “la teoría de la secularización”, con Peter L. Berger a la cabeza, han modificado su pensamiento a este respecto en los últimos años. La contribución del voluminoso libro coordinado por Smith está en su detallado análisis de las dudosas premisas -en ocasiones falsas- que subyacen bajo la teoría de la secularización. En los casos objeto de estudio que él y sus colegas nos presentan se comprueba cómo algunos grupos de interés han instrumentalizado esta teoría para ponerla al servicio de su particular lucha por el poder, a menudo en detrimento de la religión o de instituciones religiosas. En la teoría convencional de la secularización, señala Smith, se suelen dar siete defectos cruciales relacionados entre sí.
Una abstracción excesiva: la literatura científica sobre la teoría de la secularización utiliza de forma rutinaria términos abstrusos y abstractos tales como “diferenciación”, “autonomización” o “privatización”, queriendo reflejar dinámicas desvinculadas de factores concretos del cambio social como ideologías, intereses, instituciones y conflictos de poder.
Ausencia de actores humanos: la teoría de la secularización engrandece los procesos pero obvia a sus protagonistas, discute la secularización ignorando a los secularizadores. De acuerdo con esto, la secularización se produce por sí sola.
Inexorabilidad determinista. “La marginación de la religión de la vida pública es descrita como un proceso natural e inexorable similar a la mitosis celular o la pubertad”. La teoría de la secularización se hace así eco de la perspectiva de la evolución social lineal enraizada en el pensamiento de Comte y Spencer. “Si hay una verdad que la historia nos enseña más allá de toda duda -escribió el gran Durkheim- es que la religión tiende a jugar un papel cada vez más pequeño en la sociedad”.
Una historia intelectual idealista: la Historia de las Ideas resulta aquí determinante. En la obra de Owen Chadwick The Secularization of the European Mind -La secularización de la mente europea: nótese el enfoque en la mente-, se hace particular énfasis en la explicación de la filosofía del liberalismo, la teoría de la evolución, la ideología marxista y fenómenos similares. Smith señala a este respecto: “la cultura, la filosofía y los sistemas intelectuales tienen ciertamente su importancia. Pero no pueden ser reducidos a una mera abstracción independiente de las dinámicas históricas, sociales, políticas, legales e institucionales a través de las cuales influyeron y fueron a su vez influidos”.
Una historia romantizada: según la visión de los teóricos de la secularización habría habido una “Edad de la Fe” - por ejemplo, el siglo XIII - a la que habría sucedido una “Edad de la Razón”, la Modernidad. Antes todo era religioso; ahora todo, o al menos todo lo que cuenta en la vida pública, es secular. En contraposición a esta perspectiva, la antropóloga Mary Douglas señala: “la secularización es a menudo tratada como una tendencia moderna. Pero el contraste entre lo religioso y lo secular no tiene nada que ver con el contraste entre moderno y tradicional -o primitivo-. La idea de que el hombre primitivo es por naturaleza profundamente religioso es un sin sentido. Lo cierto es que podemos encontrar en las sociedades tribales todas las variedades de escepticismo, materialismo y fervor espiritual. Se diferencian en este aspecto entre sí tanto como cualquier segmento de la sociedad londinense”.
Un énfasis excesivo en la autodestrucción religiosa. Peter Berger sugería en 1967 en The Sacred Canopy que “la tradición judeocristiana era en sí misma portadora de la semilla de la secularización”. El monoteísmo del Antiguo Israel habría dado comienzo al proceso de secularización al racionalizar y dar un fondo histórico a la ética, un proceso que el Catolicismo habría detenido pero al que finalmente la Reforma protestante devolvería toda su fuerza para crear un “mundo desencantado” -Weber-. Una legión de teóricos coincide en que la Reforma protestante y el hartazgo que siguió a las guerras de religión aceleraron el proceso de secularización. Sin descartar del todo estas teorías, Smith apunta que “lo que ignoran la mayoría de las versiones de la teoría de la secularización es el importante papel jugado en el proceso de secularización por otros actores, no religiosos y antirreligiosos. Como mínimo, nuestro análisis debería incluir a todos los actores que estuvieron envueltos en el proceso de cambio”.
