"To be conservative is to prefer the familiar to the unknown, to prefer the tried to the untried, fact to the mistery, the actual to the possible, the limited to the unbounden, the near to the distant, the sufficient to the superabundant, the convenient to the perfect, present laughter to utopian bliss."
Michael Oakeshott

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La libertad es cristiana

Publicado por Maria Valensise el 25 de Diciembre de 2008 en Cultura y Libros.
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Conversación con Marcello Pera, el filósofo liberal que ha suscitado el entusiasmo de Benedicto XVI.

 El primer sorprendido es el propio Marcello Pera, el senador epistemólogo que, una vez vuelto a sus estudios, ha publicado un libro en el que ataca a laicistas y clericales con una relectura del liberalismo a partir de su esencia cristiana. “La verdad es que no me lo esperaba” dice con candor en las amplias estancias de su oficina en Palazzo Giustiniani. Piensa, naturalmente, en la carta de Benedicto XVI que figura en la cabecera del ensayo “Perché dobbiamo dirci cristiani”, que acaba de publicar Mondadori. Escribe el Papa: “Con un conocimiento magnífico de las fuentes y con una lógica sólida, Pera analiza la esencia del liberalismo a partir de sus fundamentos, mostrando cómo la esencia del liberalismo está enraizada en la imagen cristiana de Dios, en la su relación con Dios, del que el hombre es imagen y del que hemos recibido el don de la libertad”.

Marcello Pera es un hombre reservado, pero parece emocionarse cuando recuerda la sorpresa que tuvo a primeros de septiembre, la víspera de su cuarenta aniversario de bodas, el día en que desde Castel Gandolfo recibió la carta del Papa. Es un hombre acostumbrado a los cambios de expectativas: nacido en Lucca, bizantino solo de nombre (hay que pronunciar Pera con la “e” abierta, que en griego antiguo significa “límite”, “confín”, y es el nombre del barrio griego de Constantinopla), pero sin ascendentes, “mi padre”, dice, “era un simple albañil”. Empezó a trabajar como contable de banca, para acabar de catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Pisa, después de diez años en la Cámara de Comercio; elegido senador en las listas de Forza Italia, se convirtió en pocos años en presidente de la cámara baja. Finalmente, tras dejar Palazzo Madama, dice que ha vuelto a sus estudios “para salvarse el alma”, y se comprende que del mundo de las ideas ha sacado las fuerzas con las que superar la desilusión política.

Pero su reflexión sobre el liberalismo cristiano nace de un trauma: “Interpreté el 11 de septiembre no solo como un ataque terrorista, sino contra nuestra civilización. Para mí era natural interrogarme sobre los valores, sobre el fundamento y el sentido mismo de una civilización que se da golpes en el pecho, pide perdón, pero no se atreve a afirmar la propia identidad, al contrario, busca integrar elementos ajenos, como los romanos hacían con los bárbaros”. Electrón libre de la política italiana, venido de la ciencia de la lógica a la segunda magistratura del estado, y después vuelto otra vez a la filosofía, Pera no esconde el esfuerzo que le ha supuesto este libro, sobre el que se dice que trabajaba por la noche en los días en que Berlusconi estaba formando el nuevo gobierno y le reservaba el Ministerio de Justicia. “Me ha costado mucho esfuerzo. No es un panfleto, sino un libro de estudio, mejor dicho, mi contribución a la política; un examen de conciencia sin el cual nos arriesgamos a ceder ante el laicismo triunfante o a sucumbir ante el peligro contrario del clericalismo”. El otro peligro, aún más arriesgado para un liberal como él, crecido en la escuela de Karl Popper y de la sociedad abierta, es el de la exposición personal. “¿Se ha convertido o no? Una pregunta morbosa en la que siempre se cae cuando se trata este tema en Italia” comenta el senador. “Y sin embargo trato de asuntos que van más allá de la conversión” añade Pera, que en su libro distingue cuidadosamente entre “creer en” y “creer qué”, es decir entre cristianos por fe y cristianos por cultura.

