El sueño de la resurrección del comunismo
Santiago Carrillo ha profetizado: “El comunismo resurgirá porque el capitalismo es un sistema incapaz de satisfacer todas las necesidades de las personas”. Debo reconocer que en la resurrección del comunismo no creo, pero en lo segundo estoy de acuerdo con él.
Uno de los dramas de nuestra época, seguramente desde la sangrienta revolución francesa, es el surgimiento de las ideologías. Las ideologías son sistemas de pensamiento irracional, basados en aspectos sesgados de la realidad, por los cuales se espera la mejora virtuosa del hombre mediante la asunción de unos prejuicios utópicos, propuestos y controlados normalmente por una élite coercitiva.
Lo que los marxistas llaman capitalismo y en el mundo real se llama sistema económico de libre empresa no va a garantizar, como decía Carrillo, una respuesta a los grandes interrogantes del hombre, ni siquiera a unos mínimos de felicidad. Lógicamente, tampoco el comunismo, el socialismo, el progresismo, el liberalismo y demás ideologías.
Un sistema económico de libre empresa garantiza que el mercado sea libre, que los precios se fijen sin alteraciones de la curva de oferta y demanda y que cualquier ciudadano sea libre para comprar y vender sus bienes como se le antoje, siguiendo sus intereses o su conciencia. Y nada más. Este sistema tiene ventajas evidentes, ya que se acopla a las leyes económicas mucho mejor que los inoperantes sistemas dirigistas y estatalistas propios del progresismo, y por tanto crea más riqueza global.
El comunismo nació como una alternativa económica a este sistema y actúa primordialmente en ese aspecto de la realidad. Lamentablemente, la economía está muy relacionada con la subsistencia, y la pobreza que genera el comunismo es difícilmente compatible con la libertad individual y con los intentos de cada persona de ser feliz a su manera. Pero ninguno de los dos da la felicidad. En todo caso, uno ofrece riqueza y bienestar y el otro, el socialismo, crea pobreza. Pero en ninguno reside la piedra filosofal que haga feliz al hombre.
La naturaleza del hombre es tan compleja que reducir la solución de sus problemas a “sus necesidades”, como dicen los socialistas, o a “la búsqueda de la felicidad”, como dicen muchos liberales -malinterpretando a Jefferson (que a su vez malinterpretó a Aristóteles)-, es un absurdo.
El hombre es capaz del bien y del mal. Podríamos poner miles de ejemplos, pero también podemos asegurar que ni un sistema de libre empresa ni uno estatalista pueden garantizar que el hombre dejará de ser envidioso, infiel, asesino o cruel, precisamente porque la capacidad de hacer el mal (cualquier hombre es capaz de cualquier mal) no desaparece porque la economía sea o no de mercado. Como se puede atestiguar en la prensa diaria, el número de asesinatos domésticos sigue subiendo, por mucho que el pensamiento Alicia propio del progresismo desee eliminarlos mediante una ley y la intervención del Estado o “educando ciudadanos”; la raíz del asunto habrá que buscarla en otro lado, tal vez en la pérdida de moralidad de la sociedad, verdadero origen de la crueldad.
Sobre la realidad del hombre, sobre sus pasiones, la literatura da testimonio incesante desde hace milenios. Es el punto de partida de los conservadores. Los sistemas políticos no deben ser sistemas ideológicos, sino sistemas que apunten a compensar las malas inclinaciones de los hombres en la medida de lo posible y a sabiendas de que no lo van a conseguir al cien por cien. Cuando los hombres se comportan siguiendo su naturaleza, correctamente orientada, no hay conflictos, pero sí los hay cuando la conducta se desvía, y de ahí que se promulguen leyes penales, que son, ni más ni menos, reflejo de las excepcionales conductas asociales en las que puede incurrir la persona. Lo mismo sucede con los sistemas de gobierno: cuando se crean puestos o niveles de poder que no dan cuenta de sus actos sabemos que a la larga tendremos corrupción de algún tipo, a menos que sean cubiertos siempre -reitero: siempre- por personas absolutamente virtuosas. Es necesario que cada nivel de poder, sea político o económico, rinda cuentas de forma que todos estén controlados por todos y se evite la parálisis del sistema y, como siempre ocurre, los ciudadanos paguen con sus patrimonios y su libertad.
Las ideologías compiten con las religiones en su deseo de redimir al hombre, de ahí que exijan fidelidad inquebrantable, adhesión intelectual y cesión de los propios gustos y razonamientos. El comunismo lo intentó en su momento y fracasó; su descendiente directo, el progresismo, lo está intentando ahora, y también fracasará, porque se ha negado a reconocer al hombre como verdaderamente es, y jamás podrá transformar la naturaleza real del hombre desde los recursos del poder al que aspira y del utopismo del que parte. A partir de aquí, los conservadores tenemos mucho que decir.

