"La libertad abstracta al igual que otras simples abstracciones, no puede ser encontrada."
Edmund Burke

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Magna Europa

Publicado por Alberto Caturelli el 15 de Enero de 2008 en Cultura y Libros.
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En el 2006, por la editorial D’Ettoris Editori, ha sido publicada la obra Magna Europa. L’Europa fuori dall’Europa, (Magna Europa. La Europa fuera de la Europa) bajo la dirección de Giovanni Cantoni y de Francesco Pappalardo.

magna-europa.jpgHe aquí un libro fundamental de grande interés histórico-doctrinal. Diez expositores reunidos en un seminario bajo la dirección de la Alianza Católica Italiana. Es figura de­cisiva su Presidente Giovanni Cantoni; la obra se despliega en tres partes: la Europa que sale (fuera de la Europa geográfica), Europa fuera de Europa (en Asia, África, América, Oceanía) y Europa en su estructura actual.La presentación de Cantoni adelanta la tesis esencial que vivifica toda la obra: Europa no es un continente geográfico sino una noción cultural (lo que yo suelo llamar la Europa del espíritu); la Grande Europa es el mundo nacido de la expansión de los europeos (como los griegos de la Magna Grecia en el mundo antiguo) (p. 10) cuyo principio de unidad era el imperio y el de diversidad el feudalismo. Bajo la inspi­ración de Gonzague de Reynold podemos hablar de un doble movimiento histórico: uno de transferencia de Europa en América y otro de atracción de Europa sobre Amé­rica (todos somos europeos); el mare nostrum está siempre pero ahora es el Atlántico, de modo que tras las diversidades nacionales está la unidad de fondo occidental; esta unidad supone la distinción entre gobierno como visión orgánica del mundo y Estado que es una visión mecanicista; por eso el «imperio» es antagónico al Estado porque es «hegemonía política sin dominio», unidad espiritual (como la de la Cristiandad) lo opuesto a un «Estado universal» pragmático.

Cuando hablamos de «imperio» suponemos la unidad de la Cristiandad subyacente en la Gran Europa: «la perspectiva imperial, concluye Cantoni, no sólo supranacional sino también superestatal, está implícita, latente en la visión cristiana del mundo» (p. 25).

El primer estudio es de Luciano Benassi sobre el Desarrollo tecnológico y conoci­miento científico en el Medioevo (p. 33-57). Es un estudio muy oportuno pues destru­ye la falsa imagen de la Edad Media refractaria a todo desarrollo tecnológico y científi­co. Por el contrario, en esta época se implementó el uso del arado que remueve la tierra, del caballo, del nuevo sistema de cultivo de rotación trianual, de la energía hidráulica, de la tecnología metalúrgica que en general dirigieron los benedictinos y, por fin, se pusieron las raíces de la ciencia mo­derna (cf. p. 48 ss.) gracias al aporte esencial de las universidades.

Ivo Musajo Somma se ocupa de La Europa de Carlos V y Felipe II de Ausburgo (p. 59-80); muestra cómo un soberano auténticamente europeo proyectó y realizó la idea de la Europa supranacional, multicultural y cristiano-católica, simultánea con la primacía del orden sobrenatural: adoretur Eucharestia in orbe universo. Coronado Emperador por Clemente VII el 24 de febrero de 1530, Carlos V, respetando las auto­nomías locales, piensa en la monarquía universal y, al mismo tiempo que el luteranismo lacera la unidad religiosa, concluye la conquista del Nuevo Mundo. Su hijo Felipe II lucha por conservar la armonía de la Cristiandad, convencido de que el soberano exis­te para los pueblos no sólo de España sino fuera de España, como lo ratifica la victoria de Lepanto el 7 de octubre de 1571. El autor repasa las guerras de Flandes e Inglate­rra, la ausencia de Francia y el inmenso esfuerzo de Felipe II y las Españas contra el protestantismo y el Islam, consolidando la Cristiandad de un orden civil fundado en las libertades concretas (p. 79).

Ignacio y Ugo Cantoni cierran esta primera parte; el primero con un estudio sobre el Ratio studiorum de la Compañía de Jesús (p. 81-92) y el segundo con un ensayo acerca de las reglas del jus in bello en relación con el tipo de armamento. Respecto de la guerra moderna, el número de víctimas de esta última aumenta de modo exponencial (p. 98).

