"To be conservative is to prefer the familiar to the unknown, to prefer the tried to the untried, fact to the mistery, the actual to the possible, the limited to the unbounden, the near to the distant, the sufficient to the superabundant, the convenient to the perfect, present laughter to utopian bliss."
Michael Oakeshott

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Medio siglo sin Foxá

Publicado por Álvaro de Diego el 14 de Julio de 2009 en Cultura y Libros.
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El olvido actual hunde sus mimbres en una significación política que el escritor despejó con gracia: «Soy rico, soy conde y soy gordo, ¿cómo no iba a ser reaccionario?».

 Julián Marías acuñó el concepto «espesor del presente» para referirse al pasado cultural reciente que sigue vivo a través del diálogo con los autores desaparecidos. A su juicio, España ha ofrecido un «espesor» mayor que su entorno europeo, manteniendo «vivos» a Ortega, la generación del 98 o Galdós. Sin embargo, no se le ocultaba al filósofo la operación política consistente en arrojar al «páramo cultural» toda la creación literaria de la posguerra franquista.

Es éste el motivo del eclipse público del escritor y diplomático Agustín de Foxá (1906-1959), de quien se ha cumplido ahora el cincuenta aniversario de su fallecimiento. César González-Ruano reseñó el óbito en ABC, diario en el que el difunto había publicado la mayor parte de sus colaboraciones periodísticas. Apuntaba así cómo el conde de Foxá murió junto a su madre, gozando del inhabitual regalo divino de «desnacer en los brazos donde se ha nacido». El olvido actual hunde sus mimbres en una significación política que el escritor despejó con gracia: «Soy rico, soy conde y soy gordo, ¿cómo no iba a ser reaccionario?». Foxá fue amigo personal de José Antonio Primo de Rivera, perteneció a Falange e incluso participó en la confección del Cara al sol. Con semejantes antecedentes y adscripción social, hubo de escapar de la persecución en el Madrid revolucionario de la guerra civil. Recurriendo a sus credenciales diplomáticas, obtuvo un destino en la legación republicana en Bucarest, donde, mientras que entretenía al Palacio de la Santa Cruz, colaboraba con la representación oficiosa de la España franquista. La situación hubiera asemejado un sainete de no haberle precedido cinco traslados domiciliarios en Madrid bajo la permanente amenaza del fusilamiento. Incorporado a la zona sublevada, concluiría a finales de 1937 su obra más conocida, Madrid de corte a cheka, una novela de magnífica factura literaria y marcada inclinación ideológica. El Madrid de Foxá, en opinión de Martínez Cachero, es el de la Restauración canovista prolongada hasta Alfonso XIII, y el del barrio de Palacio y el parque del Retiro; «ambos -historia y espacio-, impregnados de la sentimentalidad de quien retiene codiciosamente sus recuerdos infantiles y adolescentes». Unos recuerdos que mancilla el saqueo, físico y moral, de la revolución frentepopulista.

Foxá anunció su relato como el primero de unos nuevos episodios nacionales finalmente fallidos. Quizás esta específica renuncia literaria haya reforzado su confesa pereza. Esta fama la desmiente el simple repaso al resto de su producción literaria en las obras completas compiladas por Prensa Española, pero no refuta a Luis Alberto de Cuenca, para quien el conde, genial conversador, estaba «más atento siempre a tomarse una copa en buena compañía que a limar sus propios versos». Foxá se estrenó con la poesía. Ligado al tardomodernismo, publicó en 1933 La niña del caracol. A esta obra siguieron El toro, la muerte y el agua (1936), El almendro y la espada (1940), Poemas a Italia (1941) o El gallo y la muerte (1948). En teatro produjo Cui-Ping-Sing (1938), Gente que pasa (1943), Baile en Capitanía (1944) o El beso a la bella durmiente (1948). La primera de las piezas constituye una llamativa salvedad a su compromiso literario. Sitúa la acción en la lejana China, en una pulsión nostálgica indefectible hacia un mundo, delicuescente y frágil, perdido para siempre. En Foxá, que se retrató «con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro», la melancolía se alza por encima del circunstancial -e inefable- débito ideológico.

Por lo demás, resulta significativo que el escaso «espesor de presente» que pueda concitar se ciña a su labor periodística. Al periodismo atribuyó su ingreso en la Real Academia Española. Y en ningún género brilló más que en la escritura de urgencia. A fin de cuentas, la entrega a lo efímero es la divisa del melancólico. Su dilatada actividad diplomática le facilitó amplios temas y escenarios para deslizar su pluma fácil, vasta erudición y garbo imaginativo. Publicó centenares de artículos, fundamentalmente en ABC. En la Finlandia de la Segunda Guerra Mundial conoció a Curzio Malaparte, que se jactaría luego de lanzarle a la fama -por incluirle como personaje en su novela Kaputt-. El excéntrico toscano ladraba con los perros y, desde su casa sobre los acantilados de Capri, dibujaba una Europa asomada al abismo. También describió a un conde de Foxá «cruel y funesto como todo buen español». Una imagen poco adecuada a quien se definía «con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo». Recuerdo infantil de una vida «parada y definitiva» en las largas tardes del Retiro que el escritor se llevó consigo hace ahora cincuenta años.

Publicado en www.abc.es

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