Cargando...





7 comentarios a “El sueño de la resurrección del comunismo”
By walter on Sep 18, 2008 | Responder
Sintetiza bien mis “creencias
By walter on Sep 18, 2008 | Responder
Medio siglo o algo mas,un dialogo entre palmiro togliati e ignacio silone,este ultimo miitante comunista de origen catolico,dijo:La lucha final sera entre comunistas y ex-comunistas…,,,por momentos parece que los hechos le daran la razon ,al auotor de “fontanara”.tte Walterio Gonzalez-Larreluz
By frid on Sep 19, 2008 | Responder
Normalmente el problema de la reacción ante el mal es complejo. Suele ser la revancha, el odio, o la imposición de nuevos tiranos. Coincido contigo que el Comunismo tuvo un gran éxito porque supo esconder el odio (lucha de clases) por la justicia, la rechacha por la sustitución de la clase política del Partido, y la tiranía por la “dictadura del proletariado”.
Y se logró un sistema mucho peor, porque manipulando el lenguaje se hizo muy difícil el desenmascarlo con las palabras y fue preciso que se les desenmascarase por la vía de los hechos: “la ruina económica”.
No sirvió para desenmascarlos ni los muertos ni las injusticias, porque fueron cada vez más los miembros del Partido, y los que pensaban que “lo que a otros les pasaba era por una razón y a ellos no les pasaría nunca”…
Pero el error de los que sostienen la “fuerza ciega del mercado” está también en pensar que el “paraíso” o la bonanza económica se logra a partir de los meros esfuerzos individuales en provecho propio. El egoísmo no genera mas que caos.
Por eso el capitalismo corregido, corregido por la racionalidad, es el que ha funcionado, funciona y funcionará. Sustituye el mero egoísmo por el interés legítimo, matiza el interés legítimo con la palabra májica de la solidaridad, y no atrofia la solidaridad convirtiéndola en Estado Providencia.
Sin embargo, desde el socialismo no cabe corrección, porque es de hecho, un pensamiento de secta. Su verdad no es la verdad, sino la verdad de Partido, que cambia tras el fracaso, y vuelve a redefinirse en el siguiente fracaso… hasta que la sociedad se da cuenta de su peligro y, “si puede”, les manda a casa.
Ahora la sociedad, que vive bien, no se da demasiada cuenta de los ya abundantes fracasos económicos socialistas.
Federico Rodríguez de Rivera
By Santiago Parra on Sep 20, 2008 | Responder
¿Se puede ser moralmente libre? ¿si un principio me ata, y me comporto orientado por él y evitando lo que ese prinicipio -tal como el respeto a la vida, hacienda y libertad ajena y la entrega de la vida por la patria si fuere menester al peligrar lo anterior- me exige, sigo siendo moralmente libre, o soy esclavo de esa moral? No si la elegí libremente. Pero podría haber elegido la inmoralidad, lo contrario. Y seguiría siendo libre. Luego la libertad no es el fundamento de la moral. La libertad admite distingos tal como libertad negativa y positiva. Pero lo que se juega en la moral es algo anterior y más importante: la salvación o la condenación del alma, vivir largos, felices y fructíferos años o vivirlos atormentados, cortos y baldíos.
De aquí que ell bien sea el concepto fundacional de la moral, no la libertad que es su derivado, y de ahí que garantizar la vida sea el primer deber de una Constitución, plasmación política de la moral de una nación. De ahí que la libertad sólo pueda entenderse en referencia al bien del hombre, de lo contrario se extravía. Existe una libertad relativa y una moral relativsta, las que toman como referente moral absoluto lo que una mayoría, minoría, totalidad o representación de ciudadanos determinen. Sin embargo lo que una constitución transcribe son leyes del alma previas. Ha habido constituciones y leyes que han extinguido la propiedad privada, consagrando la colectiva o el “bien social”. Puesto que el sentido de propiedad es consiguiente a la vida humana lo único que esas leyes hicieron fue transferir propiedad de unas manos a otras en nombre de una moral materialista, es decir en función de una ideología política de apariencia utópica y de fondo criminal, manipulador y siempre ruinoso por alterar gravemente la médula de las naciones a las que hechizó.
