Un texto clásico ilumina la polémica “nasty” de José María Lassalle
En pleno amago de controversia ideológica en el PP acaba de editarse en español “Economía en una lección” de Henry Hazlitt, un eficaz y divulgativo argumentario en defensa del libre mercado.
La primera edición de esta obra de Henry Hazlitt data de 1946, cuando estaban en aplicación las medidas intervencionistas de Franklin Delano Roosevelt para combatir la Gran Depresión, aún Estados Unidos vivía bajo una economía de guerra, y nacían las ayudas norteamericanas a la reconstrucción de Europa. El autor haría dos actualizaciones posteriores: en 1961, poco antes de la nueva oleada estatista de Lyndon B. Johnson, y en 1978, con Jimmy Carter en
El gran valor de Economía en una lección no es la aportación teórica en sí misma, pues las fuentes doctrinales principales las declara el mismo autor en su prólogo: Frédéric Bastiat (1801-1850), Philip Wicksteed (1844-1927) y Ludwig von Mises (1881-1973). Esto es, dos economistas precursores del llamado liberalismo austriaco, y su máximo exponente, el autor de La acción humana (1949). Hazlitt, periodista en The New York Times, The Wall Street Journal y Newsweek, aporta una notable capacidad de divulgación: expone con sencillez cómo funciona la economía real cuando se la deja en libertad, y cómo la estropean las intervenciones injustificadas del Estado.
Conviene subrayar lo de injustificadas. Pues Hazlitt considera que los servicios públicos y las misiones específicas del Estado, ya sean la justicia, la defensa nacional o las relaciones exteriores, “realizan una labor tan necesaria a la comunidad como lo pueda ser la de los miembros más destacados de la industria privada”. Ahora bien, en un texto crítico con las ideas de John Maynard Keynes, Hazlitt busca demostrar que la intervención estatal agrava a largo plazo los males que intenta resolver –e incluso resuelve- a corto: en particular, la creación de empleo y el incremento de la renta disponible.
O, dicho de otra forma: el intervencionismo –subvenciones, protección arancelaria, exceso de carga fiscal, obra pública improductiva, salario mínimo, etc.- sólo atiende las necesidades perentorias de un grupo, pero descuida y perjudica las del conjunto de la sociedad, y por tanto a la larga acaba también dañando a los primitivos beneficiarios. Todo el hilo de su argumentación, capítulo a capítulo donde desmonta para cada ámbito de la vida económica las teorías socialdemócratas, socializantes, keynesianas, o como queramos denominarlas, se reduce a eso: mirar más allá de lo inmediato utilizando la deducción y el sentido común.
Por ejemplo, encontramos explicaciones brillantes de por qué el salario mínimo produce paro y las políticas de distribución perjudican la producción, o una llamativa defensa de las importaciones: “La razón básica por la que un país necesita exportar es porque de este modo puede pagar sus importaciones”, justo a la inversa de la idea más extendida. Para Hazlitt, deudor de Adam Smith, el objetivo fundamental de un país debe ser que sus habitantes puedan adquirir
La publicación de esta obra por Ciudadela, además de interesante en sí por su valor, es particularmente oportuna por el amago de debate abierto en el PP entre liberales y socialdemócratas. Adquirió su punto álgido con el artículo “Liberalismo antipático” (nasty liberalism) de José María Lassalle, uno de los principales doctrinarios de Mariano Rajoy, en El País. Más que una defensa del liberalismo (una ideología), el libro de Hazlitt es una defensa del mercado (una realidad), pero en cualquier caso plantea con absoluta actualidad (y sin apenas referencias a la circunstancia concreta de Estados Unidos, por lo cual resulta aplicable a otros entornos) la controversia en torno a la acción correctora del Estado sobre los agentes económicos. Si esa acción es nasty o no es nasty puede juzgarlo mucho mejor el lector tras devorar –porque atrapan- estas páginas.
Publicado en www.elsemanaldigital.com

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