No hay almuerzos gratuitos
El Gobierno viene en nuestra ayuda con una política sacada de nuestra propia despensa.
Ya lo decía Milton Friedman: “No hay almuerzos gratuitos”. Todos los paga alguien: con frecuencia, el Estado. O sea, nosotros, los ciudadanos. Pero, entonces, ¿por qué todos pedimos que nos inviten a comer? Porque esperamos que la factura la pague otro: que sean los impuestos de otros los que atiendan ese gasto que nos favorece. Aunque esa esperanza suele estar equivocada.
Durante muchos años, pensamos que lo que ahora se llaman los “estímulos fiscales” no eran eficaces. Dábamos varias razones para ello: sus efectos suelen llegar tarde, no son sostenibles, fomentan la actividad en sectores que no son los más adecuados para el crecimiento a largo plazo, se prestan al pasteleo político… Y, sobre todo, que, al final, alguien tiene que pagar la factura: a los ciudadanos ya se nos encoge el ombligo pensando en los aumentos de impuestos que nos esperan, probablemente antes de estar fuera de la recesión.
Esto lo expresábamos con un nombre pomposo, en inglés, claro (los economistas somos expertos en encontrar palabrejas que suenen bien): crowding out, traducido como “efecto expulsión”: el gasto del sector público expulsa al sector privado; lo que gasta el Gobierno no lo puede gastar el ciudadano. Porque el Gobierno tiene que financiar su gasto con deuda, y la emisión masiva de deuda pública eleva los tipos de interés, y reduce la oferta de crédito para el sector privado.
Pero, me dice el lector, esto no vale ahora, en una recesión, cuando el sector privado no lleva a cabo proyectos. Sí, hay muchos menos proyectos, tanto de inversión como de consumo. Pero el crédito sigue siendo escaso. Y aquí entra en juego el sistema financiero.
Pregunte a cualquier entidad financiera en estos días, y le dirán que hay crédito, pero para proyectos solventes y con capacidad para atender sus obligaciones (devolver el crédito). Yo no sé si la crisis financiera se ha acabado o no; en todo caso, la banca sigue bloqueada por la no apertura de los mercados mayoristas de fondos. El BCE acaba de darles fondos abundantes a un año, pero la banca presta a varios años, y no tienen ninguna seguridad de que dentro de un año los fondos privados fluyan de nuevo con regularidad. De modo que los bancos tienen un año de tranquilidad… pero sólo un año. Por eso se resisten a prestar. Por eso y por otras razones: porque usted y yo somos los mismos que hace tres o cuatro años, pero nuestro crédito ha perdido calidad, solvencia y liquidez. Ya no depende sólo de usted o de mí: si nuestros clientes no pagan, nosotros resultaremos insolventes.
Ya tenemos todos los elementos del rompecabezas. El déficit del Gobierno aumenta el riesgo de su deuda. Los mercados internacionales se resisten a prestarle, si no es a tipos de interés más altos. El Gobierno, lógicamente, busca financiación barata, y acude a los bancos y cajas de ahorro nacionales. Les ofrece, es verdad, una rentabilidad muy baja, pero al menos la deuda pública es segura - desde luego, más que buena parte de la deuda privada-, y eso interesa a la banca. Y así se junta el hambre con las ganas de comer: el Gobierno se financia a costa del crédito al sector privado, y el efecto expulsión vuelve a cumplirse.
No hay almuerzos gratuitos. Todos queremos que el Gobierno nos dé de comer, sin esperar: la lista de solicitudes es larguísima. Y el Gobierno viene al rescate, con una generosa política de gasto… que está sacando de nuestra propia despensa, con la cooperación de la banca.
Publicado en www.gaceta.es

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