Pasamos así a la segunda parte sobre Europa fuera de Europa que comienza con el excelente estudio del historiador Francesco Pappalardo sobre La expansión europea del siglo XIV al siglo XIX. En el extenso recorrido el autor muestra «el tránsito de un mundo compuesto de realidades cerradas a un universo en el cual grandes áreas geo­gráficas, numerosísimas poblaciones y civilizaciones diversas antes aisladas entran en comunicación» (p. 104); lo cierto es que trata de «la explosión a escala mundial de la Cristiandad latina» (Pierre Chaunu, p. 106) con hitos clave como la Toma de Granada (2.1.1492), la exploración del Océano Índico por los portugueses, el descubrimiento de América (12.10.1492), la epopeya misionera hasta el viaje de Magallanes concluido por Juan Sebastián de Elcano, la conciencia de la existencia de un Nuevo Mundo como continente autónomo separado de Asia, así mostrado por el mapa de Giacomo Gastaldi (1565) (p. 129). Con vivacidad atrapante se describen los viajes de los espa­ñoles, de los holandeses, del inglés Cook y del francés Bougainville (pág. 130-136) que muestran la expansión no sólo geográfica y económica sino religiosa y cultural de Europa en el mundo.

Giovanni Cantoni expone el tema La conquista de Iberoamérica (1492-1573): los protagonistas, las modalidades y los problemas (p. 139-185). Se trata de una excelente síntesis que comienza en 722 con la batalla de Covadonga, la reconquista de la Penín­sula ibérica finalizada en 1492 y la Conquista y evangelización de Iberoamérica (1493-­1573). Se detiene en la obra de los Reyes Católicos, en el carácter del conquistador y la misionalidad católica de la empresa; dedica páginas sintéticas y ejemplares sobre las comunidades precolombinas (los conquistados), las «capitulaciones» por las cuales se transfería al Nuevo Mundo «aquel particularismo medieval que en la madre patria se intentaba superar» (p. 165) y la «encomienda» semejante al feudo medieval y a la señoría castellana en la cual se realizaba «una protección de la propiedad de los indios más allá de los limitados derechos reconocidos a los campesinos en la Europa medie­val» (J. Dumont, p. 167-168). Pero lo esencial fue la evangelización que Cantoni descri­be magistralmente utilizando bibliografía de autores aquí menos conocidos (como Chaunu, Powell, Dumont y otros más familiares como Corrêa de Oliveira, García Mo­rente, Eyzaguirre, Morales Padrón); también me hace el honor de citar la traducción italiana (1992) de mi libro El Nuevo Mundo. La penetración histórico-doctrinaria no puede ser mejor.

Paolo Mazzeranghi se ocupa de Las tres colonizaciones de América septentrional (p. 187-212). El autor comienza con una breve pero precisa referencia a los grupos in­dígenas anteriores y encara las tres «colonizaciones» europeas: la española y mexicana hasta la toma de México por los Estados Unidos en 1848; la francesa que comenzó buscando el inexistente paso Noroeste en lo que es hoy Canadá; sin entrar en los deta­lles nos parece muy justo destacar la labor evangelizadora de franciscanos y jesuitas y sobre todo la obra del beato François de Laval de Montmorency que fue vicario apos­tólico en Canadá en 1658 (p. 197). Después de la Guerra de los Siete Años y de la caída de Québec y de Montréal en manos británicas (1758 y 1760) cesó la presencia fran­cesa en América del Norte. La tercera colonización fue la británica que el autor hace remontar a la probable exploración de Caboto en 1497. Sin entrar en detalles, los fu­turos Estados Unidos recibieron el dominio cultural del puritanismo (presbiterianos y congregacionistas) (p. 204-206); este influjo fue caracterizado por el gran pensador irlandés Edmund Burke que Mazzeranghi transcribe: «toda forma de Protestantismo, aun la más fría y pasiva, es una forma de discenso. Pero la religión que predomina en nuestras colonias septentrionales es un refinamiento del principio de resistencia: es la disidencia del discenso y la protesta de la misma religión protestante» (p. 206; discurso del 22.3.1775). Este espíritu comanda la política británica con los indios (cf. p. 209-211).

El mismo Paolo Mazzeranghi traza la historia de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos (1776-1793) y de la Guerra Civil (1861-1865) (p. 213-242). Es de gran interés su crítica a la común opinión acerca de la Guerra Civil: el Norte, centra­lista, aborrece a un Sur agrario y caballeresco, que, a su vez, detesta el Norte adorador de los negocios y la industrialización. Ha recorrido el mundo una campaña que hace del Sur un mundo esclavista; Mazzeranghi rectifica y también recuerda el pasable mo­dus vivendi de los sureños con los pieles rojas y no olvida que fue allí donde comenzó a aplicarse el inhumano concepto de la «guerra total». Así lo hizo el Norte tal como lo explicaba el Gral. Sheridan en texto transcripto por Mazzeranghi: «Es difícil doblegar a un pueblo de combatientes resueltos y valientes; pero haced pasar hambre a sus mu­jeres y a sus niños y veréis caer los fusiles de manos de los soldados» (p. 238).

