"To be conservative is to prefer the familiar to the unknown, to prefer the tried to the untried, fact to the mistery, the actual to the possible, the limited to the unbounden, the near to the distant, the sufficient to the superabundant, the convenient to the perfect, present laughter to utopian bliss."
Michael Oakeshott

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Decadencia en 7 lecciones

Publicado por Carlos Segade el 19 de Mayo de 2008 en Política y Sociedad.
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La crítica conservadora sí se atreve a hablar de decadencia, aplicada a este lento proceso que sufre Occidente mediante el cual su moral, sus costumbres y tradiciones se diluyen en el indiferentismo.

Desde que Spengler popularizó el concepto de decadencia a principios del siglo pasado, para muchos es una palabra prohibida. Su uso por parte de las ideologías totalitarias como coartada para justificar los abusos de poder sobre los que se sustentaban, ha hecho que muchos, ahora, sientan recelos a la hora de utilizarla. Además, la izquierda ha usado siempre la palabra decadencia aplicada al sistema capitalista o a la sociedad burguesa, como dos conceptos emparejados, paralelos y mutuamente necesarios. Por tanto, desde la derecha liberal, socialdemócrata o corporativa, la palabra decadente ha sido apartada del lenguaje político. 

Sin embargo, la crítica conservadora sí se atreve a hablar de decadencia, aplicada a este lento proceso que sufre Occidente mediante el cual su moral, sus costumbres y tradiciones se diluyen en el indiferentismo. 

Hace ahora treinta años, en 1978, C. Northcote Parkinson publicó The Law of Longer Life, un pormenorizado libro sobre la historia de la decadencia. Aunque este libro no ha tenido gran repercusión ni ha modificado el pensamiento moderno, sí es cierto que a la larga se ha convertido en un libro contemporáneo por su clarividencia. 

Según Parkinson, la decadencia es un proceso según el cual coinciden en el tiempo una serie de fenómenos que cada uno individualmente aporta su contribución al proceso total. 

El primero de esos fenómenos es un exceso de centralización, como históricamente le ha pasado a las metrópolis de Babilonia y Roma, París y Londres. En segundo lugar, un incremento de los impuestos más allá de los límites razonables, lo cual “siempre ha sido un signo de decadencia y un preludio del desastre”. A esto se añade un tercer factor, el crecimiento de la administración de lo público, hasta tal punto que los políticos que se supone que la controlan acaban siendo controlados por ella. Es la friedmaniana “tiranía del status quo”. Es la imposibilidad de llevar a cabo reformas estructurales porque el entramado de los poderes públicos es tan complejo que impide que se vayan haciendo reformas sectoriales necesarias para la modernización u optimización de los recursos públicos. 

En el cuarto lugar aparece un factor que al español actual no le sorprenderá en absoluto: la promoción de la gente más incapaz a los altos puestos de gobierno; fenómeno por el cual las nuevas ideas son un impedimento para el éxito en vez de ser su natural modo de promoción. El mérito se sustituye por la capacidad servil al poder. Es la tiranía de los serviles. 

El quinto fenómeno parece la consecuencia lógica de todo lo anterior: la necesidad de un incremento del gasto público. Este factor, al juntarse al del nivel máximo de imposición por la vía de los impuestos, lleva a un incremento de la deuda pública, único modo de financiar el gasto inmediato, trasladando el problema a una generación posterior. De todos es sabido que la deuda pública es una realidad tangible en las economías socializadas, no solo por la mala administración de la cosa pública, sino por el aumento continuado de la intervención pública aun en momentos de crisis. 

El último de los fenómenos que invitan a la decadencia es el buenismo, lo que Parkinson define en inglés como “liberal opinion”, una tendencia al sentimentalismo, al predominio del sentimiento sobre la razón por un lado y, por otro, un interés único por vivir en el presente. 

Si pasáramos este test de decadencia a los países que conforman Occidente, seguro que muchos puntuarían bastante alto y España batiría marcas, ya que parece estar instalada en los seis factores. 

Sin embargo, como apunta el título de este artículo la decadencia se alcanza en siete pasos y hemos dicho seis. Fue Rusell Kirk quien añadió a estos seis el séptimo y definitivo: el olvido de la moral. En realidad, la enmienda de Kirk a Parkinson es consecuencia del buenismo apuntado en el sexto fenómeno. Ambos fenómenos, buenismo y falta de moral van de la mano. El valor ha sustituído a la virtud. El buenismo no exige virtud, o sea, vivir uno mismo el valor, sino la “creencia” en el valor. La virtud exige compromiso, pero los psiquiatras americanos ya hablan de commitment panic syndrome, una especie de proceso depresivo en el que entra el individuo cuando se le plantea un posible compromiso, por ejemplo, la decisión de contraer matrimonio. 

