¿Qué pasa con Minnesota?
Una comedia política en tres actos.
Acto I (Enero de 2009)
En 2004, coincidiendo con la reelección del presidente George W. Bush, el autor liberal-progresista Thomas Frank publicó un libro que se convertiría en “best-seller”, What’s the matter with Kansas? con el subtítulo “Cómo los conservadores ganaron el corazón de América”, y que se convirtió en una obra de referencia obligada para los demócratas, especialmente jaleada por el “establishment” progre. En 2008, con la victoria presidencial de Barack Hussein Obama y el consiguiente caos de la elección para el senador federal en Minnesota, es legítimo que los liberal-conservadores nos preguntemos “¿Qué pasa con Minnesota?”
El genial y siempre recordado William F. Buckley, Jr. en sus artículos hacía reflexiones casuales, a vuelapluma, sobre diferentes aspectos de la cultura popular americana. Recuerdo, por ejemplo, que en una ocasión se preguntaba con cierta preocupación por qué los católicos, en los servicios religiosos, necesitaban dedicar tanto tiempo a cantar (por supuesto, no se refería al gregoriano). O por qué los hombres adultos americanos tenían tanta afición y vestían con tan demasiada frecuencia pantalones cortos. Sobre Minnesota dejó escrita una breve y lapidaria reflexión: “Minnesota y el sentido del humor son incompatibles”
Puede parecer una opinión excesiva, pero la reacción de una gran mayoría de los ciudadanos de Minnesota ante la película de los hermanos Cohen, Fargo, fue una demostración de la aguda reflexión de Bill Buckley. Otro ejemplo: ¿se acuerdan del sargento Kania? El policía guapo que todos los días peinaba su rubio cabello y se apostaba en los retretes de caballeros del aeropuerto de Minneapolis para actuar como cebo a los homosexuales desesperados. Me imagino las reflexiones del maestro Buckley: “¿No hay otros asuntos más urgentes para la policía de Minnesota?”, o bien: “¿Por qué demonios los retretes americanos están intercomunicados por la parte baja?”
El plúmbeo escritor de Minnesota, Garrison Keillor (un escritor pesado también es una forma de carencia de sentido del humor, aparte de mostrar poca caridad pública, como pensaba Ortega), no hace mucho escribía en su columna habitual: “Minnesotans are a humorous people and we are attempting to elect a comedian to the U.S. Senate, which is delicate work, as you might guess.” (Star Tribune, Minneapolis, 4 de enero, 2009). Bueno, es exactamente lo contrario, y Talleyrand alucinaría: tratar de elegir a un comediante para senador de los Estados Unidos no demuestra tener sentido del humor, es simplemente una estupidez. Si a la vez “tratar de elegir” esconde, como muchos sospechan, corrupción electoral, además de una estupidez es un crimen.
Resido parte del año en Minnesota, porque mi esposa y su familia son nativos de este gran estado, y mis hijos han crecido en él. Amo su naturaleza, sus bosques, lagos y ríos, sobre todo el Mississippi que nace en el lago Itasca, muy cerca de la cabaña familiar, y pasa al lado de nuestra casa en Saint Cloud. Disfruto los cortos veranos y los largos otoños y, gracias a mis hijos, he aprendido a tolerar la nieve y el frío de los inviernos (hasta cierto punto).
Minnesota ha dado al mundo grandes artistas, como los grandísimos escritores Sinclair Lewis y F. Scott Fitzerald (Keillor siempre será un enano comparado con ellos), como Bob Dylan y Prince en la música moderna rock y pop, y asimismo inolvidables actrices de Hollywood como las tres Jotas: Jane (Russell), Judy (Garland) y Jessica (Lange). Pero en la política, la lista de los aburridos, sin sentido del humor, es notable: la feminista Clara H. Ueland y el congresista republicano Andrew J. Volstead, inspiradores de la infame Ley de la Prohibición de 1919 (Volstead Act), a los que el gran H. L. Mencken senaló como los más estúpidos y aburridos políticos de su época, el comunista Gus Hall, los demócratas Hubert Humphrey, Walter Mondale, Eugene McCarthy, Paul Wellstone, y Mark Dayton, el republicano Tim Pawlenty, e incluso un representante demócrata de cuyo nombre no me acuerdo (el primer negro converso al Islam en el Congreso de los Estados Unidos), etc.