El Papa, que no solo ha sido el primer destinatario y lector de su ensayo, sino el inspirador fundamental y un resuelto animador, le ha hecho un elogio sin reservas. Escribe Benedicto XVI en su carta a Pera: “Con una lógica irrefutable, el autor hace ver que el liberalismo pierde su base y se destruye a sí mismo si abandona su fundamentación cristiana”. De hecho, en el meollo de este estudio altamente ratzingueriano está la relación entre liberalismo y religión cristiana. La tesis de Pera es que en la raíz de la cultura laica liberal se encuentra el ser humano; por tanto, no puede existir libertad del individuo sin una relación con el Dios cristiano, y sin una idea del bien y una conciencia del don recibido por el hombre, criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.

¿Se trata de una vuelta a los orígenes del liberalismo moderno, cuando los Padres peregrinos atravesaban el Atlántico con los tratados de Locke en una mano y la Biblia en la otra? “Lo cierto es que sin verdad no puede haber libertad”, responde Pera. “La libertad sin verdad se extingue, convirtiéndose en un estado contingente y aleatorio, porque pierde su fundamento mismo, su justificación, su base ética, metafísica, religiosa”. Y sin embargo los pensadores contemporáneos y posmodernos, como John Rawls, sostienen que el liberalismo es autosuficiente, que se basta a sí mismo, que no necesita de ninguna doctrina previa para justificarse; e incluso un antirrelativista como Jürgen Habermas - como Pera explica en su libro- está dispuesto a cualquier acrobacia argumentativa para superar el escollo, incluso a costa de contradecirse: “Habermas piensa en términos de racionalidad normativa. Rawls piensa solo en términos de procedimiento. Pero de esta forma la libertad se corroe. Se degrada a relaciones y procedimientos, del mismo modo que la democracia, que tiene un fundamento ético en la igualdad de todos ante la ley, se corroe a sí misma cuando se degrada a simple maquinaria de votaciones, porque mina sus propios principios. Esto lo había ya comprendido Platón perfectamente, cuando en la República habla de una libertad autofágica, que se devora a sí misma, como pasa con la democracia relativista que, privada de religión, se transforma a sí misma en religión. De hecho, si ya no existe la verdad, sino tan solo una suma de diversas creencias separadas, si ya no existe una ley moral común a todos, sino solo las tradiciones de cada grupo, el bien moral puede ser sometido al voto, siendo las mayorías parlamentarias las que decidan  lo que es bueno y justo. De esta forma, el nomos crea la physis, la ley decreta la naturaleza. Esta es la paradoja que distorsiona el liberalismo procedimental; si somos libres de votar y además relativistas, no queda espacio para lo sagrado, para nada que sea no negociable, los valores los decidirá una mayoría en el Parlamento”.

Pera critica la degeneración contemporánea citando la República de Platón, cosa rara en un seguidor del liberal Karl Popper que veía en el filósofo ateniense un enemigo de la sociedad abierta: “Comparto el análisis platónico, no la receta, la autofagia de la libertad, no el gobierno de los filósofos” se defiende Pera, preocupado por el momento presente: “Es exactamente lo mismo que está ocurriendo en Europa, cierto, pero en los Estados Unidos es diferente. Allí hubo un pueblo de peregrinos, que huía de las persecuciones religiosas y buscaba construir la “City upon the Hill” como si fuera el nuevo pueblo elegido redivivo del que habla la Biblia. Después llegó la obra maravillosa de John Adams y Thomas Jefferson, que racionalizaron la religión haciendo  de ella una constitución civil. El elemento religioso común se convirtió en un hábito ciudadano más fuerte que la ley positiva, precisamente porque se vivía como costumbre. ¿Resultado? La experiencia constitucional americana dura ya doscientos años y no ha producido ninguna dictadura; mientras tanto, los europeos, que perdimos esa costumbre, hemos tenido sistemas autoritarios: Robespierre y el jacobinismo, Lenin, Stalin y el comunismo, Hitler y el nazismo. La patria del cristianismo ha producido la peor negación de la libertad cuando la modernidad ha caído fascinada por la idea de que el hombre se basta a sí mismo, se construye por sí mismo, sin necesidad de una verdad revelada”.