La crisis de la persona que estamos viviendo es una crisis de personas, de personas individuales, de muchas personas individuales. El buenismo, como es sabido, rechaza la moral porque en su divinización del Estado, el buenista habermasiano le otorga la increíble capacidad de convertirse en legislador moral, convirtiendo en religión la mera administración del Estado. 

La asunción de responsabilidades por parte del legislador es imprescindible para frenar el proceso de decadencia. Los problemas técnicos económicos son también problemas morales. Dejarle a las próximas generaciones un problema de deuda es, en el fondo, un problema moral. Entender que los mejores son los que deben estar en las más altas responsabilidades es también un problema moral. Así sucesivamente. 

Ante la decadencia hace falta un desprendimiento de las ideologías, sistemas de ideas que aspiran a controlarlo todo con el único fin de ofrecer paraísos terrenales, sean estos igualitarios, mercantilistas o “democráticos”. El conservador no apuesta por la ideología porque sabe que es falsa. Es necesario que el hombre descubra su condición de persona, persona varón y persona mujer, con las implicaciones morales que esto supone; es necesario ser consciente de que los procesos históricos que nos llevan cuesta abajo se pueden invertir cuando se deja actuar a la sociedad, como conjunto de personas, a través de sus instituciones naturales con la colaboración de las estructuras e instituciones propias de la administración del Estado. Estas, necesarias pero reducidas y bajo control, al servicio de las instituciones naturales, lejos de fomentar un proceso de decadencia, ayudan a impulsar a la sociedad para que dé lo mejor de sí.

  1. 3 comentarios a “Decadencia en 7 lecciones”

  2. By Enrique R odriguez SIRVENT on May 22, 2008 | Responder

    Esto tambien se hace efectivo a las empresas privadas, multinacionales y pymes,es habitual ver como los que ocupan desde mandos intermedios para arriba, puestos para los que ni tienen cualificacion academica, ni experiencia en el cargo, ni tienen siquiera la habilidad para gestionar los recursos humanos, vamos que el enchufe en las empresas privadas es igual que en las publicas

  3. By Mariano Navas on May 30, 2008 | Responder

    Magistral análisis de la situación actual en Europa y en concreto en España. También veo acertada la solución propuesta: que la sociedad civil se asocie y sea protagonista de su propio devenir. Ahora bien, todo esto se queda en etéreas ideas que no cambian nada si no se concretan un poco más en cosas reales que la gente de la calle podamos hacer por cambiar la situación de totalitarismo y servidumbre hacia el cual nos dirigimos a marchas forzadas. ¿Alguien se atreve a aterrizar y concretar este análisis en propuestas breves, concisas y a nuestro alcance?

  4. By María Álvarez on Jun 18, 2008 | Responder

    Sr. Rodríguez, discrepo de su opinión. En primer lugar la respuesta de “mi vecino también roba” no justifica en los demás también lo hagamos. Pero no voy a responderle en esta línea.

    Le explico, trabajé durante 6 años en la empresa privada a nivel directivo, y sí, efectivamente tiene usted razón, había mucho mando intermedio y ejecutivo inútil y mediocre. Sin embargo el porcentaje no era superior al que representaban las personas serias y válidas. Pero no obstante su inutilidad conocida así como su “enchufismo”, también a estos señores se les exigía productividad, eficacia y eficiencia, aunque quizá en grado menor que al resto de la gran mayoría.

    Ahora llevo tres años en la Administración Pública, ejerciendo un puesto de grupo A, es decir estoy cerca de los mandos ejecutivos e intermedios (siendo yo uno de ellos) y nunca jamás en toda mi vida he sido testigo de tanta inutilidad, vaguería, falta de seriedad, servilismo y servidumbre como aquí. Y ¿qué se exige? 7 horas de trabajo, mejor decho de presencia física en el puesto, un mínimo de expedientes trramitados y todo ello imperando la ley del mínimo esfuerzo, por no hablar de los sueldos….le puedo asegurar que no hay posible comparación entre el sector privado y el público. EL desastre en éste último es indescriptible. SIn olvidar que hay personas en el sector público valiosísimas que trabajan y que intentan cumplir escrupulosamente con sus obligaciones, pero que siendo una mínima representación tienen las manos atadas.
    Un saludo

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