¿Quién le teme al libre comercio?
Según una reciente encuesta del de Wall Street Journal, el 59% de republicanos cree que el libre comercio es malo para la economía americana.
El difunto economista Friedrich von Hayek desconfiaba de los conservadores porque le preocupaba que cuando las cosas se pusieran difíciles, tenderían hacia el intervencionismo del estado en la economía para garantizar la seguridad. Aunque el análisis de Hayek falla cuando se trata de conservadores comprometidos como Ronald Reagan, una reciente encuesta sondeando las opiniones de probables votantes republicanos revela que Hayek podría haber estado más acertado de lo que nos gustaría creer.Reagan era el ejemplo de un verdadero conservador cuya política brotaba de principios profundamente arraigados sobre la naturaleza de la dignidad humana y la libertad, la importancia de la familia, la necesidad de un papel limitado del estado y un sólido entendimiento de la realidad económica. No obstante, entre los votantes republicanos, los días del conservadurismo de principios pueden ser cosa del pasado. Según una reciente encuesta del de Wall Street Journal, el 59% de republicanos cree que el libre comercio es malo para la economía americana. Lo que la encuesta nos dice es que los republicanos necesitan volver a los principios conservadores y que tienen la aguda necesidad de someterse a un repaso de economía básica.
Pocas cosas son mejores para el desarrollo económico que el libre comercio. Adam Smith demostró el beneficio mutuo del comercio con su famoso ejemplo del cervecero, el carnicero y el panadero. El carnicero tiene carne de sobra, por eso la intercambia por cerveza y pan, y viceversa. Cuando a la gente se permite comerciar, a todos les va mejor. La misma cosa que sucede en un mercado de ciudad también ocurre globalmente Los mercados globales permiten que más gente intercambie más mercancías y servicios, aumentando la cantidad de mercancías y bajando los precios. El comercio crea oportunidades para agricultores y productores en el mundo en desarrollo y crea más mercados para que los productores del Primer mundo vendan sus mercancías al exterior.
Quizás más importante aún, el libre comercio crea incentivos para distribuir mano de obra y capital de forma más eficiente. Ya que es más barato producir productos manufacturados en lugares como India, China o México, los trabajadores de Estados Unidos tienen incentivos para pasarse a actividades superiores de valor añadido como la tecnología. Oímos hablar de que los trabajos del Primer mundo “están siendo enviados” al extranjero, pero no oímos hablar del valor económico que eso crea y la oportunidad para esos trabajadores que perdieron sus trabajos, de pasar a empleos que pagan más y que exigen menos esfuerzo físico. La gente solía quejarse por la naturaleza inhumana del trabajo en las fábricas y ahora que estamos ingresando a una economía del conocimiento, algunas de esas mismas personas lloriquean por la pérdida de esos trabajos en las fábricas.
Es cierto que el libre comercio puede crear volatilidad y desajustes en la industria, por tanto deberíamos estar listos para abordar creativamente las consecuencias sociales de la globalización. Una red vital de iglesias y otras organizaciones de beneficencia pueden - y en algunos lugares ya lo hacen - servir a este propósito.
Pero la protección de industrias vulnerables no es la respuesta. Esa protección hace más daño que bien, tanto a corto como a largo plazo. Cuando la administración Bush puso tarifas al acero importado para proteger los trabajos del acero en Estados Unidos, puede que se haya logrado salvar algunos trabajos en esa industria, pero lo que fue menos obvio es la cantidad de otros trabajos de fabricación en las industrias del automóvil y de la construcción que se perdieron cuando las empresas mandaron sus operaciones al extranjero para escapar los precios inflados del acero doméstico.
Las estrategias proteccionistas en la sustitución de importación usadas por economías en desarrollo en los años 70 y 80 tampoco funcionaron. Esas economías comenzaron a crecer más rápidamente a medida que se fueron involucrando más, no menos, en la economía global. Los parches a corto plazo pueden ayudar a un grupo en el corto plazo, pero con el tiempo, dañan el bienestar. Los votantes republicanos buscando seguridad a través del intervencionismo del gobierno deben tener cuidado con sus deseos. La intromisión burocrática en la economía nos dio el estancamiento de los años 70. Lo último que deseamos es volver a un modelo proteccionista que ha fracasado dondequiera que se ha practicado.
También hay un aspecto moral en el libre comercio que era parte del conservadurismo de principios de Reagan, el cual parece olvidarse. La libertad económica y el derecho al libre intercambio vienen del derecho natural del hombre a asociarse y de su responsabilidad de cuidar de sí mismo y de su familia. La libertad económica como elemento básico de la libertad política surge de la tradición de libertad en Occidente. En España, los teólogos medievales que crearon la escuela de Salamanca discutieron esto mucho antes que llegara Adam Smith, insistiendo que el libre intercambio era un derecho natural e impedirlo estaba más allá del papel del gobierno.
Entre los candidatos presidenciales demócratas, hay una creciente oposición a la libertad en la esfera económica sea en los asuntos de sanidad, regulación o proteccionismo. Si los republicanos no defienden la bandera de la libertad económica, ¿quién lo hará? Es hora de que los conservadores vuelvan a la fuente que inspiró la revolución de Reagan. De otra forma, no habrá nadie que oponga resistencia al giro hacia la izquierda en el camino a la esclavitud económica.
©2007 The Acton Institute
©2007 Traducido por Miryam Lindberg
Publicado por Michael Miller el 06-11-2007 en www.a-r.es

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