Para el autor la verdadera fractura se da con la Revolución Francesa; la idea de un mundo a merced de los excesos anticristianos porque abandonado a sí mismo, y a merced de la razón abstracta de los derechos del hombre, como escribió Burke. “Sí, pero cuidado. En la Declaración de 1789 hay todavía un residuo religioso de libertad cristiana: de hecho se trata de derechos reconocidos por el estado, pero que pertenecen a los individuos en tanto seres humanos, antes que como citoyens. De ahí en adelante, por motivos históricos ligados al poder temporal de los Papas, surge la polémica contra la Iglesia y el cristianismo. El anticlericalismo se salda con la descristianización, con el resultado de que los laicos de hoy terminan por caer en una apostasía del cristianismo, que se confunde con la fisonomía de una ex-potencia terrena”.

¿De modo que el laicismo a ultranza que muchos siguen profesando sería un anacronismo? “El anticlericalismo, más que una enfermedad, fue un estado de necesidad en el siglo XIX”, dice Pera. “En Europa los estados nacionales se construyeron contra la voluntad de la Iglesia. Solo que ahora ha degenerado en algo que no va contra una política coyuntural vaticana, sino contra el cristianismo en sí mismo. Cuántas veces me han dicho: “usted revaloriza el cristianismo, pero se olvida de que la Iglesia estaba contra el Risorgimento, no obstaculizó a Hitler…”. Yo les digo: Pero, vamos a ver, por qué no nos fijamos en el papel positivo de la Iglesia… masas de analfabetos instruídos, educados en la política gracias a la Iglesia”.

Sin embargo, si un laico da su respaldo hoy en día a la misión pastoral de la Iglesia, ¿no se arriesga a comprometerse en una batalla perdida? ¿Fundar la defensa del liberalismo sobre la verdad revelada no es una empresa vana en un mundo volcado hacia el ateísmo de masas? Pera responde con el ejemplo del “Non possiamo non dirci cristiani” de Benedetto Croce. “El Croce de 1942 estaba vivendo la peor tragedia de Europa, una guerra civil intestina. Al borde del precipicio comprendió que solo Dios nos puede salvar. Pero a diferencia de Martin Heidegger, que pensaba en el Dios pagano, Croce, como auténtico liberal, aunque de estirpe hegeliana, buscó la salvación en el cristianismo. Al tomar esta posición en pleno derrumbe de la civilización europea. Croce abre una terrible contradicción en su sistema filosófico, en el que no hay lugar para la religión. Yo me encuentro ahora en una situación parecida. Estoy viviendo la crisis ética, civil y moral de la civilización europea con disgusto, en un estado de ánimo desesperanzado. Lo que me conforta es que los Estados Unidos resisten todavía, y las palabras de Benedicto XVI, las reacciones de creciente popularidad que provoca su discurso. Estoy convencido de que el Papa se da cuenta de la gran responsabilidad que tiene sobre los hombros, la reforma moral de Europa; y su indecible discurso no se arredra ante la misión que la historia le ha confiado: penetrar en las conciencias de los laicos, hasta el punto de ponerlos en apuros, como demuestran los que están haciendo lo imposible para ningunearlo, no permitiéndole ni siquiera que pueda hablar, como han hecho los profesores de la Università la Sapienza de Roma. Es un Papa que divide las conciencias; y en el fondo, si la libertad depende de la verdad, es justo que así sea”.

