La gasolina a ocho dólares y la agenda ecologista
Si los verdes y los alarmistas del calentamiento global quieren de verdad que el parque automovilístico estadounidense consuma menos energía, deberían pedir a gritos coches que ahorren menos. ¿Una locura, dice usted? Seguramente no será una locura mayor que la gasolina a ocho dólares.
En testimonio bajo juramento ante el Comité de energía y comercio de la Cámara la semana pasada, el Secretario de Energía Steven Chu era interrogado por algo que dijo el pasado septiembre. “De alguna manera,” decía el ganador del Nobel al Wall Street Journal, “tenemos que inventar cómo subir el precio de las gasolinas hasta los niveles de Europa.” En aquel momento, la gasolina en Europa rondaba los ocho dólares el galón. ¿Sigue queriendo el Secretario ver subir los precios de la gasolina en Estados Unidos hasta esas cotas, planteaba el Representante de Florida Cliff Stearns?
“En el clima económico actual,” respondía rápidamente Chu, “sería totalmente desaconsejable pretender subir el precio de la gasolina. Por esa razón pretendemos reducir la factura del transporte para la familia estadounidense… fomentando el uso de vehículos de ahorro en el consumo (y) desarrollando formas alternativas de combustible.”
El congresista no se resistió a hundir la daga hasta el puño.
“Sus declaraciones, ‘De alguna manera tenemos que inventar cómo subir el precio de las gasolinas hasta los niveles de Europa’ — ¿no suenan algo estúpidas en perspectiva?” preguntaba Stearns.
Chu: “Sí.”
Stearns no preguntó porqué Chu había dejado de ser “estúpido,” pero no se necesita de un doctorado en ciencias políticas para saber que querer precios más altos en el surtidor es una de esas cosas de las que se deja de hablar en cuanto se ocupa el puesto presidencial de una administración — presumiendo que se desee que el Presidente vuelva a salir elegido.
Pero aun así Chu no es en absoluto el primero en haber hecho un llamamiento a encarecer las gasolinas. Desde su primera campaña al Senado estadounidense en 1984 nada menos, por ejemplo, John Kerry ha defendido una subida de los impuestos de la gasolina de 50 centavos el galón. Muchos activistas del medio ambiente, alarmistas del clima y fetichistas del transporte público quieren ver encarecerse la gasolina — hasta niveles tan elevados como, sí, 8 dólares el galón. Contra más elevado es el precio en el surtidor, razonan, menor es la distancia que conducirán los estadounidenses, menos petróleo van a consumir, y más respetuosos con el medio ambiente serán sus estilos de vida.
“Espero que los precios de las gasolinas se disparen hasta donde sea necesario para sacar de la carretera a estos capullos de los Hummer enormes,” ha dicho Jack Cafferty, de CNN, al tiempo que el autor de Freakonomics, Steven Levitt, escribía en 2007 — en un ensayo titulado “¡Bravo por los elevados precios de la gasolina!” — que “en lugar de lamentarse por el elevado precio de la gasolina, deberíamos celebrarlo.” El año pasado, Thomas Friedman, del New York Times, cantaba las alabanzas de la gasolina a cuatro dólares, y expresaba su deseo de que “Washington manifieste su deseo de no dejar que el precio baje nunca de ese nivel.” Incluso Barack Obama, preguntado en campaña si los astronómicos precios de la gasolina eran realmente algo bueno, solamente puso pegas a la velocidad a la que se habían disparado. “Creo que sería preferible un ajuste gradual,” decía a la CNBC.
Esas son opiniones marginales, por supuesto. La mayor parte de los estadounidenses no consideran al coche como un capricho y no culpan a la actividad humana del calentamiento global, de forma que no hace falta decir que la mayoría de ellos no quiere que los precios suban. En el caso de aquellos que piensan que los coches son una maldición y que el cambio climático está provocado por el hombre, sin embargo, tiene todo el sentido del mundo pedir una gasolina más cara.
Suba el precio de algo lo bastante e invariablemente reducirá la demanda de ese algo. Ese es el motivo de que el acusado incremento de los precios de la gasolina el año pasado redundara en que se cogiera al coche menos y la distancia recorrida se desplomara. Si su meta es que haya menos todoterrenos de lujo, se utilice más el transporte público y que haya menos emisiones de dióxido de carbono, imponer precios de la gasolina de corte europeo a los conductores estadounidenses es una estrategia bastante buena. A la inversa, es hipócrita — o ilógico por lo menos — “decir que se está muy preocupado por el calentamiento global y defender que el precio de la gasolina baje, como declaraba a Newsweek el consejero delegado de AutoNation Mike Jackson la semana pasada. “Son conceptos mutuamente excluyentes.”
Y aun así, defender que los precios de la gasolina bajen es esencialmente lo que hacen los ecologistas al pedir a gritos coches de ahorro en el consumo. En igualdad de condiciones, elevar los estándares de ahorro en el consumo reduce la factura de coger el coche. Como decía correctamente ante el Comité de la Cámara el Secretario Chu la semana pasada, “fomentar vehículos de consumo eficiente” es un medio de “reducir la factura del transporte.” Pero abaratar la conducción se traduce en mayor conducción, y mayor conducción se traduce en mayor consumo energético, más coches en circulación, más demanda de autopistas, más perforaciones en busca de crudo — todas las cosas que aborrecen los ecologistas.
Si los verdes y los alarmistas del calentamiento global quieren de verdad que el parque automovilístico estadounidense consuma menos energía, deberían pedir a gritos coches que ahorren menos. ¿Una locura, dice usted? Seguramente no será una locura mayor que la gasolina a ocho dólares.

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