En séptimo y último lugar; mecanismos causales poco especificados: Por ejemplo, el influyente Bryan Wilson estableció sin más la simple incompatibilidad de religión y modernidad: “las exigencias morales del Cristianismo no pertenecen a un mundo como el nuestro, organizado en torno a cadenas de montaje, organizaciones burocráticas y programas de maximización de la eficiencia en el trabajo. Los propios procesos mentales que estos mecanismos exigen, dejan apenas espacio para la actuación de lo divino”. Esto nos recuerda la sentencia del exegeta Rudolf Bultmann, según la cual, un hombre capaz de hacer funcionar un pequeño interruptor no puede creer en la causalidad divina. De nuevo, es Berger quien escribió hace treinta años de forma persuasiva sobre la importante conexión entre las estructuras sociales y la conciencia. A todo esto Smith responde: “pero los sociólogos y los historiadores dan poca importancia a explicar cómo y porqué se produjeron exactamente estos cambios y sus supuestos efectos en detrimento de la religión. ¿Por qué la civilización urbana y el desarrollo tecnológico tienen que minar necesariamente la autoridad religiosa? ¿Cómo exactamente la industrialización y la emigración impulsaron la reducción de la religión a la esfera de lo privado? ¿Por qué deberíamos tratar estos fenómenos como una suerte de “grandes motores de la historia” que inexorablemente dirigen sus pasos hacia la expulsión de la religión al ámbito de lo privado? En lugar de que todos inclinemos juntos nuestras académicas cabezas en lo que bien podría ser una precipitada conclusión analítica, deberíamos retroceder y forzarnos a responder estas preguntas de nuevo”. Las siete objeciones a la vieja teoría de la secularización - una teoría todavía abrazada por muchos - levantadas por Smith son en ocasiones redundantes y uno no puede desechar con ligereza elementos de verdad o al menos sugerentes en esta vieja teoría.
Pero sin duda Smith está en lo cierto cuando nos previene contra “una conclusión analítica precipitada” y en llamar nuestra atención sobre otros factores en la exclusión de la religión de la vida pública. Smith enumera un número de cuestiones que exigen un análisis más detenido. ¿Quiénes fueron, de hecho, los agitadores a favor de una “plaza pública desnuda” y cuáles fueron los agravios y los objetivos que impulsaron su activismo? ¿Qué ideologías fueron puestas en liza y que circunstancias políticas e institucionales favorecieron su éxito? ¿Qué recursos materiales utilizaron y cómo crearon argumentos que favorecieran su causa? ¿Qué estructuras organizativas les proveyeron de una identidad y una comunidad moral a la hora de impulsar la secularización que buscaban?
Tradiciones y desilusiones
Smith se apoya en Edward Shils, quien escribió que los intelectuales occidentales se han encuadrado por lo general en cuatro grandes tradiciones intelectuales: cientificismo, romanticismo, milenarismo y populismo. Los intelectuales norteamericanos han optado sobre todo por las dos primeras. El significado del cientificismo puede parecer obvio pero el análisis que hace Shils de la tradición romántica merece una larga cita: “La tradición romántica aparece a primera vista como irreconciliablemente opuesta a la tradición del cientificismo… Sin embargo, en muchos aspectos importantes, comparten características fundamentales. El romanticismo da comienzo con la apreciación de las manifestaciones espontáneas de la esencia de la individualidad concreta. De ahí que valore la originalidad, esto es, lo único, aquello que es producido por el genio del individuo en contraste con la acción estereotipada y tradicional del filisteo… De esta forma, las instituciones que tienen reglas y prescriben mediante convenciones la conducta individual de sus miembros son percibidas como destructoras de la vida. La familia burguesa, la actividad mercantil, el mercado, la sociedad civil en general, con su sobria aceptación de la obligación y su refrenamiento del entusiasmo, resultan repugnantes a la tradición romántica en tanto que enemigos de lo espontáneo y lo genuino. Imponen un rol al individuo y no le permiten ser él mismo. Las afinidades de la tradición romántica y la crítica revolucionaria del orden establecido son obvias.
Junto al cientificismo, la tradición romántica es una de las fuerzas antiautoritarias más explosivas de la vida intelectual moderna”. A principios del siglo XX los secularizadores más agresivos encontraron un valioso aliado en los líderes del Protestantismo liberal. En opinión de Smith, “el clero protestante liberal fue un actor importante en los combates por la secularización. Ahora bien, la capitulación del Protestantismo liberal fue una respuesta a algo. Fue una poco exitosa estrategia de supervivencia frente a un desafío externo”. Con el tiempo los activistas de la secularización se deshicieron de sus aliados protestantes, una vez que ya no eran necesarios para la promoción de su causa. William James anticipó esta nueva circunstancia en un discurso pronunciado en un auditorio universitario en 1907: “Nosotros, los alumnos de las universidades, somos la única presencia permanente en América que se corresponde con la aristocracia de países más antiguos. Tenemos tradiciones perennes como ellos y nuestro lema es noblesse oblige. Pero a diferencia de ellos nosotros nos movemos por ideales solamente, ya que no sufrimos egoísmo corporativo ni enarbolamos poderes de corrupción. Deberíamos tener nuestra propia conciencia de clase. Les intellectuels! ¿Qué nombre puede haber más digno que este para un club?” Casi un siglo después, por increíble que pueda parecer, es precisamente así como muchos profesores universitarios se ven a sí mismos.
Como he tenido ocasión de subrayar en otra ocasión, al mismo tiempo que el Protestantismo liberal capitulaba ante los secularizadores, exhibía sin embargo una apabullante confianza en su hegemonía cultural. Smith nos brinda citas deliciosas en este sentido. El obispo metodista Edward Thompson dijo en una alocución pública en 1870 que preveía en un futuro no muy lejano una América “sin un solo adúltero, blasfemo, profanador del Sabbath, apóstata, ingrato, calumniador o relapso; cientos de miles de hogares sin un hijo pródigo, sin una pelea, una lágrima amarga o un corazón sufriente”.
