"The great enemy of the truth is very often not the lie —deliberate, contrived and dishonest— but the myth —persistent, persuasive and unrealistic—"
John F. Kennedy

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La visión elitista y condescendiente de Obama

Publicado por George Will el 18 de Abril de 2008 en American Review.
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Según Barack Obama, los norteamericanos, los conservadores de la clase trabajadora en especial, son incapaces de procesar su contexto social y apoyar el programa progresista a causa de su falsa consciencia. Hoy ese programa consiste en elegir a Obama, haciendo así que su esposa se sienta por fin orgullosa de los Estados Unidos.

Barack Obama puede ser exactamente lo que le suponen sus partidarios. No, sin embargo, por motivos que la mayoría de los americanos vayan a celebrar. 

Obama puede ser la encarnación del progresismo moderno. Explicando porqué tantos electores de la clase trabajadora están “resentidos”, decía que “se aferran” a las armas, la religión y “la aversión hacia la gente que no es como ellos” debido a “frustraciones”. La insinuación por su parte fue que su primitivismo, su superstición y su fanatismo son bálsamo para los resentimientos que sienten debido a la opresora injusticia de América. 

Al pronunciarse de esta manera, Obama sí encarna la transformación del progresismo desde Franklin Roosevelt. Lo que bajo Roosevelt había sido una celebración de América y de los valores de sus trabajadores se ha convertido en una doctrina de condescendencia hacia esa gente y el país supuestamente basto y vulgar que les da cabida. 

Cuando un partidario decía a Adlai Stevenson, el candidato presidencial Demócrata derrotado en 1952 y 1956, que la gente ilustrada le apoyaba, Stevenson decía, “Sí, pero para ganar necesito una mayoría”. Cuando otro partidario decía a Stephen son, “Usted educó a la gente a través de su campaña”, Stevenson contestaba, “Pero un montón de gente suspendió el curso”. En “Nuestro país: la construcción de América desde Roosevelt hasta Reagan”, Michael Barone escribía: “Es impensable que Roosevelt haya dicho alguna vez esas cosas o que cosas así le pasaran alguna vez por la cabeza”. Barone añadía: ” Stevenson fue el primer político Demócrata de peso en convertirse en crítico de la cultura norteamericana de clase media en lugar de su celebrador — el prototipo de Demócrata progre que juzgaría a los americanos corrientes en función de un estándar abstracto y concluiría que no están a la altura de las circunstancias”. 

Stevenson, al igual que Obama, movilizaba a los profesionales jóvenes y con formación para los que, escribía Barone, “lo que resultaba atractivo no era su plataforma, sino sus aires”. En Stevenson buscaban “no tanto cambios en la política pública como la validación de su propia pose cultural”. Rechazaban en especial “el excepcionalismo americano, la noción de que los Estados Unidos eran especialmente buenos y decentes”, en lugar de — en palabras de Michelle Obama — “solo absolutamente mezquinos”. 

El libro emblemático del nuevo progresismo fue “La sociedad afluente” del economista de Harvard John Kenneth Galbraith. Él sostenía que el poder de la publicidad para manipular a la opinión pública bovina es tan contundente que la ley de oferta y demanda se ha visto viciada. Los fabricantes pueden inducir en la manada americana cualquier demanda que los fabricantes quieran satisfacer. Dado que a la masa manipulable se le induce con facilidad “una falsa consciencia” (otra categoría, al igual que la religión como “opio” de las sufrientes masas, que el progresismo se apropió del marxismo), se derivan cuatro puntos: 

Primero, el consentimiento del gobernado, cuando su comportamiento está regido por su falsa consciencia, carece de importancia. Segundo, el público necesita de la supervisión de una élite progresista que, emancipada de alguna manera de la falsa consciencia, pueda ingeniar la verdadera consciencia. Tercero, dado que la consciencia es una reflexión de las condiciones sociales, la verdadera consciencia se ingenia a través de las reformas sociales progresistas. Cuarto, dado que no se puede esperar que la gente presa de la falsa consciencia exija o acceda siquiera a tales reformas, esas reformas normalmente tienen que ser impuestas, por ejemplo, a través de mandatos judiciales. 

El icono intelectual público de la condescendencia progre fue el historiador de la Universidad de Columbia Richard Hofstadter, que falleció en 1970 pero cuyo espíritu aún impregnaba ese centro cuando Obama se matriculaba allí en 1981. Hofstadter inició la táctica retórica que Obama ha restablecido con su diagnóstico de los Demócratas de clase obrera como víctimas — la categoría indispensable en la teoría progre. La táctica consiste en rechazar más que refutar a aquellos con los discrepa. 

El descarte de Obama es: los norteamericanos, los conservadores de la clase trabajadora en especial, son incapaces de procesar su contexto social y apoyar el programa progresista a causa de su falsa consciencia. Hoy ese programa consiste en elegir a Obama, haciendo así que su esposa se sienta por fin orgullosa de los Estados Unidos. 

Hofstadter despreciaba a los conservadores como víctimas de fallos de carácter y desórdenes psicológicos — un “estilo paranoide” de política enraizado en “la ansiedad derivada del estatus social” etc. El conservadurismo ascendió a costa de los votos depositados por personas irritadas por el progresismo de condescendencia. 

Obama manifestaba tal progresismo con sus comentarios “de resentimiento” ante una audiencia de acaudalados residentes de San Francisco. Perfecto. 

Cuando los Demócratas se reunieron en San Francisco en 1984, camino de perder 49 estados, Jeane Kirkpatrick - una veterana Demócrata de Roosevelt ocupando entonces un cargo en el gabinete de otro de esta índole, Ronald Reagan — decía “los Demócratas de San Francisco” son personas que “culpan a América de entrada”. Hoy, culpan a los americanos de que América sea “absolutamente mezquina”. 

La disculpa de Obama por su amargada sociología de “resentimiento” — “No lo expresé tan bien como podría haberlo hecho” — tenía lugar en Muncie, Indiana. Perfecto. 

En 1929 y 1937, Robert y Helen Lynd publicaban dos libros de sociología americana enormemente influyentes. Eran estudios benévolos de una ciudad manufacturera de tamaño medio que llamaron “Middletown”, que se enfrentaba — razonablemente exitosa, optimista y armoniosamente — a las vicisitudes de la vida cotidiana.   

“Middletown” era en realidad Muncie, Indiana.  

 2008, The Washington Post Writers Group

Publicado en www.diariodigital.com

  1. 1 comentario a “La visión elitista y condescendiente de Obama”

  2. By Robert Michel on Abr 18, 2008 | Responder

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