"La superstición es la religión de los espíritus débiles."
Edmund Burke

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Los permisivos estándares de Massachusetts

Publicado por Jeff Jacoby el 26 de Junio de 2009 en American Review.
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“En Massachusetts los peores hombres llegan a la legislatura,” decía Gerry ante la convención, y “varios miembros de ese organismo han sido condenados últimamente por delitos infames.”

Que los legisladores de Massachusetts son un colectivo ruin no es exactamente una noticia de última hora. En sus notas acerca de la Convención Constitucional de 1787, James Madison registra los comentarios de Elbridge Gerry, delegado de Massachusetts y futuro gobernador, acerca de la calaña que se gastaban los políticos de Massachusetts:”En Massachusetts los peores hombres llegan a la legislatura,” decía Gerry ante la convención, y “varios miembros de ese organismo han sido condenados últimamente por delitos infames.” La Cámara del estado era un lugar en el que “hombres de bajeza, ignorancia y vileza no escatiman medios, por sucios que sean, para cumplir su objetivo.” No ha cambiado gran cosa en 222 años, excepto que ahora hay mujeres de bajeza, ignorancia y vileza que acompañan a los hombres.

Gerry estaba precisando que la democracia no es ninguna garantía de buen gobierno, puesto que los electores con frecuencia eligen a caraduras sin ningún mérito. Pero hasta él se habría quedado atónito ante la disposición de los votantes de Massachusetts de nuestros días a seguir votando a los vagos en lugar de expulsarlos. Año sí y año también, elecciones tras elecciones, la aplastante mayoría de los legisladores del estado sale reelegida, con frecuencia sin pasar al menos el trámite de un contrincante en las urnas. Nada de lo que hace la legislatura parece perturbar en absoluto a los electores el tiempo suficiente para marcar una diferencia en la Cámara de Massachusetts — ni conducir al estado a la insolvencia a base de gastar, ni aprobar la mayor subida de los impuestos de la historia de Massachusetts, ni frustrar iniciativas aprobadas por referendos, ni respaldar incondicionalmente a líderes legislativos corruptos, ni cubrir vacantes de funcionario con su parentela.

No es ningún misterio que tantos senadores del estado y representantes hayan hecho suya la lección de que el cabreo de los electores puede ser ignorado con seguridad — o, como mucho, apaciguado con un gesto. “Si a la gente no le gusta,” sugería la engreída legisladora estatal Joan Menard hace algunos años, cuando la legislatura estaba siendo castigada por haberse aprobado un incremento salarial “de emergencia” del 55%, “dejemos que se desfoguen con nosotros y… que se pase el chaparrón.”

Y pasar pasa, en general mucho antes del día de las elecciones. ¿Por qué debería ser diferente en esta ocasión?

El Globe informaba en una noticia de portada la pasada semana que “la cultura política y ética de la Cámara de Massachusetts ha alcanzado su punto más bajo en décadas” y que “los residentes de Massachusetts no están de humor para mostrar respeto a aquellos que forman parte de la legislatura.” Un representante del estado, Dennis Guyer, de Dalton, dice estar “atónito” al descubrir que la gente le manda a tomar viento con el dedo en la autopista. Lejos de estar sorprendidos, sin embargo, otros legisladores simplemente se muestran indiferentes ante la ira de la opinión pública. “Estamos desarrollando la importante labor para la que la gente nos envía a la Cámara,” dice el Representante David Linsky, Demócrata de Natick. No olvide al presidente de la Cámara Robert DeLeo: “No podemos dejar que un incidente destruya todo lo bueno que hemos hecho.”

Ya me perdonará, Sr. Presidente, pero es difícil para algunos de nosotros centrarnos en “todo lo bueno” que usted y sus colegas han hecho cuando su predecesor se convierte en el tercer legislador en serie en enfrentarse a cargos criminales. O cuando dos senadores del estado dimiten al ser imputados — uno por aceptar sobornos, el otro por acosar en público a las mujeres. O cuando una serie de informaciones aparecidas en la prensa denuncian los fraudes en virtud de los cuales los políticos elevan dramáticamente las pensiones financiadas por el erario público destinadas a ellos mismos y sus amigos. O cuando sus integrantes rechazan suprimir un par de “fiestas” falsas cuya única finalidad real es conceder dos días adicionales de vacaciones pagadas a los funcionarios públicos.

¿Incluye “todo lo bueno” que ha logrado la Cámara de Massachusetts la subida del 25% en el impuesto de venta a favor de la que votaron ambas cámaras legislativas? ¿Incluye la subida salarial automática que se embolsaron los legisladores este año mientras cientos de miles de residentes de Massachusetts perdían sus empleos? ¿Incluye la subida en el impuesto de las gasolinas que parece estar convirtiéndose en una costumbre?

La semana pasada, después de meses de escrutinio mediático, la legislatura votaba por fin a favor de eliminar parte de los abusos más notorios en el sistema público de pensiones. Para cualquier elector de Massachusetts que se respete, la medida llegaba tarde y mal; llegadas las elecciones de 2010, todavía tienen toda la intención de votar en contra de la hedionda cultura política de Massachusetts.

¿Pero cuántos votantes así hay? Los legisladores ya están echándose flores por haber dado “un paso monumentalmente importante” la semana pasada, y haber “empezado a restaurar la confianza de la opinión pública… en el gobierno.” Es difícil creer que alguien se vaya a tragar tan interesadas paparruchas. Una vez más, los electores de Massachusetts han tenido estándares demasiado permisivos durante demasiado tiempo. Como les podría haber dicho Elbridge Gerry.

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