"El poder del hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les place."
C.S. Lewis

Suscríbase al boletín:

Ni hogar, ni dignidad, ni propiedad; pero mucha y muy religiosa ciudadanía

Publicado por Cristina B. Negro Konrad el 20 de Octubre de 2008 en Cultura y Libros.
Enviar el artículo por email
Imprimir este articulo

Los asalariados con el progreso han olvidado progresar. Por un lado no sólo ha perdido la mujer el derecho de propiedad, sino que hoy también lo pierde el hombre.

 Impera en la sociedad española actual una ideología de la “autorrealización” que modela la conducta de los individuos y empobrece sus expectativas personales. Esa ideología le lleva al convencimiento de que sólo alcanzará la felicidad compaginando su vida personal con la de asalariado. Esta “vida laboral” sine qua non, reza el credo, debe encontrarse siempre al menos en el mismo nivel de trascendencia que su “vida personal” , que parece ocupar un lugar algo menos trascendente. La receta para la “autorrealización” consiste pues en atenerse a la tácita prohibición externa de establecer jerarquías o distinguir prioridades entre una y otra  forma de “vida”, en caso de que se tengan dos, lo que implica la renuncia a llevar una vida interior original, si no es que la impide o bloquea plenamente. Seguramente por eso al español medio no le importa definirse mediante cualquiera de las dos acepciones que del término “asalariado” nos ofrece el DRAE: quien percibe un salario por su trabajo o quien en ideas o conducta supedita su propio criterio al de quien le paga. De esta guisa asume un comportamiento no ya personal, de persona, sino de “recurso humano” según la expresión acuñada por Foucault. A fin de cuentas lo importante no es lo que nuestra vida interior o personal nos demande, sino la demanda empresarial o la simple condición de asalariado, del mismo modo y salvando las distancias en que en otras culturas la mujer merece únicamente respeto en cuanto que madre y no en tanto que mujer.

Sin embargo, no es un secreto que la política eufemísticamente llamada “de conciliación familiar y laboral” se dirige en la práctica principalmente y por motivos sobradamente conocidos, a las mujeres a quienes se quiere alejar del “alienante fogón”. Siguiendo la línea marcada por la francesa Simone de Beauvoir, que centraba el quehacer humano en rehacer su naturaleza en lugar de perfeccionarla (”on ne naît pas femme, on le devient“), “no se debería permitir a ninguna mujer que se quedara en casa para criar a sus hijos”. Y es que “las mujeres no deberían tener esa opción, precisamente porque si existe tal opción, demasiadas mujeres la van a tomar”. ¿Y qué mejor manera de hacer desaparecer el deseo de esta opción que a través de la ideologización? Así, el hombre sin historia lanza a la sociedad la idea del hogar como algo atávico. Pero hay mujeres que, asalariadas o no, intuyen que hoy como antaño, según cuenta la también francesa Régine Pernoud, el hogar en el sentido estricto del término “desempeña una función cierta en el nuevo lugar que ocupó la mujer en el seno de la comunidad familiar. Para ella (la mujer del medievo feudal) fue un símbolo de la integración en la vida común, lo contrario que el gineceo y el harem; uno y otro confinan a la mujer en un sitio aparte, son símbolos de su exclusión.” […] “Ahora hay un sitio que la mujer puede considerar propio, donde ella es dama, domina, y es el hogar.”

No obstante y quedándonos en Francia, llegó un momento en que la mujer, a través de un decreto del Parlamento fechado en 1593, deja de ocupar un puesto básico y central, para encontrarse apartada de toda función en el Estado francés. Con el Código Civil de Napoleón desapareció hasta el derecho de la mujer a ser dueña de sus  propios bienes, pasando a desempeñar en su propio hogar y de manera definitiva un papel subalterno. Si asume ahora un papel determinado lo hará, según los casos, por sumisión o por imposición. En ese mismo instante, la Francia que salvara precisamente una mujer de nombre Juana, reniega de la gran conquista lograda por mujeres y hombres libres, que arriesgando su vida la perdieron defendiendo la igualdad en dignidad -un concepto social, no jurídico- entre hombre y mujer.

Los asalariados con el progreso han olvidado progresar. Por un lado no sólo ha perdido la mujer el derecho de propiedad, sino que hoy también lo pierde el hombre. En España, mediante un pacto ficticio (Constitución Española de 1978) que reinventa ese derecho permitiéndolo en tanto en cuanto esté “reconocido” (art. 33). Por otro lado, un gran número de mujeres y hombres europeos se creen desprovistos de dignidad. No es casual que el término no se aplique ya ni al hombre ni a la mujer sino a la desaparición de ambos -la muerte digna. Mas, a pesar de todo, la religiosidad no desaparece. El “ello asalariado e igualitarista” procura cumplir con tesón con el nuevo programa autoimpuesto. Y lo hace sin propiedad, sin hogar y por supuesto que renunciando a toda dignidad; pero eso sí: con religiosa “ciudadanía”, mito de la religiosidad estatista.

  1. 1 comentario a “Ni hogar, ni dignidad, ni propiedad; pero mucha y muy religiosa ciudadanía”

  2. By Pilar Pérez on Oct 27, 2008 | Responder

    Este asunto es muy interesante, poco politicamente correcto cuestionarse el dogma de “la conciliación obligatoria”, yo lo hago todos los días.
    Las madres con dedicación exclusiva deben ser abolidas porque son un peligro y por eso se nos persigue.

    Como madre profesional que soy guardaré este articulo en mi carperta de textos a citar. Saludos cordiales.

Envíe un comentario