¿Qué hacemos con Hispanoamérica?
Que la política del gobierno español es errática ya lo sabemos. Que la política exterior es confusa, ideologizada, de partido más que de Estado, también es sabido. De repente se plantan en España dos dictadorzuelos y sacan al gobierno todo lo que quieren, o al menos esa impresión dan, y los españoles seguimos sin saber cuál es el objetivo de esos movimientos diplomáticos, habida cuenta de que vemos que los intereses españoles en América están desprotegidos y los ciudadanos españoles abandonados a su suerte.
Por otro lado, internamente, el nacionalismo vasco-catalán resurge con fuerza cuanta más crisis haya, tras haber obtenido del gobierno lo impensable hace pocos años, tanto en lo que concierne a los presupuestos como a prebendas políticas. Incluso de forma pintoresca y aldeana proponen referéndums por la independencia como si necesitaran drogar a sus huestes con ilusiones de logros inmediatos.
El nacionalismo, históricamente, surge cuando se dan dos factores casi simultáneamente: una depresión económica por un lado y, por otro, una falta intelectual de conocimiento real de qué se es y de cuáles son los elementos integradores de una sociedad. Dejamos aparte las caducas concepciones humboldtianas sobre el lenguaje que impregnan los nacionalismos españoles.
Tal vez este resurgir nacionalista venga del poder hipnótico de las crisis, que tienen la capacidad de producir el grito de “sálvese quien pueda” con el que se autojustifican los nacionalistas. Pero mucho más importante es el factor de la unidad intelectual porque afecta no solo a los movimientos nacionalistas sino a la unidad e integridad de toda España y el papel de sus relaciones exteriores.
El pensamiento regeneracionista español, que en sentido lato puede cubrir el último tercio del siglo XIX y principios del XX hasta la guerra civil, siempre ha mirado hacia fuera para encontrar la solución a los problemas de España. Incluso es frecuente todavía oír en la radio y la televisión eso de que “deberíamos hacer esto o lo otro como en Francia o como en Estados Unidos o como los ingleses”. Está tan arraigado ese sentimiento que nadie piensa que lo genuinamente español también puede ser una solución a nuestro futuro. Es el malinterpretado grito unamuniano “que inventen ellos”.
La élite intelectual española, ideologizada al máximo con doctrinas extranjeras que ya en tiempos lejanos producían la crítica de algún ilustrado liberal como Larra, no ha sido capaz de ver que España se ha constituido a dos ritmos, en dos áreas geográficas distantes pero con un solo impulso. Desde Unamuno a Ortega se vio lo español como lo pintoresco, lo caduco, lo reaccionario y lo clerical, con un prejuicio tan fuerte que se veía decadencia donde no la había. Recordamos aquí las injustas críticas de Ortega a la cultura española finisecular y contemporánea suya contenidas en su España Invertebrada (1921). Ortega y los intelectuales españoles no eran capaces de ver el momento de esplendor de las artes y las letras en el que estaban inmersos, o no querían verlo mientras suspiraban por Alemania o Francia.
Sin embargo, Julián Marías, discípulo de esa generación de pensadores, fue de los pocos españoles que entendió la realidad española en toda su historicidad. No hay más que repasar su ensayo España ante la Historia y ante sí misma (1898-1936), publicado en 1996, para ver lo que Ortega no vio de su realidad española circundante.
La aportación de Marías al tema de Hispanoamérica es, no obstante, la más pertinente en estos tiempos de incertidumbre exterior. Su propuesta es sencilla: España frente a Hispanoamérica debería funcionar como “plaza mayor”, lo que él llamaba “plaza mayor de las Españas”, así, en plural.
La plaza mayor de un pueblo español es el lugar de encuentro por naturaleza, es donde se charla, donde se ocupan los momentos de ocio y por supuesto donde se comercia en equilibrada competencia o se intercambian los bienes necesarios los días de feria.
Esta idea tan típicamente española, exportada a Hispanoamérica y visible en todas sus ciudades, resulta ser la metáfora de la relación de la España europea con la España americana, o de ultramar, como se decía en el parlamentarismo decimonónico.
España respiró con dos pulmones y está tocada de muerte desde que se le extirpó uno de ellos. Respira penosamente y ya no sabe quién es porque dio la espalda a su otra mitad.
La España americana, la Hispano-América, a su vez, se dejó fascinar por el mismo mal. Renegando de su origen español miró a Francia y se dejó rebautizar como Latinoamérica para atraerla a su maltrecho y artificial imperio. Ahora mira a Estados Unidos con recelo por un lado y con admiración por otro. Pero con el tiempo, la disensión interna, la falta de unidad y de sentido cerraron las puertas de una Europa que no hablaba su idioma y a la que no pertenecía. Los Estados Unidos los aceptan a regañadientes. Las Españas siguen entonces en un lento vagar en solitario.
Paradójicamente, lo que no ven los políticos ni los intelectuales desde sus pedestales, lo ven los necesitados de ambos lados. Los hijos de aquellos españoles que otorgaron la independencia a las repúblicas nacientes como quien se libra de una pesada carga, con una mano delante y otra atrás, buscaron en América su supervivencia, y los nietos y biznietos de estos vuelven a España en los últimos años en busca de lo mismo que buscaron sus abuelos antes que ellos, a veces como mano de obra especializada, otras, muchas, como estudiantes sedientos de innovación cultural cuyos vehículos de transmisión son las universidades e institutos científicos españoles. La transmisión de ciencia y conocimientos entre ambas Españas sale espontánea, la ciencia y la cultura españolas “abre mercado” en Hispanoamérica de forma natural, casi sin proponérselo, como si fuera parte de sí. Así lo vivimos cotidianamente muchos españoles pero cuesta reconocer a un nivel institucional, y no digamos político, la obviedad de nuestro sentir común, a pesar de la riqueza de nuestras diferencias.
España puede y debe convertirse en plaza mayor de lo hispano y debemos hacer que esta unidad perdure mirando al pasado para entendernos y creando la esperanza de que en el futuro podemos trabajar juntos. Los diferentes países hispanoamericanos, a veces enfrentados por rencillas absurdas y por intereses muy particulares con nombre y apellido, deben aprender a ver en España lo que les constituye como parte del mundo occidental y poder entenderse a sí mismos.
A un gobierno esta tarea le sobrepasa porque no son los Estados sino las sociedades las que construyen este tipo de relaciones tan hondas. En todo caso a los gobiernos habría que pedirles que no molesten, que no politicen las relaciones de los ciudadanos de uno y otro lado, que tengan altura de miras, que conozcan la razón histórica de las Españas y que, en todo caso, ayuden a que la sociedad establezca esos lazos que ya mantiene diariamente en paralelo a la administración pública.

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