La diplomacia de Hillary
Cada vez resulta más evidente que si Barak Obama apostó por convertir a Hillary Clinton en su secretaria de Estado no fue tanto por sus propios méritos constructivos, sino para cercenar su potencial destructivo.
El problema es que el secretario de Estado debe ser una correa de transmisión del presidente norteamericano para ejecutar una visión del mundo. La visión que tiene el presidente, no el secretario. Y en este caso hay signos de que las divergencias están presentes. Basten dos botones de muestra.
Cuando la semana pasada fue secuestrado el capitán del portacontenedores de la Maersk, el Alabama, Hillary se precipitó a decir el día 9 en conferencia de Prensa que «la Administración está buscando una respuesta propia del siglo XXI» a la piratería. Seguro que la señora Clinton, al igual que el amigo de Obama en Madrid, no entendían que despachar a tres piratas de tres disparos fuese una respuesta del siglo XXI a la piratería. En todo caso, la secretaria de Estado no nos ha aclarado si esta es la política que quiere promover en el siglo XXI en las aguas de Somalia -algunos nos alegraríamos mucho de que así fuese.
Otro problema que se avizora entre Clinton y Obama parece surgir en torno al nuevo primer ministro israelí. Por más que pueda haber diferencias de fondo entre Obama y Netanyahu, el presidente norteamericano sabe que éste es el interlocutor que hay y procurará construir puentes con él. En cambio, el rechazo de Clinton -probablemente más proisraelí que el propio Obama- se funda en el despecho personal. En su primera etapa como primer ministro de Israel, Netanyahu visitó EE.UU. y tuvo la ocurrencia de reunirse con el reverendo Jerry Falwell, uno de los que estaba montando una de las campañas más duras contra Bill Clinton por sus escándalos sexuales. Y Hillary antepone ese rencor de antaño a su misión de hogaño.
Publicado en www.abc.es

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