"La superstición es la religión de los espíritus débiles."
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El escritor y el betunero

Publicado por Manuel Martín Ferrand el 13 de Octubre de 2008 en Política y Sociedad.
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Muy frágil tiene que ser la dignidad del alcalde si encuentra vejatorio que un hombre se gane el pan, fuera de ordenanza y dentro del decoro, con un trabajo que, por ser trabajo, siempre tiene la capacidad de ennoblecer a quien lo desempeña.

 Cuando todavía era posible aparcar en la Gran Vía de Madrid -entonces avenida de José Antonio-, una moderna cafetería con nombre de Estado norteamericano sustituyó a la tradicional «Posada del Mar», un café venido a menos en los bajos del que fue glorioso edificio Madrid-París. Allí solíamos tomar café, antes o después de nuestros respectivos programas, las gentes de la radio y, de paso, lustrarnos los zapatos con el inestimable servicio de Fernando, un betunero servicial y amable que, además de vendernos lotería y tabaco de contrabando, estaba dispuesto a ejercer de recadero y, con igual diligencia y por una discreta propina, retiraba de la taquilla de algún teatro las entradas que habíamos reservado o nos llevaba a casa los paquetes pendientes.

Aquel día, tomábamos café en la barra, y nos lo jugábamos a los chinos, el maestro Antonio Calderón, Joaquín Peláez, Juan Sampelayo, Teófilo Martínez y este servidor de ustedes, que era todavía novicio. Fernando, por turno, ejercía de limpiabotas y acertó a pasar por allí un escritor de cierto renombre, ínfulas sociales, color azul y tan avanzado a su tiempo que hacía carrera de su posición anti USA. Nos afeó el uso del betunero e inició un sermón referente a la dignidad de la persona y el indigno símbolo de un hombre arrodillado ante otros para el mejor lustre de unos zapatos. Fernando saltó irritado: «¡Cállate, cabrón, que me quieres dar una dignidad que no me falta y quitarme un pan que necesito para mis hijos!». Al tiempo que gritaba, Fernando agitaba el cajón de su industria, rebosante de betunes, cepillos y tintes, y trataba de agredir con él al redentor.

Alberto Ruiz-Gallardón, hombre-anuncio de sí mismo, ha venido a recordarme aquel episodio entre el escritor y el limpiabotas. Quiere defender la dignidad de los trabajadores, ambición muy estimable, y comienza por quitarle el trabajo a unos supervivientes que, seguro, preferirían ser paniaguados municipales con trienios y todo, pero que se ganan la vida y afianzan su irrebatible dignidad haciendo lo que pueden. La Junta de Gobierno madrileña ha dictado una ordenanza según la cual «en el término municipal de Madrid se prohíbe la utilización de personas como soporte publicitario». ¿Quién le habrá dicho al alcalde, siempre deseoso de resultar progresista y bienquisto por sus adversarios, que la persona que transporta un soporte publicitario -el cartelón- sea en sí misma un soporte?

Muy frágil tiene que ser la dignidad del alcalde si encuentra vejatorio que un hombre se gane el pan, fuera de ordenanza y dentro del decoro, con un trabajo que, por ser trabajo, siempre tiene la capacidad de ennoblecer a quien lo desempeña. Si yo fuera hombre-anuncio, en pleno uso de mi dignidad, la emprendería a cartelazos, según el ejemplo del betunero Fernando, con cuantos quisieran expropiarme el patrimonio.

Publicado en www.abc.es

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