Treinta años después el responsable del Comité americano para las Misiones en el exterior declaraba que “el Cristianismo es la religión de las naciones que dominan el globo. No es aventurado profetizar que a su debido tiempo será la única religión en el mundo”. El líder baptista Samuel Batten escribió en 1909 que de entre los tres grandes hechos definitorios de la sociedad contemporánea - el Cristianismo, el Estado y la Democracia -, el Cristianismo es “la más poderosa en nuestra civilización moderna”.
Podríamos añadir otras citas de este tenor. Incluso cuando los agresivos secularizadores estaban reduciendo delante de sus narices la potencia pública de la religión, estos líderes religiosos se mostraban incapaces de ver lo que estaba ocurriendo. Como también he tenido ocasión de decir en otro sitio, hoy día también vemos como no pocos líderes católicos son por completo incapaces de comprender lo que le está sucediendo al Catolicismo en su país. Con serena confianza en sí mismos nos hablan de acomodarnos progresivamente, al tiempo que ellos capitulan progresivamente. Pero esta es una historia que habrá que dejar para mejor ocasión. Según señala Smith, los secularizadores triunfaron con brillantez a la hora de modelar los contornos del debate público al definir la religión como sectaria: “Este término había sido en su tiempo un arma de los protestantes hegemónicos para excluir aquellas versiones de la Fe que no sirvieran a sus propósitos. Ahora fue recuperado por los secularizadores en ascenso para expulsar a la religión per se de la esfera pública”.
En estos últimos cincuenta años uno se da cuenta de que el término “sectario” ha sido utilizado con regularidad por las Cortes de Justicia con ese fin. El difunto John Rawls dictaminó que “las visiones omnicomprensivas de la realidad -como por ejemplo, las religiosas- están descalificadas como discursos públicos legítimos”. Son sectarias. Smith describe de forma muy provechosa cómo el capital de las grandes corporaciones y sus obras filantrópicas asociadas fueron utilizados abiertamente para excluir a las instituciones religiosas de la educación superior y para alejar de la religión de aquellos que no fueran expresamente religiosos. Esto complementa la hipótesis de la magistral obra de James Burtchael, The Dying of the Light -”La agonía de la Luz”-, en la cual se documentan cuidadosamente las a menudo sutiles formas bajo las cuales los líderes religiosos entregaron colegios y universidades a la ortodoxia laicista.
Revoluciones y contrarrevoluciones
En The Secular Revolution se incluyen diferentes capítulos debidos a varios autores sobre el éxito de los secularizadores en los campos de la escuela pública y la jurisprudencia, sobre su exitosa oposición a las políticas de reforma moral y sobre su gran ascendiente en unos medios de comunicación conscientemente secularistas. En el último de ellos, Richard Flory documenta pulcramente la forma en la que la “profesionalización” del periodismo fue de la mano de la secularización. De acuerdo con la doctrina de los “profesionalizadores”, el periodismo era esencial para la civilización; la evolución desde del periodismo primitivo al profesional resultaba inevitable; el periodismo tenía que ser el educador de las masas; la religión tenía que reducirse a la moral y la ética y todas las religiones deberían ser tratadas por igual.
El periodismo profesional estaba llamado a ser el equivalente funcional y el sucesor de la religión. Tal y como demuestra Flory, los periodistas fueron explícitamente instruidos en estas doctrinas, una instrucción cuya eficacia ilustra con un estudio del tratamiento de la religión en el New York Times a lo largo del siglo XX. Los diferentes capítulos son de desigual calidad, algunos pretenden probar demasiado y otros ignoran ejemplos obvios que apoyarían su argumentación. No todos los autores son tan astutos como Christian Smith a la hora de reconocer que los activistas de la secularización tenían legítimos agravios contra la hegemonía del Protestantismo liberal. Mi impresión es que Smith comprende que esta “revolución”, como la mayoría de las revoluciones, en ocasiones tenía objetivos encomiables que fueron pervertidos por lo obtuso que era el poder contra el cual se estaban rebelando.
Podemos concluir que The Secular Revolution es una obra sobresaliente por dos razones. Primeramente porque descabalga las diversas teorías de la secularización apoyadas en fuerzas abstractas e impersonales que hicieron inevitable el triunfo del secularismo. Devuelve el estudio de la secularización al campo de la historia, con todos sus conflictos, ambiciones, rivalidades, agravios y estrategias políticas. Y en segundo lugar, la secularización no se produjo por sí sola. La plaza pública desnuda no estaba predeterminada. La plaza pública desnuda es precisamente lo que buscaban muchas personas en posiciones de poder y fue lo que consiguieron en gran parte. También las revoluciones exitosas son vulnerables y en ocasiones provocan contrarrevoluciones. Pero si hay una contrarrevolución en marcha es también una pregunta para otra ocasión.
Publicado por Richard John Neuhaus el 25-09-2007 en Debate Actual

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