Los ateos dan la razón a Dostoievski
En el fondo se trata de una versión, empobrecida, banalizada, superficial, muy al estilo de nuestro tiempo, de la famosa advertencia lanzada por Dostoievski: “si Dios no existe, todo está permitido”.
La campaña promovida por una asociación de ateos y “librepensadores” en algunos autobuses de Barcelona ha levantado a estas alturas ríos de tinta. Una vez más, los ateos han vuelto a demostrar su capacidad para llevar a Dios a las primeras páginas de los periódicos e introducirlo en las tertulias y discusiones.
El lema utilizado por los ateos es, creo yo, especialmente significativo: “Dios probablemente no existe; deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Muchos han señalado la estupidez de la frase, como si la cuestión de la existencia de Dios fuera motivo de dolorosas preocupaciones y no un apasionante misterio que el mismo Dios va desvelando. La frase en cuestión también contradice nuestra experiencia cotidiana, en la que vemos a tantos creyentes felices y disfrutando de la vida y a tantos ateos tristes, insatisfechos y desesperados ante una vida sin sentido, especialmente cuando deben encontrar motivos para sobrellevar alguna contrariedad que la vida les presenta o cuando el placer, por repetitivo, se convierte en tedioso. Pero a pesar de todo, la frase no está totalmente privada de lógica. En el fondo se trata de una versión, empobrecida, banalizada, superficial, muy al estilo de nuestro tiempo, de la famosa advertencia lanzada por Dostoievski: “si Dios no existe, todo está permitido”.
En efecto, si realmente Dios no existe, ¿cómo puede argumentarse cualquier limitación a nuestros deseos? ¿cómo se puede hablar de moralidad humana, de moralmente bueno o reprobable? Par nuestros ateos, así se abriría la puerta al goce ilimitado de la vida, al reino del deseo, legitimado para romper cualquier tabú y para pasar por encima de cualquiera que nos limite y fastidie. Si Dios no existe, pues, mejor pensar lo mínimo y dedicarnos a disfrutar, aunque ese disfrute pase por pisotear a nuestro prójimo. ¿En base a qué debo reprimir mis deseos para, por ejemplo, no abusar sexualmente de niños? ¿O por qué tengo que respetar a mi mujer y no aterrorizarla para que cumpla, sin rechistar y con buena cara, cada uno de mis deseos y caprichos?
Pero lo novedoso reside en que la acusación lanzada por Dostoievski era rechazada de plano por los ateos de su tiempo, que la consideraban injusta e injuriosa. Nosotros no somos delincuentes, decían esos venerables ateos, cuidamos de nuestros hijos y respetamos a nuestras mujeres, somos honrados en los negocios y moderados en nuestro vivir. Pero ahora las cosas han cambiado y los ateos del siglo XXI, se rascan los bolsillos para proclamar a los cuatro vientos que Dostoievski tenía razón.
Por fortuna, y a pesar de que como escribía Richard Weaver, las ideas tienen consecuencias, también podemos afirmar que la mayoría de los hombres son inconsecuentes. Si los materialistas y nihilistas de todo tipo se comportaran de acuerdo a lo que proclaman, el mundo sería un infierno mucho mayor del que a veces parece. Valga aquí recordar el caso de Peter Singer, paladín del aborto, del infanticidio hasta que el niño no es autónomo y de la eutanasia a partir del momento en que el ser humano pierde esa autonomía. Cuando su madre cayó gravemente enferma y ya no podía valerse por sí misma, en vez de aplicar la doctrina expuesta en sus sesudos libros y aplicarle una inyección letal, le puso enfermera las 24 horas del día. Preguntado por tan curiosa contradicción, lo único que respondió fue: “Es mi madre”. Bendita inconsecuencia. Pero por desgracia, el siglo XX, con sus totalitarismos que desprecian al hombre, sus horrores y genocidios, da testimonio de que hay ateos que sí obraron en consecuencia.
Un último comentario: a la luz de lo expuesto, no nos puede extrañar el horror con que los hombres de todos los tiempos y culturas han contemplado el ateísmo. En efecto, en él se vislumbraba el horror y la impiedad que se derivan de la negación de Dios y cómo éste constituye el disolvente más letal para la vida en común. Porque una cosa es el comportamiento personal, tantas veces alejado de lo que decimos por nuestra propia debilidad, y otra muy diferente la negación de la base sobre la que se asienta la posibilidad de que pueda existir algo moralmente reprobable.

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4 comentarios a “Los ateos dan la razón a Dostoievski”
By walterio on Ene 15, 2009 | Responder
Mas alla de toda especulacion de inteligencia la creencia o no,se resuelve por mecanismos que superan el raciocinio humano.
By roberto on Ene 19, 2009 | Responder
No necesariamente, Walterio. Están Platón, Aristóteles,Santo Tomás de Aquino entre muchos que lo razonan y prueban. ENtre los mas recientes pensadores está Peter Kreeft que si sabe inglés puede leer en su propio sitio http://www.peterkreeft.com o buscar con Google u otro, en algunos sitios en español.
Saludos
By Héctor Magno on Ene 22, 2009 | Responder
Dios existe. Lo que me niego a aceptar es que sea judío. Parafraseando a Nietzsche, “Dios, tal como fue creado por los judíos, es la negación de Dios”…¡si pudiera volverse al paganismo! Pero demasiado tarde para ello, todo esta corrompido por la infección semítica. Hay que distinguir dos partes en la Biblia: la judía y la griega.
By Manuel I Serrano Saenz on Ene 28, 2009 | Responder
Sr. Héctor Magno
La mayor prueba que tenemos de la existencia de Dios es la vida y enseñanzas de Jesus de Nazaret., el Hijo de Dios, el Mesias judio que es tambien el Salvador del mundo predicado por San Pablo a judios y griegos. Que Dios se haya hecho hombre es un misterio insondable y que sin embargo tenemos constancia de que es historia contada por 4 evangelistas distintos: Mateo, Marcos, Lucas, Juan. Que ese hombre fuese un judio, de la tribu de Judá, del linaje de David, es una condescendencia del Dios infinito para con el hombre finito. Lea, Sr., el Antiguo y el Nuevo Testamento, y verá usted como la “infección semitica” es la vacuna mas efectiva que jamás se haya inventado: empieza a hacer efecto en esta vida a los Saulos de este mundo y hace Pablos de ellos, sin importar si hayan nacido en Tarso, Alejandría, París o Timbuctú.