Contradicciones morales del progresismo
No es tanto un problema de principios, como uno de cara dura.
Aclaro que hablo aquí de “progresismo” para referirme a esa amalgama, más o menos dominante, de tópicos, buenas intenciones, errores intelectuales, medias verdades y corrección política. Aunque, ciertamente, se nutre también de algunas teorías, o fragmentos de ellas, con más éxito del merecido. El progresismo no carece de principios, pero los tiene desordenados, descabalados. Pero lo más interesante reside en sus contradicciones morales, que se manifiestan, por ejemplo, en su actitud hacia el orden internacional y la convivencia entre las naciones. Los principios valen, según y cómo. Así, la democracia. Su valor depende de que albergue o no a un Gobierno progresista. En suma, que una dictadura comunista es preferible siempre a una democracia capitalista (expresión ésta que para unos encierra una tautología y para otros una imposibilidad). Lo mismo cabe decir de los derechos humanos, convertidos para el progresismo en arma arrojadiza de propaganda.
En estos últimos días han proliferado los casos en los que el progresismo ha exhibido su extravagante y oscilante tabla de valores. Citemos algunos. El caso de China ha sido, en este sentido, ejemplar. Y no ha importado que la minoría agredida haya sido la musulmana, tan querida, vaya usted a saber por qué, por el progresismo. Tampoco ha sido relevante el hecho de que el gobierno de Pekín intente resolver la crisis a golpe de pena de muerte. Es, por cierto, esta institución, la pena capital, uno de los mejores ejemplos de la contradicción moral (si se prefiere, cinismo) del progresista: execrable, pongamos, en Texas, pero respetable en Cuba o China. España no ha sido menos que otros países. De llamada a consultas al embajador en China, nada de nada. Asunto interno. Irán tampoco le ha ido atrás. Apenas alguna queja sobre el fraude electoral y la represión de la oposición. Una vez más, el islamismo radical como compañero de viaje del progresismo. Podríamos seguir: Irak, Afganistán,… O el G-8. Dado que al frente de la gran potencia hay un progresista, o, al menos, alguien idolatrado por ellos, la denuncia de la insolidaridad internacional, del egoísmo de los ricos y de la rapiña capitalista está siendo, al menos de momento, casi inexistente. Pero existe un caso, pequeño en dimensiones, pero enorme como síntoma: Honduras. Y aquí no han faltado tampoco algunas compañías inesperadas. Casi unanimidad en la condena del “golpista” Micheletti y casi unánime adhesión al “despojado” Zelaya. Tengo por costumbre recelar de todo lo que apoyan personajes como Chávez o Castro. Y aquí he seguido, en principio, la saludable pauta, a pesar de la posición de Estados Unidos, de la Unión Europea y de la ONU. Pero existe un “pequeño” problema. La Constitución hondureña prohíbe la reelección del presidente. A pesar de ello, Zelaya aspiraba a ser reelegido en 2010. Para ello, convocó un referendo ilegal. El Parlamento y la Corte Suprema rechazaron la medida. El ejército, también. Al margen de la valoración de la actitud de Micheletti, lo cierto es que el primero que vulneró la Constitución fue Zelaya. Pero como quiera que Zelaya está apoyado por esos dos apóstoles el progresismo, Castro y Chávez, aquí el golpista es Micheletti. Y es que, claro, la limitación de los mandatos es esa pérfida institución liberal que impide que los déspotas se perpetúen en el poder. Pero lo cierto es que si Zelaya no puede ser depuesto por la fuerza, tampoco puede permanecer en el poder contra la Constitución, es decir, por la fuerza.
Pero la práctica y la teoría no suelen fallar. Si un progresista y otro que no lo es hacen lo mismo, en realidad no hacen lo mismo. Lo que en uno es afán justiciero, en el otro es abuso de poder. Uno puede aplicar la pena de muerte, el otro, no. Uno nunca puede violar los derechos humanos, ya que ellos son la expresión del progresismo; el otro, casi lo hace necesariamente. Uno nunca da un golpe de Estado, si acaso hace la revolución; el otro, es un golpista aunque gane las elecciones. En realidad, no es tanto una cuestión ideológica, intelectual o moral, como un problema de cara dura. Ésta es otra de las cualidades habituales del progresismo.
Publicado en www.gaceta.es

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