¿No es una paradoja que doscientos años después de la revolución anticristiana sea precisamente la cabeza de la Iglesia Católica, el apóstol de la tradición evangélica, el que tenga que salvar a Europa del nihilismo relativista? “La tarea es agotadora, pero lo está consiguiendo. Se está convirtiendo en un Papa popular, escuchado por el mundo laico, que, ante el reto que les lanza, no tiene más remedio que responderle o estar de acuerdo. Benedicto XVI no es un Papa que te pide que te conviertas o que reces, sino que lo que te pide es que pienses en los fundamentos mismos de tu ser laico, que comprendas lo que significa ser laico”. Sin embargo, en comparación con el liberal Croce, que, durante la crisis de la Segunda Guerra Mundial proclamaba: “Non possiamo non dirci cristiani”, el liberal Pera, que declara “Dobbiamo dirci cristiani”, parece asumir la posición más débil. ¿Frente a la reacción espontánea de Croce, la suya no es más bien una elección voluntaria e intencional, como si fuese la “ultima ratio” para evitar la catástrofe? “Entre Croce y yo no hay ningún cambio -responde Pera. “Estoy de acuerdo en el elogio del cristianismo que hace Croce, y en mi libro explico porqué pienso que su fórmula es reductiva. Croce es un filósofo idealista que piensa que la libertad, como espíritu absoluto, se desarrolla por sí misma a lo largo de la Historia, incluso en las épocas más oscuras y bajo regímenes que no admiten la libertad política. Para mí, sin embargo, que soy un liberal en la tradición de Locke y Kant, el liberalismo no existe fuera de las libertades concretas. También para Croce no hay liberalismo sin cristianismo: pero él ve en el cristianismo una fase histórica, un momento de la libertad en desarrollo, y acepta que un día esa fase podrá ser superada. Yo pienso lo contrario, el liberalismo lo anclo en el cristianismo histórico, ligando conceptualmente ambos fenómenos”. En el fondo, también los románticos, tras la Revolución Francesa… “Los románticos -salta inmediatamente Pera- hacen lo que hoy hacen los relativistas. No existe el hombre en absoluto, no existre la familia humana, solo existen los pueblos y las naciones. No existen derechos absolutos, ligados a las personas, como pensaban Locke, Kant y Tocqueville. Existen solo los derechos de los pueblos y de los estados contra el universalismo. El liberalismo es una filosofía sin fronteras, porque el ser humano no conoce fronteras. Hoy con el multiculturalismo los derechos se están restringiendo en ámbitos territoriales, Occidente, América, el Islam… Estamos perdiendo el sentido universal, dicho en términos laicos, o ecuménico, para usar la palabra cristiana. En este sentido, el liberalismo es hermano del cristianismo: para ambos, de hecho, hay una sola familia humana, compuesta de personas portadoras de derechos naturales e inalienables. Herder, Hamann y los románticos tachan al liberalismo universalista de etnocentrismo. Pero el liberalismo cree en la libertad, a la que asigna un significado religioso, y la exporta, por eso es cosmopolita y juega siempre la baza internacional. Kant vio cómo se desmoronaban las ideas universales de su filosofía y del liberalismo comopolita. Y hoy en día el trauma se repite”.

De hecho, los románticos que se hacen relativistas critican la pretendida universalidad de la Declaración de los Derechos del Hombre, sosteniendo que el individualismo liberal no puede ser compartido por el mundo islámico o por la China confuciana: “En la Declaración los individuos tienen derechos no en cuanto ciudadanos, sino en cuanto miembros del género humano. La Declaración de Independencia de los EEUU representa, en este sentido, una expansión de la civilización cristiana que triunfó y se extendió hasta el punto de abarcar a países que no pertenecían a dicha tradición. Objetar que se trata de valores característicos del liberalismo occidental es como decir que la ley de la inercia de Galileo no es válida para todo el mundo porque fue descubierta entre Padua y Florencia. El liberalismo otorga a la dignidad humana el mismo valor universal que los descubrimientos científicos otorgan a la realidad de la naturaleza. Y los tratados internacionales sirven para exportarla a zonas ajenas a la tradición cristiana, que hunde sus raíces en el Evangelio y en la Biblia”.

Entonces, ¿cómo afrontar la integración de lo diverso? “Los relativistas le dan un valor absoluto a la cultura desde la que se piensa, y a las construcciones sociales que no son más que su producto, mientras que el liberalismo considera absoluta la naturaleza humana. Si cualquier naturaleza construída como cultura tiene el mismo valor que otra, no hay razón para integrar nada. La integración presupone una esencia que debe ser reconocida por todos; en caso contrario, solo tenemos la coexistencia de lo distinto, la agregación de lo múltiple. Si el multiculturalismo no integra, sino que produce guetos, es decir, lo contrario de lo que tenía previsto, el error está en la filosofía más que en la política. Se puede tolerar un tribunal judío, si aplica principios no muy diferentes de los nuestros. Pero si se tolera un tribunal islámico que aplica la sharía, nos encontramos en la paradoja de tener que destruir nuestra propia sociedad. La tolerancia, cuando se llega a este punto, ya no sirve”.

Il Foglio, Año XIII, Nr. 341, 14 diciembre 2008, pág. I

 

Traducción : Emilio Quintana - http://www.emilioquintana.com/

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