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En Iraq se rompe el frente terrorista y Bush no quiere la retirada

Publicado por Marco Respinti el 22 de Octubre de 2007 en American Review.
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El intervencionismo y el aislacionismo son en definitiva medidas elásticas, graduales y dinámicas, que siempre tienen que hacer las cuentas con la realidad. Hoy la guerra al terrorismo impone no repetir más el error con el cual en 1975 se mandaron al matadero millones de vietnamitas y de camboyanos, perjudicando asimismo muy gravemente el entero escenário internacional.

La guerra al terrorismo es una guerra sucia y difícil como lo son todas. Una guerra plagada de controversias, llena de contradicciones y de contrasentidos. Pero quien no pierde ocasión para definir el compromiso militar estadounidense en Iraq un clamoroso fracaso, y la política exterior de la Casa Blanca una comparsería tragicómica, señalando los escasos resultados que el colosal esfuerzo bélico ha cosechado respecto a las expectativas (y a las promesas) iniciales, pero olvidando con demasiada desenvoltura que el régimen criminal de Saddam Hussein ha de todas formas dejado de existir, a partir de hoy debería comenzar a cambiar de opinión. Parece en efecto que lo que queda sobre el campo de la vieja guardia sadamita ha decidido cambiar de frente y de abandonar la guerrilla terrorista de Al Qaeda (dirigida en Iraq por Abu Mussa al Zarqawi) a su destino. Cierto, la noticia tiene que ser confirmada, y las reales intenciones de Izzat Ibrahim al Douri, el último representante del viejo partido Baath hoy fugitivo, también tienen que ser confirmadas: pero si esta vez no será como cuándo con demasiada precipitación y triunfalísticamente se anunció, inmediatamente después del estallido de la guerra, la inexistente deserción de Tariq Aziz, el giro podría ser decisivo. Y resultaría muy difícil, una vez que el “último japonés” del viejo régimen despótico iraquí hubiera realmente roto con los yihadistas, continuar a acusar al presidente George W. Bush de perder tiempo, de derrochar dinero, pero sobre todo de seguir líneas políticas desastrosas. Si se confirmara, en efecto, el capítulo iraquí de la guerra al terrorismo islamista internacional habría registrado un éxito, un enorme éxito.Tras haber definitivamente borrado el régimen iraquí (y su amenaza de una alianza estratégica con Al Qaeda en sustitución del derrotado gobierno talibán de Afganistán), la intervención armada estadounidense habría asimismo conseguido dividir y confundir al frente enemigo. Y si se piensa que buena parte de la violencia desencadenada en el mundo por el terrorismo islámico responde antes que nada a una lógica de “guerra civil” interna al mismo universo islámico entre ultrafundamentalistas y “laicos”, entre “moderados” y extremistas, éste sería realmente un resultado extraordinario. Al cual por otra parte se le suma ya otro.

Ayer, en efecto, a la noticia de la probable deserción de al Douri del frente terrorista (y por tanto de su probable disponibilidad a negociar con el gobierno iraquí e incluso con la Casa Blanca) se le ha rápidamente superpuesta otra. Hablando a una reunión de veteranos de guerra en Kansas City, en Missouri, Bush ha vuelto una vez más, pero con una incisividad que no se notaba hacía tiempo, a reiterar la futilidad, antes bien la perjudicialidad, de la retirada de los soldados de Iraq. Una respuesta, cierto, a las muchas voces que invocan la actuación inmediata de esta medida drástica, pero también un lección de política exterior fuera de lo común.

Bush ha de hecho comparado la cuestión iraquí al famoso y tristemene célebre pantano vietnamita, pero trastocando el signo de las habituales valoraciones. Para el presidente, en efecto, la retirada, ignominiosa y acelerada, de los americanos de Indochina hace más de 30 años fue una catástrofe, pagada con un precio muy alto por millones de inocentes; por lo tanto aquél error clamoroso no debe ser repetido hoy en Oriente Medio. Palabras duras y decididas, las suyas, que no se oían hacía tiempo, ciertamente no de parte de la Casa Blanca. Comparando, pero comparando de esta forma, Iraq a Vietnam, Bush ha por tanto imprimido un giro importante en la mentalidad de la que surgen las iniciativas estadounidenses de política exterior, in primis las bélicas. No basta la contención del enemigo, no basta el equilibrio deterrente de las fuerzas sobre el campo, no sirve nunca ceder un poco para no perder del todo. Es menester en cambio ganar. Sobre todo cuando la puesta en juego es muy alta y cuando las consecuencias pueden ser aún más graves de los males actuales. Y ahora ganar probablemente se puede, como demuestran los éxitos, aunque a largo plazo y sudados, que la estrategia USA consigue pasito a paso. Algo, ésto, que por otra parte indica asimismo un cierto distanciamiento del gobierno iraquí dirigido por Nouri al Maliki, juzgado quizás poco a la altura para dominar la explosiva situación en la que se encuentra el país. Los americanos, en definitiva, son necesarios en Iraq, dice Bush, y los americanos se quedarán en Iraq. Lloverán críticas, se dispararán las calumnias, pero la Casa Blanca no ceja en su empeño.

A Bush interesa muy poco hacer el guardia del mundo, como en cambio muchos afirman. Le interesa no pasar a la historia como un presidente que ha cometido los mismos errores, incluso más graves, de ciertos predecesores, incluyendo a su padre. Y esta es una filosofía política, que atraviesa transversalmente el antiguo debate entre intervencionistas y aislacionistas, soi-disant realistas y halcones, barajando las cartas conforme a una concepción de la política exterior típica de la tradición que une Barry M. Goldwater a Ronald W. Reagan y que hoy llega, felizmente, hasta Bush jr.

El intervencionismo y el aislacionismo son en definitiva medidas elásticas, graduales y dinámicas, que siempre tienen que hacer las cuentas con la realidad. Hoy la guerra al terrorismo impone no repetir más el error con el cual en 1975 se mandaron al matadero millones de vietnamitas y de camboyanos, perjudicando asimismo muy gravemente el entero escenário internacional. Ello era evidente para varios analistas de la época, pero sólo ahora, con una claridad con pocos precedentes, lo afirma abiertamente la Casa Blanca. Bush, en definitiva, es sí mismo como nunca, y no le tiembla para nada el pulso; pero, sobre todo, ha añadido al propio capital otro elemento con el cual ser recordado para la posterioridad. Son giros decisivos como éstos que han caracterizado la presidencia Bush y serán éstos que lo harán entrar en los libros de historia como stateman y como líder.

Marco Respinti

Traducción: Ángel Expósito Correa

Publicado por Marco Respinti el 22-10-2007 en www.a-r.es

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