Los cambios de opinión demócratas y sus consecuencias
El pecado de Mark Penn consistió en ser sorprendido haciendo algo sensato, sibilinamente. La caída de Penn le convierte en miembro de una especie que muchos Demócratas insisten es enorme y a propósito de la cual los Demócratas se afligen de manera teatral: Penn es una baja del libre comercio.
La campaña de Hillary Clinton, que viene a ser lo que una vela a punto de apagarse, ha sufrido quizá la ráfaga extintora de una mala corriente. Su principal estratega ha sido obligado a dimitir de ese papel.
El pecado de Mark Penn consistió en ser sorprendido haciendo algo sensato, sibilinamente. Esa es la única manera en que los Demócratas pueden hacer cosas sensatas con respecto a asuntos comerciales cuando su partido está cortejando a la mano de obra organizada. La caída de Penn le convierte en miembro de una especie que muchos Demócratas insisten es enorme y a propósito de la cual los Demócratas se afligen de manera teatral: Penn es una baja del libre comercio.
Practicaba libremente uno de sus intercambios, que consiste en asesorar a clientes cómo tratar con el gobierno de los Estados Unidos. A tal efecto, se reunió con el embajador colombiano en Estados Unidos para tratar cómo lograr la ratificación del acuerdo de Libre Comercio Colombia-Estados Unidos.
Aunque simultáneamente practicaba de manera libre otro de sus intercambios, ser operativo de campaña, probablemente pereció a causa de motivos comerciales más que principios políticos. Colombia le contrató a través de la corporación para la que trabaja, Burson -Marsteller. Desafortunadamente, su otro cliente, Clinton, actualmente se opone al acuerdo de libre comercio tan ardientemente como, presumiblemente, se opone a los Red Sox — por ahora.
Las creencias reales de Penn en materia de libre comercio, cualquiera que sean, a favor o en contra, concuerdan ciertamente con las que sostiene Clinton ahora o con aquellas que estimaba allá por los años 90, cuando estaba en el ala este de
Ella estaba a favor del Tratado de Libre Comercio con América del Norte hasta que se opuso: estaba a favor cuando era hincha de los Cubs, antes de imaginar ser Senadora por Nueva York y descubrir, o recordar, que siempre había sido hincha de los Yankees. Se opone al NAFTA y al acuerdo con Colombia ahora que es candidata presidencial. Pero sus opiniones podrían cambiar de
Otro político que promete proteger a América del poder económico de Colombia (una economía más pequeña que la de Connecticut y del tamaño de la 43 parte de la de América) es Barack Obama, cuya pasión por “el cambio” no abarca la costumbre ritual de su partido de rendir pleitesía ante el altar del proteccionismo. Sorprendentemente, ese gesto de deferencia es practicado por los sindicatos, que representan un porcentaje pequeño (el 7,5%) y cada vez más reducido de la mano de obra del sector privado.
Austan Goolsbee, asesor económico de Obama, afirma que “Entre el 60% y el 70% de la economía no se enfrenta virtualmente a ninguna competencia internacional”. Los 18,5 millones de funcionarios del gobierno de América, entre los que los sindicatos organizados encuentran su sustento, casi no tienen vulnerabilidad ante la competición exterior, y tampoco los mecánicos automovilísticos, los dentistas o incontables profesiones más. Además, Goolsbee, con quien Obama podría tener una conversación provechosa, afirma que la globalización, al significar libre comercio y desregulación colateral, es responsable de “una fracción reducida” de las desigualdades crecientes de hoy en día.
Bajo la Ley de Preferencia Comercial Andina, aprobada por un Congreso Demócrata en 1991, Estados Unidos impone aranceles exclusivamente al 8% de las importaciones procedentes de Colombia. Pero más del 90% de las exportaciones norteamericanas a Colombia son objeto de aranceles, algunos tan elevados como el 35%. El acuerdo comercial convertiría este “acuerdo de libre comercio unidireccional”, que ahora sirve principalmente a los intereses de Colombia, en algo más mutuamente beneficioso.
Sin embargo, los sindicatos norteamericanos se oponen al acuerdo, probablemente para preservar la claridad moral de su monomanía: al diablo con los detalles,
Colombia, el mejor aliado sudamericano de América, comparte frontera con el enemigo suramericano más agresivo de América, el Hugo Chávez de Venezuela.
Los sindicatos de Colombia, sin embargo, documentan que la cifra de asesinatos de sus miembros ha caído en picado. Edward Schumacher-Matos, profesor externo de estudios latinoamericanos en Harvard, observa que “el año pasado en Colombia era mucho más seguro estar en un sindicato que ser un ciudadano corriente”: el índice de homicidios de sindicalistas fue menos de la octava parte de la tasa de homicidios entre los colombianos en general.
Cuando esta campaña haya terminado y sea demasiado tarde para que la legalidad importe, podría descubrirse que Penn y otros, incluyendo algunos de los miembros de grupos de presión con los que la campaña de John McCain está salpicada, han estado involucrados en violaciones de las leyes de campaña referentes a los enredos entre campañas y corporaciones. Lo que todavía importará es Colombia, que podría marcar una baja de la política presidencial.
© 2008, The Washington Post Writers Group
Publicado en www.diariodeamerica.com

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