La identidad de una nación
Martín Alonso vuelve sus ojos hacia “La ciudad en la cima” de los Pioneros y los Padres Fundadores y descubre en ella los elementos políticos y populares de la tradición norteamericana.
Los Estados Unidos están de moda. Los antiamericanos profesionales, conversos a la obamolatría, sueltan ahora una lagrimita con el Barras y Estrellas. En cuanto a los demás, tengamos mayor o menor aprecio al nuevo presidente, y mayor o menor aprecio al que se ha ido (me nace confesar que el mío era mucho), no hemos dejado de impresionarnos con el formidable espectáculo ritual que arrancó en las primarias y concluyó ante el Capitolio, y donde se muestra en toda su pureza esta nación singular capaz de revestir a un hombre con toda la fuerza de su mitología, y hacerlo creíble.
Un viaje “intelectual y emocional”
Hay muchos buenos libros que explican la historia y la cultura de ese país, pero nunca había disfrutado tanto con uno de ellos como leyendo La ciudad en la cima, de Martín Alonso (Tébar). El autor, madrileño de 1961, licenciado en Derecho por la Complutense y en Economía y Relaciones Internacionales por la Columbia University de Nueva York, lleva diez años residiendo en los USA y escribe con conocimiento de causa. Y, sobre todo, con pasión palpable hacia lo que conoce. Como señala en el prólogo Esperanza Aguirre, es un viaje “intelectual y emocional” para dar a conocer cómo son los norteamericanos y, sobre todo, por qué lo son.
Pocas personas pueden decir que esto no les afecta. El poderío político, militar y económico de Estados Unidos en el último siglo nos ha obligado a un posicionamiento constante. Pero además, y sobre todo, su preponderancia cultural a través del cine, la televisión y la música (el ocio de masas, en resumen) es de tal magnitud que convierte su universo referencial en propio nuestro. En España vende más el soul que la jota y conocemos mejor la historia de Abraham Lincoln que la de Antonio Cánovas del Castillo. Así que lo de allí nos interesa porque en cierto modo es de aquí también.
Y así lo sentimos al pasar las páginas de Martín Alonso.
¿Quién defiende los “derechos civiles”?
Arranca la obra con la historia de Alexander Hamilton, el hombre que en 1804 murió en duelo por un disparo del vicepresidente Aarón Burr. Una estúpida cuestión de honor segó la vida de quien “creó América” -explica nuestro autor- al exponer en El Federalista primero, e imponer políticamente después, el esquema teórico y práctico de la Constitución y el gobierno federal, evitando la dispersión de los trece Estados pioneros. Y sigue con la historia de Lincoln, a quien destaca menos por el fin del esclavismo que por su determinación de quebrar la voluntad del Sur para salvar la Unión tal como la conocemos hoy.
Ambos históricos personajes pertenecían al Partido Republicano en sus distintos estadios, y Alonso dedica un tercer capítulo a la historia del GOP (Great Old Party).
Aunque ahora pasa el Partido Demócrata por ser el de los derechos civiles, leemos que las primeras leyes contra la segregación racial (1875) y por el voto femenino (1878) fueron republicanas; republicanas fueron la primera congresista y la primera alcaldesa (1926); republicanos todos los congresistas negros entre 1870 y 1935; republicano el primer gobernador negro (1872); republicano el primer gobernador hispano (1875); republicano el primer congresista hispano (1928); republicanos el primer senador judío, la primera congresista judía, el primer senador de origen asiático, el primer asiático que llegó a juez federal, la primera mujer magistrada del Tribunal Supremo y, bajo George W. Bush, el primer secretario de Estado negro (Colin Powell), la primera secretaria de Estado negra (Condoleezza Rice) y el primer fiscal general hispano (Alberto Gonzales).
Probablemente Barack Obama es el Mesías (yo al menos he quedado convencido de ello en estas semanas), pero el “sueño” que tuvo Martin Luther King y él encarna le debe más al partido rival que al suyo propio.
