Un nuevo New Deal no servirá de mucho
La premisa es que el New Deal venció a la Depresión de 1929. Pero la gente cuya receta para la recuperación hoy es otro New Deal debería recordar que el mayor colapso industrial de Estados Unidos tuvo lugar en 1937, ocho años después del batacazo bursátil de 1929 y casi cinco años después del inicio del New Deal.
Al principio de lo que se vino en llamar la Gran Depresión, preguntaron a John Maynard Keynes si había sucedido alguna vez algo parecido. “Sí,” contestó, “se llamó la Edad Media, y duró 400 años.” Sí se tardaron 25 años, hasta noviembre de 1954, en que el Dow volviera a la cota que marcaba en septiembre de 1929. De forma que la cautela es aconsejable en los llamamientos a un nuevo New Deal.
La premisa es que el New Deal venció a la Depresión. Personas inteligentes e informadas difieren en la cuestión de porqué la Depresión duró tanto tiempo. Pero la gente cuya receta para la recuperación hoy es otro New Deal debería recordar que el mayor colapso industrial de Estados Unidos tuvo lugar en 1937, ocho años después del batacazo bursátil de 1929 y casi cinco años después del inicio del New Deal. En 1939, tras una década de frenético gasto federal — el Presidente Herbert Hoover lo aumentó más de un 50 por ciento entre 1929 y la investidura de Franklin Roosevelt — el paro era del 17,2%.
“Afirmo ocho años después del inicio de esta administración que tenemos exactamente el mismo desempleo que teníamos cuando empezó,” se lamentaba Henry Morgenthau, Secretario del Tesoro de Roosevelt. El desempleo disminuyó cuando Estados Unidos empezó a vender materiales a naciones inmersas en una guerra a la que Estados Unidos se uniría pronto.
En “El hombre olvidado: una nueva historia de la Gran Depresión,” Amity Shlaes, del Council on Foreign Relations y Bloomberg News, sostiene que las políticas gubernamentales, más allá del escaso crédito de la Reserva Federal, profundizaron y prolongaron la Depresión. Las políticas incluyeron el fomento de sindicatos fuertes y salarios más elevados de lo que el desfase productivo justificaba, siguiendo la teoría de que el gasto de los trabajadores sería estimulante. En su lugar, los beneficios corporativos — el prerrequisito para las inversiones generadoras de empleo — se dedicaron excesivamente a gastos laborales que situaron el valor de muchos trabajadores por encima de su valor de mercado.
En un estudio de 2004, Harold L. Cole, de la UCLA, y Lee E. Ohanian, del Banco de la Reserva Federal de Minneapolis y la UCLA, defendieron que la Depresión habría finalizado en 1936, en lugar de 1943, si no hubiera sido por las políticas que magnificaron el poder de la mano de obra y estimularon la cartelización de las industrias. Estas políticas plasmaban la premisa del New Deal de que la Depresión estaba provocada por la competición excesiva que primero redujo los precios y los salarios y a continuación el empleo y la demanda del consumidor. En un estudio posterior, Ohanian sostiene que “gran parte del alcance de la Depresión” se explica por la política de Hoover — un precursor de la mentalidad del New Deal — de presionar a las empresas para mantener fijo el salario nominal.
Además, el incremento en 1932 del tipo máximo fiscal por parte de Hoover del 25% al 63% resultó nocivo. Y el hiperactivo New Deal de Roosevelt generó incertidumbres que paralizaron las decisiones del sector privado. Lo cual suena familiar.
¿Bear Stearns? Ingeniar una fusión. ¿Lehman Brothers? Condena a muerte. ¿Los 700.000 millones de dólares destinados a la limpieza de activos tóxicos? Quizá no. Russell Roberts, de la George Mason University, escribe:
“Actuando sin coordinación ni motivo, los políticos han dado al traste con las normas del juego. No hay ninguna razón para invertir, no hay ninguna razón para correr riesgos, no hay ninguna razón para ser prudentes, no hay ninguna razón para buscar comprador si tu empresa está en las últimas. Todo está en el aire y como resultado, la única política prudente es esperar a ver lo que hace el gobierno a continuación. Los frenéticos esfuerzos de Roosevelt tuvieron el mismo impacto: la inversión neta fue negativa a lo largo de gran parte de los años 30.”
Barack Obama afirma que el próximo estímulo debería dar “un empujón.” Su consejero Austan Goolsbee afirma que debe ser lo bastante grande para “sacar del estupor a toda la economía de golpe.” Su teoría consiste en que la crisis es en gran medida psicológica, precisando de un tratamiento de electroshock. Pero las descargas por parte del gobierno han sido abundantes.
Desafortunadamente, una cosa que el gobierno sabe hacer rápida y eficazmente — repartir cheques — podría no estimular porque los estadounidenses podrían hacer con el dinero lo que han sido acertadamente criticados por no hacer en absoluto: ahorrarlo. Dado que el consumo individual es el 70% de la actividad económica, la oración de San Agustín (”Dame castidad y moderación, pero no me las des aún”) se repite hoy: volver ahorradores a los estadounidenses, pero no ahora.
El “plan de rescate para la clase media” de Obama incluye una reducción fiscal a las empresas “por cada empleado nuevo que contraten” en Estados Unidos durante los dos próximos años. La premisa es que las empresas generarán puestos de trabajo que no se habrían creado sin el subsidio. Si es así, el subsidio sembrará de redundancias la economía — costes laborales no justificados por la productividad añadida.
¿Allá vamos de nuevo? Un nuevo New Deal justificaría a los pesimistas que dicen que la historia no es un sobresalto tras otro, sino el mismo sobresalto una y otra vez.
© 2008, The Washington Post Writers Group
Publicado en www.diariodeamerica.com

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