El triunfo de la fatalidad
Laureano Vallenilla Lanz, una de las mentes más lúcidas del novecientos latinoamericano, acuñó la noción de “cesarismo democrático” para señalar uno de los rasgos esenciales de la vida política llanera, profundamente necesitada, según él, de un gendarme necesario que encauzara las bajas pasiones de unas masas cerriles incapaces de vivir en un entorno democrático.
Décadas después del teorema positivista de Vallenilla, sus reflexiones sobre Venezuela parecen confirmarse. Pese al deterioro de su imagen de estadista y de esa telecracia que regenta con calculado desparpajo, Hugo Chávez ha vencido en el referéndum del 15F. Y lo ha hecho merced a una campaña avasalladora, con dinero del Estado, apoyado por el 54% del electorado, desafiando los aspavientos de una oposición que no supo presentar un proyecto coherente y eficaz.
Consciente del desgaste de la revolución bolivariana, Chávez intentó concentrarse en lo importante, en lo único imprescindible: conservar el poder. Para ello, apeló al viejo maniqueísmo que tan buenos resultados otorga en fueros latinoamericanos. El cosmos de los pobres contra el orbe de los ricos. El bien versus el mal. Estos galimatías populistas han otorgado réditos a incontables dinastías de caudillos mesiánicos. Aunque la crisis del petróleo arrecie, subsiste el temor visceral de amplios sectores del pueblo venezolano ante un posible retorno de la oligarquía y la partitocracia más rancia. Y no les falta razón. Parafraseando al intelectual peruano Víctor Andrés Belaunde “qué poco dirigente es la clase dirigente” latinoamericana. La venezolana, para más señas, se lleva el Oscar a la insensatez. Personajes como Chávez, Perón y Morales no emergen de las piedras. Son el resultado oprobioso de siglos de inercia elitista, de décadas de reformas inconclusas, de un túmulo de intentos fallidos. En todos ellos, la elite venezolana ha fracasado, creando con el barro de su impericia el Golem que ahora los gobierna.
Si durante la era espléndida del petróleo el paladín bolivariano demostró ser un pésimo gerente, hoy, traspasados de norte a sur por una crisis global que amenaza con liquidarnos, el panorama es sombrío. Con todo, los venezolanos han decidido sostener, por un margen suficiente, a un timonel cegado por el virus del personalismo. El liderazgo se combate con liderazgo y las ideas con ideas. Por eso, perturba comprobar cómo en toda Venezuela no ha logrado emerger un personaje que le plante cara al chavismo y que alcance el consenso de los grupos dispersos que se enfrentan al proyecto totalitario del partido socialista unificado de Venezuela. Ni siquiera ha sido posible enarbolar un programa claro, un gran proyecto nacional que blinde a la democracia venezolana de un retorno militar de las masas golpistas. Sin líder y sin ideas, el odio irracional a Chávez puede recuperar el poder, pero jamás conservarlo. Tarde o temprano, la revolución bolivariana, institucionalizada como el peronismo, regresará al Palacio de Miraflores. Por ello, cualquier triunfo opositor es relativo si el problema de fondo se mantiene, intacto, como una espada de Damocles que pende sobre millones de ciudadanos. Una coalición antichavista puede consolidar su caudal electoral, pero si al modelo bolivariano no se le opone una alternativa viable y orgánica es imposible convencer a Venezuela de la necesidad de un retorno de las instituciones. El “no” desnudo, por ahora, es insuficiente para echar a un déspota del trono. El chavismo es una espiral sin fondo y resurgirá cada cierto tiempo, azuzado por la inopia de unos partidos políticos incapaces de representar otros intereses que no sean los de sus donantes. España, Europa y el mundo libre han de rechazar cualquier intento contemporizador con un régimen cuyo mayor propósito es perpetuarse en el poder. A nadie le conviene un segundo Fidel Castro en Latinoamérica.
¿Es el chavismo, como algunos venezolanos argumentan, la idiosincrasia del resentido? Si es así, hay poco margen para maniobrar contra Chávez. Un país con enormes desigualdades, seguirá pariendo acomplejados a todo pulmón. El problema es otro. Articular un Estado democrático será inviable si los venezolanos no encuentran el camino para eliminar las profundas desigualdades que han sido capitalizadas por la revolución bolivariana. O los venezolanos arreglan el país y someten a sus fantasmas o hay chavistas para rato, con o sin poder.
Chávez, azote de judíos en el Caribe y martillo de europarlamentarios en el trópico, contempla ante sí una nueva aventura con posibilidades infinitas de demagogia. Reafirma, con la elección postrera, el respaldo político suficiente para llevar a cabo su programa híper socialista. Conoce las debilidades de sus enemigos, a los que hace morder el polvo por enésima vez. Aunque el petróleo lo traicione y tenga entre manos una crisis rampante, ha salido victorioso. Por ello, se regodea con la piel del basilisco que pretendió estrangularlo, consciente de ser el heredero absoluto de una tradición cesarista, auténtica lacra de gobierno que hoy se perpetúa con el triunfo de la fatalidad.
Martín Santiváñez Vivanco es Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas

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