Es excelente la minuciosa exposición de Sandro Petrucci sobre El Asia portuguesa (p. 243-291) desde la llegada de Vasco da Gama y el reconocimiento de los cristianos del Apóstol Santo Tomás (p. 246 ss) hasta las grandes figuras como Francisco de Al­meida y Alfonso de Alburquerque fundadores del «imperio» en Asia; Goa no sólo fue la capital (p. 273 ss) sino el centro de irradiación misional; pone de relieve la admira­ble obra de San Francisco Javier, del P. Matteo Ricci y Johann von Bell. El autor es­tudia todos los detalles hasta nuestro tiempo.

Nos volvemos a encontrar con Paolo Mazzeranghi para seguir con él la historia de Sudáfrica: el encuentro en África austral de dos fragmentos de Europa (p. 293). Re­comiendo al lector fijar la atención en las diferencias esenciales entre los boers cuya fidelidad literal a la Escritura por lo menos no dejaba espacio al racismo y el carácter británico que conduce a la guerra total y a los primeros campos de concentración (p. 305, 310-311). La Unión sudafricana comprende las dos repúblicas boers y las dos antiguas colonias británicas (Cabo y Natal).

De la historia apasionante de Las Filipinas españolas Extremo Occidente (p. 313-360) se ocupa Sandro Petrucci desde la llegada de Magallanes (1521) hasta la pérdida de las Filipinas después de la Guerra de España con los Estados Unidos en 1898. Primero Cebú (1565), luego Manila (1571) y el Pacífico como el lago español cuya ruta de regreso a México (Acapulco) fue descubierta por Andrés de Urdaneta en 1565. Petrucci describe la inmensa y hermosa obra de España desde la Nueva Espa­ña: la organización municipal, como la diócesis de Manila, dependió de la de México hasta 1595. La labor misionera hizo de Filipinas la más bella flor de la Cristiandad Oriental. España se entregó entera a la obra más importante de la Iglesia en Oriente; aquí no más «extremo Oriente» sino «extremo Occidente».

Volvemos a leer a Paolo Mazzeranghi que estudia un mundo diametralmente di­verso: Australia: el hombre europeo a la conquista de un «mundo vacío» (p. 361-­381). Después del descubrimiento geográfico, hay que esperar a 1780, año en el cual Australia interesa a alguna potencia europea; la primera población conformada por deportados de Inglaterra (entre 1788 y 1868) fue de 162.000 personas; dos civilizaciones se encontraron: «de un lado una civilización de la edad de Piedra, del otro una civiliza­ción europea moderna en plena Revolución Científica e industrial» (p. 368); esta «so­ciedad de frontera» (p. 375) que se desarrolla de la nada es quizá el más extremo trasplante de Europa.

Por ultimo Giovanni Cantoni dedica cuarenta y tres hermosas páginas a la Inde­pendencia política iberoamericana (1808-1826): de la «reacción institucional» a la guerra civil (p. 387-430). El autor muestra gran conocimiento y adhesión a la mejor bibliografía comenzando por L’America e le Americhe de Pierre Chaunu y la de tantos autores iberoamericanos como Icaza Tigerino; no es común encontrar en investigadores de la Europa geográfica esta comprensión inteligente que rompe con el esquema con­vencional y falso de la Independencia; sobre la base de la distinción de Morales Pa­drón entre «emancipación», «independencia» y «revolución», se debe hablar de «inde­pendencia política» forjada desde los principios del Sacro Hispánico Imperio vivificado por las instituciones medievales. Como nosotros, Cantoni distingue también una «his­toria oficial» de una «historia verdadera» que muestra la empresa indiana como la hija póstuma de nuestro medioevo fundador de un «feudalismo amerindio» cuyos cimientos los pone la Iglesia Católica. Sobre todo en instituciones basicas como el «cabildo» au­tónomo, la encomienda y la universalidad que no destruye sino que alimenta lo típico y local. La Independencia del Nuevo Mundo trasatlántico, tan bien descripto por mi querido amigo José Pedro Galvão de Sousa, compuesto por los «reinos de ultramar» (Levene) se produce como una gran guerra civil. La crisis de la Monarquía que con los Borbones se vuelve despótica e iluminista, explica la independencia porque como suelo decir siempre, los reinos de ultramar, en el siglo XVIII permanecieron más hispánicos que España. En este sentido, la exposición de Cantoni es ejemplar y nos recon­forta y alienta.