Toda esta digresión previa me lleva a afirmar que no importa distinguir con Hayek entre ideología (socialista, estructuración dogmática de la realidad previa a cualquier conocimiento verdadero) e ideario (liberal, abierta a un método de conocimiento racional que vaya estructurando nuestra cosmovisión y modificándola en función de nuevos conocimientos). Aunque definamos libertad como todo lo que podemos hacer sin inmiscuirnos en la libertad ajena (definición negativa) siempre se podrá interpretar ese concepto como relativo, limitado por el otro. Sin embargo el bien es un concepto absoluto, que apunta a la trascendencia de la naturaleza humana, a su cumplimiento, al cuidado como un padre de familia de toda vida humana y lo que le es inherente y que no se limita a un conjunto de individuos que quieren perseverar (Spinoza).
La libertad es un modelo que ha funcionado relativamente bien en el terreno político-económico en los dos últimos siglos en el estrecho margen que se le ha dejado funcionar. Pero nunca podrían explicarse los sistemas políticos y económicos sin una teoría del sentimiento moral previa. Es decir sin una referencia al bien (v.Adam Smith).
Todo lo anterior me lleva a explicar por qué Thoreau defendiera que es preferible ser encarcelado bajo ciertos regímenes políticos que seguir sus leyes y que Antígona despreciara el ucase de un tirano, y su propia vida por tanto, con tal de dar sepultura a su alzado hermano. La igualación por imperativo legal en nombre de la repartición de la plusvalía sustraída por una clase a otra, en lugar de la voluntaria caridad, es un modelo que fracasó con el mayor crimen de la historia: los más de 100 millones de asesinatos del socialismo socialista: nazi, ruso y chino.
Un liberal sin moral es un libertino y a pesar de ello puede seguir siendo un liberal defensor de Friedman; e igual que los liberales íntegros defienden el derecho a la vida del nasciturus en nombre de su libertad como potencial persona; un liberal amoral -lo que Platón llamó un sofista y modernamente ha sido considerado un librepensador o un progresista tapado- será capaz de defender en nombre de la libertad negativa, o positiva incluso, la poligamia o el propio aborto, el adoctrinamiento en las aulas, la eutanasia y la promiscuidad adolescente. Todo en nombre de una falsa libertad si se quiere, pero a espaldas de la verdad del hombre.
¿Basta con definirse liberal para ser bueno? Hayek no quería ser conservador… desde una perspectiva puramente político-jurídico-económica. Pero si el conservador en lugar de ser sólo el tipo que defiende su status entorpeciendo al advenedizo, lo que defiende es el bien del hombre a través de la tradición, la costumbre y las instituciones y las leyes heredadas, encaminadas hacia una real y efectiva independencia y equidad de la justicia, reformando siempre hacia una mayor libertad compatible con una moral auténticamente humanista, ¿podría Hayek negar que él también era un conservador?
By Carlos Segade on Sep 21, 2008 | Responder
Estimado Santiago Parra. La libertad es un trascendente del ser (humano), es en sí misma radical (en el sentido de raíz). El hombre no puede no ser libre. Es un requisito necesario para la moral. La libertad negativa o positiva no existe. Lo que existen son los fines del acto libre. Los actos no son tampoco la libertad, como muchos liberales creen. Es una cualidad irradicable del hombre. Mi más cordial saludo.
By Carlos on Sep 24, 2008 | Responder
Un artículo brillante.
By Javier Úbeda Ibáñez on May 1, 2010 | Responder
El marxismo -hay que hacerle cumplida justicia- es algo de más entidad que una simple metodología, en el sentido que este término tiene en el lenguaje realista; es un cuerpo doctrinal, fundado en el dogma del materialismo ateo y la dialéctica de la lucha de clases, y todo auténtico marxista necesita ser consecuente con esta férrea dogmática.
Hace falta decirlo con todo respeto para las personas, pero también con toda claridad, el marxismo no es una simple metodología, es una dogmática fundada en unos principios absolutamente incompatibles con la doctrina de Cristo.
El hombre y su problemática viene a ser, en definitiva, el eje y la clave de la política marxista. Por eso, Antonio Gramsci, que fue uno de los doctrinarios más sagaces, sostuvo que, para la construcción de una humanidad marxista, no bastaba con lograr un cambio en las estructuras económicas. Había que llegar más lejos, hasta la transformación de la sociedad y de la cultura; había que ir todavía más allá y obrar la transformación última y realmente decisiva, la del propio hombre, dándole la vuelta como un calcetín y cambiándole hasta lo que tiene de más íntimo y elemental, que es el sentido común. El marxismo, en suma -según el pensamiento de Gramsci- aspira a vaciar a la persona del sentido común que es fruto de la ley natural y de más de veinte siglos de inspiración cristiana, para injertarle un sentido común nuevo, que le haga reaccionar espontáneamente con arreglo a las categorías y valores del materialismo marxista.