"El poder del hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les place."
C.S. Lewis

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Argumentos en favor de la libertad económica

Publicado por Jorge Soley Climent el 17 de Febrero de 2009 en Política y Sociedad.
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Desde el año 1986 el presidente de la Heritage Foundation, Ed Feulner, felicita las Navidades con la selección de un ensayo que aborda algún aspecto clave y que su fundación edita y envía a sus benefactores.

 La lista de autores de los ensayos publicados es realmente impresionante: Whittaker Chambers fue el primero, seguidos de Richard Weaver, Wilhelm Roepke, Russell Kirk, F.A. Hayek, William Buckley o Robert Nisbet entre otros. Este año le ha tocado a un economista menos conocido, Ben Rogge, pero no menos brillante.

Profesor de Economía durante toda su vida en Wabash College, Rogge tuvo una influencia capital en dos influyentes pensadores económicos: Milton Friedman y Thomas Sowell. Pieza importante en los inicios del Liberty Fund, fue también director de la Foundation for Economic Education y de la Mont Pelerin Society. El ensayo seleccionado este año por Feulner de entre la numerosa producción de Rogge se titula “The Case for Economic Freedom”, una cuestión candente y más necesaria que nunca con todo lo que está cayendo.

No pretenderemos resumir aquí todos los argumentos vertidos en el ensayo, pero sí queremos destacar algunos puntos que consideramos especialmente pertinentes. En primer lugar, y para sorpresa de muchos, que Rogge no basa su argumentación en favor de una economía libre en su mayor eficacia: “le doy relativa poca importancia a la demostrada eficiencia del sistema de libre mercado para promover el crecimiento económico y elevar el nivel de vida. De hecho, mi tesis principal es que la parte más importante de la defensa de la libertad económica no es su eficiencia como sistema para asignar recursos ni su fabuloso éxito para promover el crecimiento económico, sino más bien su consistencia con ciertos principios morales fundamentales“.

Esta fundamental dimensión moral de la economía explica que la mayor parte de la gente juzgue un sistema económico de acuerdo con su consistencia con sus principios morales antes que según su eficiencia. Así se entiende, como señala Rogge, que durante el siglo XIX, cuando la gente pensaba mayoritariamente que era responsable de lo que le ocurría, la libertad económica era respetada y valorada. En cambio, al extenderse la noción de que el hombre es víctima de su subconsciente o de su entorno, y en consecuencia irresponsable tanto de sus éxitos como de sus fracasos, el sistema basado en la libre empresa empezó a ser rechazado a pesar de su buen funcionamiento.

Precisamente, el concepto de responsabilidad es clave para entender la argumentación expuesta por Roge. Así lo afirma: “Creo que cada hombre es responsable último de lo que le sucede. Ciertamente, está influenciado por su herencia, su entorno, su subconsciente y la pura suerte. Pero precisamente lo que hace hombre al hombre es su capacidad para sobreponerse a esas influencias y cambiar su propio destino. Si esto es cierto, se sigue que cada uno de nosotros es responsable de lo que hace. La respuesta a la pregunta “¿Quién es el culpable?” es siempre “Mea culpa, Yo lo soy“.

El otro gran concepto que Rogge sostiene como pilar de su argumentación es la constatación de que el hombre es imperfecto, tanto en lo que se refiere a su conocimiento, como a sus elecciones, como a sus capacidades. En consecuencia, si el hombre es imperfecto, sus obras también lo serán, y tendremos que elegir entre distintos grados y tipos de imperfección. La obsesión por conseguir la perfección en este mundo no sólo es una locura, sino que acaba siempre por reducir la libertad.

A partir de estas premisas, Rogge entra en materia en su defensa de la libertad económica argumentando que ésta no es más que una parte de la libertad total. En consecuencia, “debe existir siempre una enorme presunción contra todas y cada una de las propuestas de limitación gubernamental de la libertad económica. ¿Cuál es entonces el problema con un sistema estatal de seguridad social obligatoria? Que le niega al individuo su libertad, su derecho a elegir lo que hará con sus propios recursos monetarios”.

Las consecuencias de esta visión son, como el propio Rogge reconoce, enormes: “Es increíble pensar en lo que este simple planteamiento provocaría en el aparato de control estatal en todos los niveles de gobierno. Eliminad de los libros toda la legislación que niega la libertad económica a los individuos y tres cuartas partes de las actividades que ahora asume el gobierno serían eliminadas”. Por supuesto Rogge no es un iluminado y es consciente de la dificultad de que un planteamiento así de claro sea aceptado de manera práctica, y confiesa: “No sueño con sueños irreales, no espero que llegue el día en que este principio de libertad económica como parte de la libertad total sea totalmente aceptado y aplicado. No obstante, estoy convencido de que a menos que este principio sea tenido en cuenta, a menos que los que examinan las propuestas de incrementar las regulaciones gubernamentales tengan en cuenta esta pérdida de libertad como un “coste” de la legislación propuesta, las posibilidades de que la libertad de empresa sobreviva son escasas. El potencial controlador siempre podrá encontrar razones por las que parezca conveniente controlar a los individuos; a menos que sea frenado por un sentido general de que es inmoral hacerlo”.

El segundo gran bloque de su argumentación, que también se basa en la idea de que las diferentes libertades forman parte de la libertad tomada en su conjunto y que, por tanto, la disminución de la libertad en un ámbito repercute negativamente en otros ámbitos, es la afirmación de que una reducción de la libertad económica redundará en reducciones de otras libertades, como la religiosa o la de expresión. Quienes se preocupan por la defensa de estas libertades no económicas harían bien, pues, en preocuparse cada vez que, en el ámbito económico, el gobierno reduce la libertad de los individuos. Con cada incremento de su poder económico, “el gobierno incrementa su poder para dar forma y controlar las actitudes, los escritos, el comportamiento de los ciudadanos”. No hay compartimentos estancos cuando se trata de libertades, y la reducción de una comporta, antes o después, reducciones en las otras. Una lección que, en los tiempos que corren, no deberíamos olvidar.

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