Agreguemos también algunos payasos sin gracia, como Jesse Ventura y Al Franken. Mi tesis es que el éxito electoral hace años de Ventura para gobernador y el de Franken ahora para senador, son una prueba de la falta de sentido del humor de los votantes de Minnesota, ya que no han percibido que tales candidatos eran una broma que no había que tomar demasiado en serio. Al votar en serio a un candidato payaso, mejor o peor humorista, lo que se demuestra no es sentido del humor, sino, como hace Keillor, confundir el culo con las témporas (por cierto, su recurrente referencia al presidente Bush como “The Current Occupant” ni es ocurrente ni tiene gracia).
Finalmente, Minnesota es un síntoma de cómo un Estado con reputación de seriedad y honestidad públicas puede corromperse políticamente, según las investigaciones del especialista en fraudes electorales, John Fund (autor de un libro que todos los electores americanos deberían leer, Stealing Elections, San Francisco, 2004), gracias al dinero de George Soros a través de organizaciones como MoveOn.org y ACORN, con la colaboración -también hay que decirlo- de la nefasta Ley McCain-Feingold sobre la financiación de las campañas electorales. En su libro, Fund cita unas palabras de Donna Brazile, la manager de la campaña Al Gore en el 2000: “Al Gore ganó el voto popular. Hice mi trabajo con el resultado de la votación. No hice el recuento.” Inevitablemente nos recuerda a otra cita que Larry J. Sabato incluyó en su excelente libro sobre aquellas elecciones (Overtime! The Election 2000 Thriller, New York, 2002), de Stalin: “Los que votan no deciden nada. Los que cuentan los votos deciden todo.”
Aunque de momento se ha “certificado”, tras el recuento, que Franken tiene una ventaja de 225 votos, Coleman ha recurrido ante la justicia (”election contest”). Los argumentos del profesor de Derecho Constitucional Michael Stokes Paulsen son plausibles y sólidos: la norma jerárquica superior es la resolución de la Corte Suprema en el caso “Bush vs. Gore” (2000), en referencia al caso de Florida, y por tanto, según la misma, el recuento en Minnesota ha sido anticonstitucional (The Wal Street Jounal, 15 de enero, 2009, p. A11). La plaza de senador está vacante, y el gobernador Pawlenty, según la Constitución, debería nombrar uno hasta que se celebren nuevas elecciones. Además, en cualquier caso, el consuelo que nos queda es que una clara mayoría de electores votaron contra Franken (aproximadamente 1.688.000 frente a 1.212.431); por tanto puede que el sentido del humor no se haya perdido totalmente en Minnesota. Y, por cierto, entre los políticos, también hay excepciones al aburrimiento, como la representante Michele Bachmann (la única de la clase política que percibió con claridad, y tuvo el valor de decirlo, que Obama era el candidato favorito del anti-americanismo internacional) y el propio senador Norm Coleman, cuya victoria en 2002 contra Walter Mondale fue una victoria contra el aburrimiento absoluto.
Acto II (Verano de 2009)
Todos sabemos ya cómo se resolvió el problema durante las plácidas vacaciones del verano. Gracias, no a la democracia (vox populi, vox Dei), sino a la voz de tres jueces, Minnesota tiene como senador a un payaso sin gracia, aunque muy liberal como Obama.
Por una diferencia de 312 votos entre un total de 3 millones, con recuentos seleccionados arbitrariamente. Aunque podía recurrir a la Corte Suprema y de hecho en enero había denunciado la manipulación del proceso por ACORN (esa asociación de colegas de Obama, de “organizadores comunitarios” dedicada a actividades variopintas), Norm Coleman ha preferido tirar la toalla. No perdió las elecciones, sino la batalla para detener a los comités estatales de cambiar las reglas del recuento. La lección que los republicanos deberían aprender de Minnesota -subraya en un editorial el Wall Street Journal (The “Absentee” Senator) el primero de Julio de 2009- es que las elecciones hoy no concluyen cuando los electores emiten sus votos, sino después de que los abogados los cuenten.
