"The great enemy of the truth is very often not the lie —deliberate, contrived and dishonest— but the myth —persistent, persuasive and unrealistic—"
John F. Kennedy

Suscríbase al boletín:

Tú ahorra, que para gastar me basto yo

Publicado por Jorge Soley Climent el 27 de Octubre de 2008 en Política y Sociedad.
Enviar el artículo por email
Imprimir este articulo

Escribía Francis Fukuyama, a propósito de los estados fallidos, que una de las causas de ese fracaso no estaba en la ausencia de Estado, sino en su ineficacia y corrupción. Un Estado que quiere llegar a cada vez más rincones, que se arroga más funciones, debilita la sociedad y es incapaz de dar lo que promete.

La semana pasada ha sido rica en contrastes. Por un lado el presidente de la Generalitat, José Montilla y la consellera de Salud, Marina Geli, avanzaban que la ley de dependencia, el proyecto que iba a colocar a España en la vanguardia de los avances sociales, como no se cansó de repetir el ministro Caldera, deberá dejarse para un mejor momento por falta de presupuesto, al menos en Cataluña. Un fiasco que a nadie ha sorprendido y que nada tiene que ver con la actual crisis; mientras Caldera hablaba, por ejemplo, de 200.000 personas en situación de dependencia severa, el BBVA constataba en un informe, publicado poco antes de la votación de la ley, la existencia de más de 800.000 personas en dicha situación. Eso sí, los ayuntamientos de más de 20.000 habitantes han creado ya sus departamentos de dependencia, con funcionarios asignados, que ahora deberán de dedicarse a hacer crucigramas y a cobrar a final de mes. Por otro lado, vamos recibiendo globos sonda recurrentes en el sentido de una inminente subida de impuestos y de la recuperación de algunos, como el impuesto de sucesiones, cuya evidente injusticia por tratarse de una doble imposición lo convierten en un claro ejemplo de robo legalizado.

Estas noticias, que lanzaban el mensaje inequívoco de que ha llegado el momento de apretarse el cinturón, coincidían con la campaña de publicidad institucional de la Generalitat que, bajo el alegre lema de “Som-hi” (Vamos), nos costaba más de un millón de euros (y digo nos costaba porque el dinero del Estado es nuestro dinero). No busquen finalidad informativa, la campaña parece limitarse a intentar, probablemente en vano, levantar el ánimo a la población. También nos enterábamos de que el presidente del Parlament, el republicano Ernest Benach, es aficionado al tuning: su nuevo coche oficial, el Audi A8 Limusina, cuyo coste asciende a 110.000 euros, ha sido completado con un escritorio de madera, reposapiés, televisión y conexión para mp3 y bluetooth. Ah! Y los secretarios de la mesa del Parlament y los presidentes de los grupos parlamentarios han cambiado sus Volkswagen Passat por Audis A6, mucho más vistosos.

El contraste es tan brutal, la falta del más mínimo sentido del decoro es tan evidente, que uno poco más puede añadir a los hechos desnudos. La escasa reacción en la opinión pública nos confirma, por desgracia, cómo el envilecimiento se ha extendido ampliamente a toda la sociedad. Algo funciona muy mal cuando estas noticias coinciden en el tiempo y no se produce una oleada de disculpas, rectificaciones y dimisiones.

En cualquier caso, y a la espera de que algún día el “bananerismo” que nos invade refluya, no está de más dedicarle unos momentos a reflexionar sobre el papel del Estado. Escribía Francis Fukuyama, a propósito de los estados fallidos, que una de las causas de ese fracaso no estaba en la ausencia de Estado, sino en su ineficacia y corrupción. Un Estado que quiere llegar a cada vez más rincones, que se arroga más funciones, debilita la sociedad y es incapaz de dar lo que promete. Frente a este Estado ancho, que abarca mucho y aprieta poco y mal, los países que muestran mejores niveles de desarrollo y prosperidad tienen Estados que se ocupan de pocas cosas pero que lo hacen con gran eficacia. La respuesta a la crisis financiera se encamina peligrosamente en la primera dirección, cuando sabemos que muchos Estados occidentales han fallado en sus labores de supervisión de los mercados financieros o que incluso han promovido normas que han agravado la crisis, como las leyes que, promovidas por la administración Clinton a finales de los 90, obligaban a Fannie Mae y Freddy Mac a conceder hipotecas a miembros de minorías raciales que, se sabía, no iban a ser capaces de hacer frente al pago de sus deudas a las primeras de cambio. La ley de dependencia es otra muestra de este Estado omnipresente e incapaz de cumplir con su cometido. ¿Reaccionaremos antes de caer, definitivamente, en el pozo de los estados fallidos?

Envíe un comentario