"The great enemy of the truth is very often not the lie —deliberate, contrived and dishonest— but the myth —persistent, persuasive and unrealistic—"
John F. Kennedy

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Obama, el Che y JFK

Publicado por Jeff Jacoby el 3 de Marzo de 2008 en American Review.
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En 1963, un ferviente admirador del dictador cubano Fidel Castro asesinaba a John F. Kennedy en Tejas. En el 2008, una gran bandera cubana blasonada con la imagen del Che Guevara, el brutal partidario de Castro, se exhibe de manera prominente en una oficina de voluntarios de campaña de Barack Obama en Houston

Obama ha sido extensamente comparado con JFK, especialmente por el hermano y la hija del difunto presidente. El Presidente Kennedy, anticomunista a ultranza, despreciaba a Castro y su banda de criminales totalitarios. Pero cuando salía a la luz la semana pasada que los partidarios de Obama en Houston trabajan bajo una bandera que glorifica al Che, la reacción de la campaña fue restarle importancia como un asunto que implica exclusivamente a los voluntarios, no a la campaña nacional. Tras dos días de controversia, la campaña difundía una circular llamando “inadecuada” a la bandera y diciendo que su exhibición “no refleja las opiniones del Senador Obama“. ¿Habría reaccionado JFK tan tibiamente?

En diciembre de 1962, Kennedy ofrecía un descarnado resumen de la trayectoria Castro-Che hasta esa fecha. “Al pueblo cubano se le prometió libertad política por parte de la revolución, justicia social, libertad intelectual, terrenos para los campesinos, y el final de la explotación económica”, decía. “Han recibido un estado policial, la eliminación de la dignidad de la propiedad del terreno, la destrucción de la libertad de expresión y de la prensa libre, y la total subyugación del bienestar humano individual“. 11 meses más tarde, en un discurso concebido para leerse el día que fue asesinado , Kennedy lamentaba que “la huella comunistade Castro en Latinoamérica “no haya sido borrada aún“.

De estar vivo hoy, es difícil imaginar a JFK no sintiendo sino desprecio hacia aquellos que promocionan una dictadura que lleva casi 50 años aplastando la libertad y a los seres humanos. Y ciertamente le dolería que tantos de sus partidarios sean miembros de su propio partido político.

El ascenso a los altares del Che, un sociópata que disfrutaba matando y que aclamaba “la pedagogía del pelotón de fusilamiento” no es solamente “inapropiado“. Es vil. Ningún americano en sus cabales sería sorprendido como si tal cosa llevando una camiseta de David Duke o exhibiendo un póster de Pol Pot. Una celebridad vista con una gorra adornada con una esvástica o una actriz que desvela que había llevado un tatuaje representando a Timothy McVeigh solamente inspirarían repugnancia. Ninguna campaña presidencial necesitaría más de 30 segundos para suspender sus vínculos con cualquiera, voluntario o personal en nómina, cuya sede estuviera adornada con una bandera del Ku Klux Klan. Pero la imagen del Che, que tendría que ser tan detestada como las de aquellos, es en su lugar un éxito de ventas de moda. 

Hace algunos años, la tienda de regalos de la biblioteca pública de Nueva York vendía relojes del Che. Los describía “ofreciendo la clásica imagen romántica del Che Guevara, alrededor de la cual rota la palabra ‘revolución’“. Pero la idea de revolución del Che era de todo menos romántica. Lo que practicaba era el odio y el asesinato: “El odio como elemento de lucha“, escribía en 1967, “el odio desinhibido hacia el enemigo, el que mueve a un ser humano más allá de sus limitaciones naturales, convirtiéndole en una eficaz, violenta y selectiva máquina de matar a sangre fría“. Era un sentimiento que expresaba repetidamente — y que puso en práctica.

Con el Che de su parte, Castro derrocaba a Fulgencio Batista en enero de 1959. “Tan pronto como se hicieron con el poder“, observa El libro negro del comunismo, un magistral registro del terror y la represión comunistas en el siglo XX, “empezaron a llevar a cabo ejecuciones masivas dentro de las dos cárceles principales, La Cabaña y Santa Clara“. En calidad de fiscal jefe del nuevo régimen, el Che supervisó el baño de sangre, ordenando cientos de ejecuciones en los primeros meses de 1959. Aquellos a los que mató, registra El libro negro, incluyeron a “antiguos camaradas de armas que se negaron a abandonar sus creencias democráticas“.

Al igual que los totalitarios de todas las variantes, el Che no sentía escrúpulos ante la muerte de inocentes. “¡Deja de perder el tiempo!” ordenaba a José Vilasuso, un concienzudo abogado que buscaba pruebas contra varios presos. “Tu labor es una muy simple. Las pruebas judiciales son un detalle burgués arcaico y secundario. ¡Esto es una revolución! Ejecutamos desde la convicción revolucionaria“.

La revista Time llamó una vez al Che el cerebro” de la revolución cubana, y saludaba a su “cálculo con la mente fría, colosal competencia, elevada inteligencia y… perceptivo sentido del humor“. Una descripción mejor procede del periodista Humberto Fontova, que en Mostrando al verdadero Che Guevara, observa que el Che fue para Castro lo que Heinrich Himmler fue para Hitler o Lavrenty Beria  para Stalin — “el guardián furioso“. Apropiadamente, una enorme imagen del Che adorna el cuartel general de la policía secreta de Cuba en La Habana.

Que la cara de este sádico criminal también adorne la sede de los partidarios de un candidato presidencial norteamericano es vergonzoso y espantoso. Que el candidato no pudiera reunir valor para decirlo es aún peor. 



Jeff Jacoby es columnista de The Boston Globe. Sus artículos pueden leerse en http://www.jeffjacoby.com   

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