El gobernador Pawlenty, con su talante melifluo, “imparcial”, y en definitiva ineficaz ante la crisis del recuento, puede incluir en su CV un desacierto más a la lista de sus errores políticos pasados (él fue el primero y casi único, muy temprano, en avalar la absurda candidatura presidencial de un senil McCain, cuando la mayoría de los electores republicanos de Minnesota en las primarias votaron a favor de Romney; él tuvo alguna responsabilidad política en el derrumbe del puente sobre el Mississippi en las Twin Cities; él se opuso a la candidatura como VP de Sarah Palin, cuando gracias a ella se vislumbró la posibilidad de frenar a Obama, hasta la fatal crisis financiera general, y aún así gracias a ella la derrota de McCain no batió todos los récords de la historia; pese a ello, Pawlenty nunca ha tenido la hombría de defenderla contra los ataques injustos y burlas de la progresía, fuera y dentro del propio Partido Republicano …). Dicho esto, pienso que Pawlenty es un político relativamente honrado y, si quiere aspirar a la presidencia, debe espabilarse y ser más claro en la defensa de los valores e intereses conservadores americanos, dejando los juegos o posturas “centristas” a lo McCain, y no hacer caso de las recomendaciones de su periódico local en las Twin Cities, The Star Tribune. La única esperanza que nos queda ahora es que el próximo gobernador de Minnesota sea Norm Coleman, y que en un futuro no lejano Michele Bachmann desplace al payaso progre, corrupto e incompetente Franken del Senado.
Como despedida del verano, en el fin de semana del Labor Day en la cabaña familiar junto al lago Boulder, entre Dorset y Nevis, leo en Star Tribune (5 de septiembre, 2009), un reportaje sobre “The West Wing’s Dude”, según los reporteros el personaje de Minnesota más influyente en la administración Obama. Se trata de Denis McDonough -al parecer un híbrido de hamburguesa y donut- licenciado en St. John’s University (un hermoso campus donde yo he sido casualmente profesor visitante) y M.A. por Georgetown University (donde residí brevemente durante mi primer viaje a los Estados Unidos en 1971). Su cargo es Director de comunicaciones estratégicas en el Consejo Nacional de Seguridad (traducción: redactor de discursos sobre política exterior), y se nos informa que entre otros, es el responsable del famoso discurso en El Cairo del 4 de Junio de 2009. ¡Menuda perla!
¿Recuerdan? Obama el Multiculturalista intentó poner la civilización musulmana al mismo nivel que la judeo-cristiana. Pero sus culturas políticas históricamente han sido muy diferentes. La primera ha sido incapaz de crear un sistema de libertad individual, democracia e imperio de la ley. Aparte de este hecho fundamental no mencionado en su homilía, el presidente norteamericano quiso hacer una exhibición de erudición histórica y cometió gruesos errores cronológicos y conceptuales al referirse a la España islámica como ejemplo de tolerancia frente a la España cristiana inquisitorial. Igualmente, al referirse al Estado de Israel subrayó la controvertida tesis, asumida también por el anti-semitismo, de que su razón y legitimación se debe al Holocausto, olvidándose de toda la historia judía y del movimiento histórico del sionismo, por lo menos un siglo anterior al Holocausto.
Creíamos que era resultado de la ignorancia de Obama y su deficiente educación en Columbia y Harvard. Ahora sabemos que comparte su cuota de responsabilidad con este otro ignorante de las universidades de St. John’s y Georgetown. Definitivamente, si este personaje se nos presenta como modelo en el principal órgano de prensa del progresismo del estado, hay que preguntarse con cierta preocupación ¿qué pasa con Minnesota?
Acto III (Octubre de 2009)
El 2 de Octubre, regresando a Minnesota desde Michigan, donde había asistido, junto a nuestro gran embajador Javier Rupérez, a un homenaje al hispanista y amigo Frank P. Casa en Ann Arbor, compartí el vuelo de Detroit a Minneapolis con el siniestro (”izquierdista”) Garrison Keillor. Claro que él, como buen progre, viajaba en primera clase y yo, unas filas un poco detrás, en la clase regular. Observé su “body language”: es altísimo pero desgarbado y torpe; es feísimo pero sin humanidad o comicidad, casi dando miedo por su arrogante seriedad (no vi a nadie que le pidiera un autógrafo o intentara conversar con él). Su gesto adusto me dio mala espina, y en efecto, al llegar al aeropuerto de las Twin Cities, cancelaron el vuelo local (”por el mal tiempo”) para llegar a mi casa en Saint Cloud, por lo que tuve que recurrir a una limusina.
