"El poder del hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les place."
C.S. Lewis

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Slave to love: El extraño suicidio de América

Publicado por Henry Clay el 6 de Abril de 2009 en American Review.
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Los que pensaban en un edén de libertad tendrán que explicarse por qué la Administración americana despide empresarios, pretende cerrar emisoras de radio y señala con el dedo a periodistas.

 The Economist, la publicación para el hombre metrosexual y matizado, titula “El encanto irresistible de Obama”. El varón que firma el artículo no estaría tan en contacto con su lado femenino si tuviera que padecer ese encanto a todas horas desde la mañana hasta la noche, de costa a costa, por televisión y radio, en directo y en diferido. Es un encanto perfectamente resistible y un tedio imposible de resistir. Estoy seguro de que Gordon Brown, el Primer Ministro de esa islilla más pequeña que Oregon, no se rindió a la seducción del regalo que le hizo Obama de DVDs de saldo, que no puede ver por su enfermedad degenerativa de los ojos y porque el sistema de color americano es diferente al europeo. Y si la Reina Isabel se dejó impresionar por el delicado presente obamita de un iPod con los mejores discursos de Barack, no es la Reina Isabel de sus buenos tiempos. Me pregunto si la colección de grandes éxitos del teleprompter del Querido Líder incluye aquél en que presumía de que sus padres se conocieron en la Marcha por los Derechos Civiles de Selma (fecha de nacimiento de Obama: 1961; fecha de la Marcha: 1964); aquel otro en que fardaba de que su tío materno había liberado Auschwitz (Obama no tiene tíos maternos y Auschwitz fue liberado por los soviéticos); o el pronunciado el Día de los Caídos (en que, memorablemente el prócer mencionó lo orgulloso que estaba de ver a tantos de ellos en la audiencia). Me pregunto qué le habrá regalado al ruso - quizá una lata de spaghetti - o al chino - tal vez una sudadera de Shangai - o al español - a lo peor una postal de Oregon.

Barack Obama fue elegido de una manera hostil a los principios fundadores de este país y sobre la base de una plataforma ideológica en abierta contradicción con los mismos. Primero fueron los eslóganes, las pegatinas, las jaculatorias y los desmayos. Después la unción del elegido por los medios de propaganda y comunicación. Barack Obama nunca había tenido un puesto de trabajo previo a su “elevación” (digo bien) a la presidencia. Había pasado de sus labores como “organizador comunitario” (consistentes en registrar votantes demócratas en el distrito sur de Chicago), a ser absentista en la legislatura de Illinois, absentista en el Senado y ahora Presidente reacio a trabajar con papeles en el despacho oval, prefiriendo las entrevistas en la tele (con jumbotron y teleprompter, eso sí). No bien había sido elegido para algo, inmediatamente se embarcaba en una campaña para lo siguiente. Era un candidato cómicamente ayuno de formación o experiencia. Sus únicas asociaciones conocidas eran con un terrorista sin arrepentir, Bill Ayers, con un reverendo racista y pinturero, Jeremiah Wright, y con un hampón de Chicago, Tony Reztsko. Su único voto en años en el Parlamento de Illinois lo había sido en contra de la asistencia a niños viables que sobrevivían a la práctica del aborto. Su estilo retórico, con teleprompter, era propio de cualquier miss a la que le mola la paz en el mundo y, sin teleprompter, era tan lastimoso como para ruborizar a cualquier ministra de cuota.