La obra concluye con la descripción actual de la Europa Magna y sus vínculos ins­titucionales formales e informales: Ilario Favro se ocupa de los «organismos político-­militares de la Europa Continental» (p. 433-443) y Mario Vitali de «organismos económico-financieros de la Grande Europa» (p. 445-455).
Balance de la lectura

He aquí la idea esencial: Magna Europa, es decir, la Europa fuera de Europa. La Europa pequeña (sólo pequeña físicamente) es la Europa «clásica» fundada por las tres penínsulas madres: Grecia, Italia, Iberia. Aquella Europa clásica se expandió por el norte de África, Egipto, el Asia Menor y, con Alejandro, hasta la India. El mare nos­trum está cerrado por el Oriente y abierto en Occidente allende las Columnas de Hér­cules. Por eso, las islas Canarias fueron para Castilla la plataforma de lanzamiento ha­cia el inmenso segundo Mediterráneo. La Europa clasica, transfigurada por la implan­tación del Evangelio, fue la Cristiandad que sufrió la primera ruptura por la Reforma protestante en el siglo XVI. Luego: la Magna Europa supone la Europa minor, pero mi­nor solamente por el tamaño, maior por su nobleza intrínseca. No hay Magna Europa sin la Europa de la Cristiandad: me refiero a la Europa cristiano-católica cuyo ideal es implantar el imperium católico en el mundo. Como bien lo enseñan los autores del li­bro que comento, fue el ideal de los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II. Tiene gran importancia que un grupo de europeos (de la Europa geográfica) así lo comprendan y lo difundan como la madurez del espíritu europeo (la Europa del espíritu).

Después de la lectura meditada de esta obra, creo que se pueden aceptar las dis­tinciones formuladas por los autores, aunque con algunas observaciones doctrinales. La Europa fuera de la Europa quiere decir fuera de la Europa geográfica; porque una vez establecido el espíritu europeo en diversas partes y continentes del planeta, en cierto modo es Europa ahora dentro de Europa. Personalmente los americanos somos hijos de la Europa del espíritu; absolutamente americanos y, por eso mismo, esencial­mente europeos, no «europeístas» bastardos que sólo han superpuesto o adicionado extrínsecamente a América lo que ellos creen «europeo».

Si identificarnos lo europeo esencial con la Europa clásica y la Europa Cristiano ­Católica, existe una Europa esencial y una Europa minorada; en ese sentido, Portugal es más Europa que Finlandia. Análogamente, si seguimos el desarrollo apasionante del libro Magna Europa, es posible hacer algunas distinciones: la Europa del espíritu «fuera» de la Europa o mejor, que parte hacia fuera de la Europa geográfica, funda la Magna Europa en la cual podemos distinguir:

a) Iberoamérica (que naturalmente incluye Brasil), Filipinas, Goa… son Europa fuera de la Europa geográfica. Así como en la península luso-hispana, después de la Reconquista se hablaba de «las Españas», los inmensos países iberoamericanos eran las Españas de ultramar, «los reinos de Indias». Este espíritu medieval y católico, hace de Filipinas una suerte de provincia del reino de la Nueva España: un mejicano, un malayo, un centro o sudamericano era tan súbdito de la Corona española como un gaditano o un aragonés. Esta Europa, por propio derecho es una Europa maior.

b) Sudáfrica, Estados Unidos, Canadá británico, Australia, nacidos de la Europa ya herida por la Reforma y degradada por el iluminismo pragmatista es sí Europa, pe­ro es Europa minor. En aquellos territorios no fue posible el proceso evangelizador pleno que, a la vez, desmitificando la cultura primitiva y conservándola, la transfiguró en el ser nuevo de su ser cristiano. Esta Europa minor es ya víctima del proceso de secularización de la Europa esencial.

Hoy somos protagonistas de una inmensa tragedia: la apostasía de la Europa del espíritu, que equivale a un suicidio histórico, deja como huérfanos a los europeos de «fuera» de Europa y los europeos de la Magna Europa piensan que quizá la Providencia quiere que parta de la Europa «de fuera» (geográficamente) la nueva evangelización del Viejo Mundo. Parece necesario un quinto viaje de Cristóbal Colón que lleve misio­neros de la fe de Cristo al Viejo Mundo para que Europa sea nuevamente Sí misma.

Debemos agradecer a este grupo de investigadores italianos y especialmente a Giovanni Cantoni, una obra que tiene la suprema gentileza del espíritu: nos hace pensar.

AA.VV., Magna Europa. L’Europa fuori dall’Europa

A cura di Giovanni Cantoni e di Francesco Pappalardo

D’Ettoris Editori, Crotone 2006, 472 pgs.

Publicado por Alberto Caturelli el 15-01-2008 en www.fundacionburke.org

  1. 1 comentario a “Magna Europa”

  2. By Pablo González Herrera on Feb 23, 2008 | Responder

    ¿ para cuándo la traducción de esta obra? Gracias al señor Caturelli por la magnífica síntesis.

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