Pensando en las posibles causas de la seriedad -casi diría enfado- del sujeto, aparte de mi sospecha de que se trata de un gafe (y entre paréntesis, un cínico: pocos días después, leo en una columna suya del St.Cloud Times, 8 de octubre, 2009, toda una tirada de descalificaciones contra los republicanos, en particular por “viajar en primera clase en los aviones”!!!) creo que el escándalo nacional de ACORN y sus ramificaciones en Minnesota pudieran explicarlo.
El pasado 27 de Septiembre, en su columna del Star Tribune, se despachaba contra el congresista de South Carolina, un alma cándida que se atrevió a decirle a Obama “You Lie!” e inmediatamente pidió disculpas. Keillor aprovecha el incidente para calificar a los republicanos “the cranky Right”, “angry jerks” y “wackos”… y en la columna mencionada del St. Cloud Times añade los calificativos “rude” y “obese” (precisamente el mismo día en que Jon Corzine también descalificaba a su rival republicano en New Jersey por “fat”) ¡Caramba! Parece que la nueva consigna ideológica de los liberales es atacar a los conservadores por ser gordos. ¿Se olvidan que su ídolo liberal, el difunto senador Ted Kennedy, era la encarnación de la obesidad? ¿Y qué opinión les merecen las siluetas, por ejemplo, de iconos progres como el castrófilo Michael Moore y el ecojeta Al Gore? Y, entre los más próximos al presidente Obama, ¿qué les sugiere la talla de pantalones de su máximo gurú, David Axelrod?
Al Franken -hoy senador de Minnesota con el apoyo entusiasta de Keillor y ACORN- cuando era profesionalmente un comedian (porque payaso sigue siéndolo, pese al nuevo cargo) ya sentó precedente en su gran obra de filosofía política con la profunda tesis de descalificar a los conservadores por ser gordos (Rush Limbaugh is a big fat idiot, 1996).
Pero vayamos al grano. Ese mismo 27 de septiembre, en una columna paralela a la de Keillor en Star Tribune, Katherine Kersten titulaba la suya “Worst trouble with ACORN is at the polls”. El Shakespeare de “A Prairie Home Companion” tuvo que tragarse el agudo e inquietante análisis que la autora hace de las pasadas elecciones al senado en Minnesota. Citemos algunas de sus palabras finales: “Aquí en Minnesota, ACORN ha presumido de jugar un papel decisivo en las elecciones de 2008. Su mérito es haber registrado 43.000 nuevos votantes, es decir el 75 por ciento del total de los nuevos registrados en el estado. El margen de la victoria de Franken (…) fue insignificante: 312 votos de los alrededor de 3 millones emitidos. Y es sabido que las leyes de Minnesota sobre la prueba de elegibilidad de los votantes son notoriamente flojas (…) El secretario de estado Mark Ritchie asegura que el sistema de verificación del voto protege la integridad electoral, pero hay un hecho incómodo en todo este asunto: el propio Ritchie fue avalado y elegido con la ayuda de la hoy famosa organización ACORN.”
Una vez más ha sido la valiente congresista Michele Bachmann -nuestra Sarah Palin local- quién ha tomado la iniciativa y ha exigido al gobernador cara de palo Pawlenty que inicie una investigación especial (por cierto, durante el mandato de Pawlenty ACORN ha recibido más de 100.000 dólares de las agencias gubernamentales de Minnesota, siendo la ayuda más reciente precisamente en 2008, de 7.500 dólares, para sus “actividades” electorales).
Pensaba el maestro H. L. Mencken -entre muchas otras cosas, inventor del columnismo moderno- que la política siempre es comedia, drama y espectáculo (On Politics, Baltimore, 1956). Pero en sus momentos de reflexión más pesimista y profunda, y Minnesota le serviría hoy como ejemplo, creía que la política es esencialmente impostura, manipulación y corrupción. Creía que los demócratas americanos “True enough, are sheep. Worse, they are donkeys …” y concluía con una cuestión paradójica: “How can any man be a democrat who is sincerely a democrat?” (Notes on Democracy, New York, 1926).
Publicado en www.semanarioatlantico.com

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