Una vez elegido, Barack Obama ha encabezado la contrarrevolución autocrática que, fuerza es reconocerlo, le pedían sus lobotomizados votantes. El peor rebaño providencialista no es el de individuos hiper-idelogizados, sino el de aquéllos que renuncian a tener ninguna ideología independiente de la del líder, al que preguntan nada, de quien desconocen todo y en quien abdican la facultad de discernir y la responsabilidad de actuar. Ese es el movimiento que encabeza el holograma etéreo de Barack fabricado en las redacciones de los medios y en las empresas de publicidad. Dos meses después de la coronación enfervorizada, los harekrisnas que esperaban que Obama pusiera gasolina en sus coches, que pagara su educación y su sanidad y les pusiera vivienda, se han levantado de la cama debiendo colectivamente billones de dólares más e hipotecando el resto de sus vidas, las de sus hijos y las de sus nietos al servicio del crecimiento del Leviatán estatal, extraído por Obama, no de la Constitución americana, sino de la de Benito Mussolini. Aquéllos que se felicitaban de la recuperación de la libertad después de los años de plomo, ahora se encuentran con que no pueden aspirar a establecer un negocio sin temor a que el gobierno les despida y sin la certidumbre de que los impuestos les crujirán antes, durante y después del fatal dedo.

Los que pensaban en un edén de libertad tendrán que explicarse por qué la Administración americana despide empresarios, pretende cerrar emisoras de radio y señala con el dedo a periodistas. Los que auguraban el fin de las guerras y los enfrentamientos provocados por Bush nos harán el honor de enunciar el día y la hora en que al Qaeda dejó de existir, los talibanes de luchar y los iraníes de fabricar la bomba. Los que confiaban en el centrismo responsable y liberador y la seriedad y sofisticación de las grandes cabezas del obamismo analizarán hallazgos semánticos como la fórmula “operaciones exteriores de contingencia” para sustituir a la expresión “guerra contra el terrorismo” y la prohibición del empleo de expresiones como “terrorismo” (ahora “desastre causado por el hombre”) o “combatiente enemigo” y elucidarán por qué estos escarceos con Orwell son propios de sociedades democráticas.

Los europeos alborozados por el final del militarismo americano tendrán tiempo para asimilar que el final del poderío militar americano significará que las tortas les lloverán directamente y que además no tendrán a nadie a quien procesar por ello. Ser post-ideológico, post-contemporáneo y metrosexual está bien salvo que el guardaespaldas también quiera depilarse las axilas, entrar en la discoteca y bailar al son de “Slave to love”.

Y mientras, los americanos que creen que la Constitución no da derecho al gobierno a confiscar los bienes ajenos o a quitar y poner consejos de administración para que hagan los coches que le gustan a Obama y no los que demanda el mercado; los que creen que cercenar la libre empresa en nombre de la fantasía del cambio climático es tiránico; los que saben que la nacionalización de la sanidad arrebatará de las manos de los doctores las decisiones médicas y las pondrá en las de funcionarios armados de tablas de costes y precios; los que no quieren que Obama dirija las empresas, les sustraiga el fruto de su trabajo, el de sus hijos y el de los hijos de sus hijos; los que quieren oír las opiniones que les salgan de las narices en la radio; los que quieren llamar terroristas a los terroristas y no a los empresarios; los que preferirían que el estado les defendiera de sus enemigos exteriores, no que se excusara ante ellos; aquellos americanos, en fin, a los que la autocracia ñoña y hopey-changey no les cabe en los siete artículos de la Constitución, todos ésos tienen todos los motivos del mundo para lamentar que el país fundado por Washington, Franklin, Jefferson, Madison o Hamilton acabe por morir en la pleamar de Obama, Pelosi, Sean Penn y la CNN.

La América de los primeros ha dejado de existir. Una nación pusilánime traicionó en 2008 sus principios y su propia memoria, adoptando la tiranía de lo majo, vigente en Europa desde hace décadas, como el mejor y más lánguido sucedáneo de la libertad que sus padres creyeron construir para la posteridad. El resultado es la ruina económica, el ocaso de la libertad política y el desarme frente a “combatientes enemigos” y “terroristas” que no tienen empacho en serlo y que no desean “la paz en el mundo”.

La nación que prefiere el deshonor al peligro está preparada para un amo. Y lo merece

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