Martín Alonso hace un magnífico resumen de la historia del sistema de partidos en Estados Unidos y de la evolución del GOP en su sorprendente conquista del Sur, feudo demócrata hasta que cuajó la revolución conservadora de Barry Goldwater primero y Ronald Reagan después.
Una nación cristiana
Esa revolución, que remite en buena medida -aunque no sólo- a las raíces espirituales de los Pioneros, reivindica América como nación cristiana.
El autor explica el papel de los puritanos y calvinistas en su conformación política. Pero a partir de la Segunda Guerra Mundial comenzó a librarse una batalla judicial del “secularismo militante” contra el cristianismo. Como instrumento, el Tribunal Supremo, cuyas interpretaciones forzadas de la Primera Enmienda han dado la vuelta al sentido de la Constitución para irle robando su fuerte carácter religioso.
Obama asistió a la iglesia antes y después de su toma de posesión, en la que intervinieron dos pastores y donde se rezó colectivamente un Padrenuestro. Pero eso contrasta con el rosario de sentencias realmente ridículas que, por ejemplo, declaran inconstitucional que un niño de guardería pregunte quién cumple años en Navidad, o que en un cementerio público haya macetas formando una cruz… por la “ansiedad emocional” que pueden producir (se entiende que a los vivos).
Los héroes y la cultura
Dos capítulos pasan revista a la historia militar de EEUU, con la emocionante narración de las únicas cuatro Medallas de Honor del Congreso entregadas desde la Guerra de Vietnam, todas a título póstumo: dos rangers caídos en 1993 en Somalia durante la batalla de Mogadiscio (imprescindible la película Black Hawk derribado, de Ridley Scott), y un soldado y un marine muertos en Irak tras mostrar un valor sin límites -uno se tiró encima de una granada para absorber el estallido y que no matara a sus compañeros-.
El último tercio de La ciudad en la cima se centra en aspectos culturales representativos del país.
Marín Alonso interpreta la novela Catch 22, de Joseph Heller (1961), contracultural en su tiempo, como un alegato por la autonomía del individuo que sirve hoy frente a la impuesta sinrazón de lo políticamente correcto.
Hace un excelente homenaje a la filmografía de Clint Eastwood viendo en Sin perdón (1992) un canto al espíritu de frontera: “Una apología de la justicia y de la inevitabilidad de la justicia para ejercerla”.
Y analiza el significado, mil veces debatido, de la canción American Pie (”Bye, bye, Miss American Pie…”) de Don McLean, como “un lamento contra la impostura en el nombre de la inocencia perdida”, la nostalgia de una América segura de sí misma antes de Vietnam, las revueltas de Berkeley y el LSD.
Por último, nos acerca a la esencia del football americano, al espíritu de sus profesionales (sufren en su madurez terribles secuelas físicas, padecidas con orgullo por el honor de haber luchado) y a las virtudes militares y cuasi-militares que encarna, hasta el punto de que “es casi una religión en las zonas más tradicionalistas”, y está constatada una correlación entre la afición al mismo y el voto republicano.
La esperanza del GOP
Porque ése es en el fondo el mensaje de La ciudad en la cima: Estados Unidos es una gran nación conservadora en los principios y costumbres que la han configurado como pueblo, y la aversión a unos y otras lo es también a la tradición política genuina del país. De ahí que el Partido Republicano, que desde los años 60 encarna esos principios y costumbres (antes eran compartidos con el Partido Demócrata), sólo tiene que rascar e insistir en ellos para resurgir de las cenizas en las que ahora se encuentra.
Un epílogo muy personal de Alonso, evocando ciudades, atardeceres y besos perdidos, pone un hermoso fin a este texto formativo, informativo y emotivo, plagado de hechos y de nombres, de anécdotas y de categorías, y sobre todo de buen gusto, criterio y sentimiento. Busca enamorarnos del país que ama… y lo conseguirá o no (allá cada cual), pero tras la lectura los Estados Unidos dejan de ser, para siempre, tierra ignota.
Publkicado en www.elsemanaldigital.com

Cargando...




