El precio de la demagogia
En los gobiernos populares, escribía el filósofo, la norma se subordina al arbitrio de muchos y se crean las condiciones óptimas para el surgimiento del demagogo. Este personaje, adulando y (…)
En los gobiernos populares, escribía el filósofo, la norma se subordina al arbitrio de muchos y se crean las condiciones óptimas para el surgimiento del demagogo. Este personaje, adulando y halagando al pueblo, animando sus vicios para luego satisfacerlos, y avivando sus pasiones más destructivas, se hace dueño de la opinión y de las normas. El demagogo, a través de la manipulación de las conciencias, consigue hacer creer que el enemigo de la demagogia es el enemigo del pueblo y hace desaparecer toda oposición.La ventaja de leer a los clásicos es que nos recuerdan lo poco original que es el mal y con qué facilidad se repite en la historia. Hoy, por desgracia, las palabras de Aristóteles cobran plena actualidad cuando vemos cómo el presidente del Gobierno intenta comprar a algunos grupos no representativos con el dinero de todos. Sirvan como ejemplos irrefutables las negociaciones con los grupos nacionalistas en las que, en último término, las concesiones se miden en millones de euros; o las artimañas que comienzan en el Ministerio de la Vivienda y acaban en la corrupción de los Ayuntamientos, para mayor desgracia y desesperación del ciudadano; o, por qué no, la “regularización masiva” de inmigrantes a costa de nuestras carteras. El demagogo, mediante regalos arbitrarios a cargo de los Presupuestos Generales compra la lealtad y la libertad de los ciudadanos y los convierte en soldados de su voluntad.
Pero el precio de la demagogia es muy alto, también lo dijo Aristóteles. No sólo pagaremos todos los vicios de unos pocos, sino que el presidente del Gobierno, arrogándose el derecho de interpretar los intereses de las masas como los intereses reales del país, monopolizará el poder e instaurará una tiranía.
Publicado por Armando Zerolo Durán el 05-10-2007 en www.fundacionburke.org

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