"To be conservative is to prefer the familiar to the unknown, to prefer the tried to the untried, fact to the mistery, the actual to the possible, the limited to the unbounden, the near to the distant, the sufficient to the superabundant, the convenient to the perfect, present laughter to utopian bliss."
Michael Oakeshott

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La neutralidad de los reyes

Publicado por Juan Manuel de Prada el 3 de Noviembre de 2008 en Política y Sociedad.
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La polémica suscitada en torno a unas declaraciones de la Reina recogidas por la periodista Pilar Urbano en un libro de reciente publicación nos invita a reflexionar sobre un asunto (…)

La polémica suscitada en torno a unas declaraciones de la Reina recogidas por la periodista Pilar Urbano en un libro de reciente publicación nos invita a reflexionar sobre un asunto medular, que corre el riesgo de quedar oscurecido por los torrentes de tinta desatados (que, como suele ocurrir en este tipo de zafarranchos periodísticos, acaban convirtiéndose en la tinta del calamar). Dejamos para otros la discusión -a mi parecer trivial- de si tales declaraciones fueron vertidas en una conversación privada, o si no fueron formuladas exactamente así, como se sostiene en el comunicado emitido por la Casa Real. En dicho comunicado también se afirma que, tal y como han sido reproducidas por Pilar Urbano, tales declaraciones «no reflejan la impecable trayectoria de absoluto respeto y neutralidad» que los Reyes deben mantener ante «decisiones adoptadas por los representantes de la soberanía nacional»; esto es, por los políticos. Las declaraciones recogidas en el libro atañen, en efecto, a asuntos de muy variada índole; algunos de los cuales -muy pocos, por cierto- son, en efecto, de naturaleza estrictamente política. Pero la mayoría de tales asuntos son de índole prepolítica; en donde no veo por qué los Reyes deban guardar ninguna «neutralidad», como se presupone en el citado comunicado.

Recordar que las leyes humanas no pueden ignorar la ley natural no infringe en modo alguno el deber de neutralidad política que obliga a los Reyes. Sostener que «la vida y la muerte no están en nuestras manos», y que por lo tanto no somos quiénes para administrar la muerte no infringe ningún deber de neutralidad política. Tampoco constituye infracción alguna del deber de neutralidad afirmar el «respeto a toda criatura viviente», incluyendo en tal categoría a las criaturas más débiles e inermes, que son las que se están gestando en el vientre de sus madres. Ni establecer la naturaleza del matrimonio, frente a otras uniones que por naturaleza no lo son. Todas estas son cuestiones prepolíticas, principios inderogables a la luz de la ley natural, que el Buey Mudo definió como «la luz del intelecto con la cual conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar». La Reina, en estas declaraciones que tanta polvareda han provocado entre los que desean que el intelecto sea anegado por las tinieblas, no hace sino proclamar el carácter inviolable de la vida y recordar que la persona y la familia no pueden ser despojadas de su identidad natural.

Pero la sofística contemporánea pretende que las leyes sean un mero instrumento de la voluntad omnímoda del político (con la coartada desquiciada de que tal voluntad omnímoda está legitimada por una agregación de voluntades individuales a las que representa), de tal modo que el sentido y la interpretación de los derechos humanos, incluidos los que afectan más intrínsecamente al meollo de dignidad humana y respeto a la vida, puedan ser modelados a placer, atendiendo a la conveniencia de cada momento y según estrictos cálculos de mayorías. Esto, naturalmente, nada tiene que ver con la democracia, sino con lo que el gran Castellani denominaba «demogresca», que es ese estado de degeneración politiquerilla en el que se le hace pensar a la pobre gente sometida que sus sinrazones de chiquilines caprichosos pueden imponerse, incluso en aquellos ámbitos que están por encima o más allá de la política. Estado de degeneración que niega la universalidad de la ley natural y postula, en aras de una mísera perspectiva utilitarista, la reconversión de los derechos humanos en proposiciones frágiles, desligadas de su dimensión racional, sometidas a decisiones normativas cambiantes, según el clima social o cultural del momento.

Contra esta mistificación, que somete los principios esenciales del Derecho a correlaciones de fuerza política, dejándolos a merced de la exaltación desordenada de los deseos arbitrarios y conveniencias de los individuos (o de los representantes de su voluntad, que con frecuencia se la arrogan), no creo que haya que mantener neutralidad alguna. Ni los Reyes ni ninguna persona en su sano juicio; quiero decir, ninguna persona que todavía se deje alumbrar por la luz del intelecto. Luz que agoniza y se extingue, en medio de la sofística contemporánea.

Publicado en www.abc.es

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